Conversaciones invernales

March 16, 2013 // by tania

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Estoy en el aula 3.4 de la Universidad de Barcelona con mis cuarenta alumnos.  Están atentos, despiertos, y todos participan con entusiasmo.  La razón: estamos hablando de la experiencia erótica femenina a raíz de la lectura de un poema de Juana de Ibarbourou, “Las lenguas de diamante”:

Bajo la luna llena, que es una oblea de cobre,
Vagamos taciturnos en un éxtasis vago,
Como sombras delgadas que se deslizan sobre
Las arenas de bronce de la orilla del lago.

Silencio en nuestros labios una rosa ha florido
¡Oh, si a mi amante vencen tentaciones de hablar!
La corola, deshecha, como un pájaro herido,
Caerá, rompiendo el suave misterio sublunar.

¡Oh dioses, que no hable!  ¡Con la venda más fuerte
Que tengáis en las manos, su acento sofocad!
¡Y si es preciso, el manto de piedra de la muerte
Para formar la venda de su boca, rasgad!

Yo no quiero que hable.  Yo no quiero que hable.
Sobre el silencio éste, ¡qué ofensa la palabra!
¡Oh lengua de ceniza!  ¡Oh lengua miserable,
No intentes que ahora el sello de mis labios te abra!

Bajo la luna-cobre, taciturnos amantes,
Con los ojos gimamos, con los ojos hablemos,
Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamante
Movida por la magia de diálogos supremos.

Un chico de gafas gruesas informa que: “La herencia del léxico modernista es obvia (dioses, corola, diálogos supremos…) y comprensible teniendo en cuenta la fecha de su publicación, exactamente 1919.”  Alguien más apunta que el poema evidencia claramente su carga erótica: se hace referencia a un amante (término frecuentemente relacionado a lo clandestino) y no a un amado, además el ambiente es de un "éxtasis vago".  No obstante, estamos de acuerdo en que lo más sobresaliente del poema es que ella no demanda expresión de su amante, más bien le pide silencio, algo que enfatiza con contundencia (“Yo no quiero que hable.  Yo no quiero que hable”.).  La mujer del poema se niega a que él socave el intenso sentimiento de comunión que ella experimenta con la naturaleza y con su propio placer.  De esta forma, Juana de Ibarbourou, por medio de su yo poético, describe una fantasía en la que la mujer le impone su silencio al hombre y le lleva a una experiencia común de éxtasis: “Con los ojos gimamos, con los ojos hablemos, / serán nuestras pupilas dos lenguas de diamante".

“Estamos hablando” –les digo, asumiendo mi papel de profesora–, “de un silencio especial, uno relacionado a la experiencia erótica y que me parece transgresor considerando la época en que fue escrito”.  Más de cincuenta años después, la escritora francesa Simone de Beauvoir, en su célebre libro El Segundo sexo (1949), se referirá a la necesidad femenina de crear una atmósfera especial durante el acto sexual.  La escritora francesa escribió que el placer en la mujer implica una especie de “encanto mágico” que demanda de ella un abandono completo, y asegura que si las palabras se oponen a esa caricia mágica, el encantamiento se quiebra.  Agrega que el comentario post coito “horroriza” a muchas mujeres, porque reduce el placer erótico a una sensación separada, no compartida.  En otras palabras, si existe una compenetración sincera entre los dos amantes, a la hora del acto sexual, o después de este, no se necesita decir ni preguntar nada.  Se trata, en definitiva, de una vivencia que, como casi todas las experiencias profundas e importantes de la vida, se asimila en silencio debido a la imposibilidad de traducir en palabras aquello que se siente.  Concluimos, pues, que Ibarbourou se refería también a ese deseado silencio en su poema “Las lenguas de diamante”, el cual resulta verdaderamente moderno en este sentido.

conclase14-398x300En el aula 3.4. del Edificio Josep Carner de la Universidad de Barcelona, invierno de 2005.

Es curioso que lo anterior haya sido pasado por alto durante décadas; esto se debe a que Ibarbourou es considerada, dentro de la historia tradicional de la literatura hispanoamericana, una poeta que representa a cierta supresión femenina, a esa mujer siempre a la espera (una imagen que no es del todo falsa, pero que tampoco es integral).  Esa imagen incompleta ha prevalecido porque se ha hecho una lectura de su poesía a partir de un criterio convencional y clásico.  Sin embargo, en su trabajo poético hay mucho más que eso.  Por ejemplo, poemas como “El fuerte lazo” y “Suprema ofrenda” han sido considerados por la crítica tradicional como expresiones de un yo poético un tanto masoquista, dispuesto a aniquilarse para satisfacer al amado, cuando en realidad el mensaje subterráneo es el de una mujer enamorada que, por medio de fantasías literarias, a menudo dolorosas y extremas, obliga a su amante a expresarse y, por lo tanto, a reconocerla.  Es decir, se erosiona la imagen del tópico masculino –aquel hombre hermético e impasible– convirtiéndolo en uno que reacciona ante la pureza de la pasión de esa mujer.  En síntesis, los poemas arriba mencionados (que leímos en clase), evidencian una dualidad: por un lado subrayan la necesidad del silencio erótico y, por el otro, la necesidad de ser reconocida por el amado/amante.  La razón: la búsqueda de una profunda compenetración entre los sexos.  Una alumna, con cabellos rizados y mirada de fuego, argumenta: “Ahora ya no es así.  Yo no necesito ser reconocida para estar segura de mi valor”.  Otra le dice: “Pero cuando amas de verdad, sí que te importa que el amor que sientes y tu esencia sean reconocidos y valorados por el otro”.  Alguien, a quien no puedo divisar entre las cabezas, dice “El amor está sobrevalorado: se pierde demasiada identidad frente al otro”.  Por un instante reina el silencio, pero sólo por un instante.  Un valiente afirma: “Yo sí creo en el amor, pero no en uno azucarado al estilo Hollywood; deseo algún día tener una pareja con la que esté honestamente compenetrado”.  La mayoría asiente con la cabeza.

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Recordamos a Freud, quien al referirse a la experiencia espiritual, enunció un concepto que él llamó “sentimiento oceánico”, el cual implica esa sensación que se experimenta cuando nos sentimos mecidos y arropados por la totalidad de la existencia, como si estuviéramos acunados suavemente por las olas del mar.  Si al nacer, dice Freud, fuimos arrancados de esa totalidad –la que sentíamos cuando habitábamos las aguas del vientre–, en el amor sentimos regresar a esa totalidad original.  Así, el sentimiento oceánico no implica el regreso al origen sino la breve conquista de un estado que nos reconcilia con el "exilio del paraíso".  Sólo en el amor se fusionan por un instante (sobre todo durante el acto erótico) esas dos individualidades –ambas con conciencia de su mortalidad y de sus fronteras físicas.  Por su parte, el francés George Bataille asegura que los seres humanos somos “seres discontinuos”, es decir, estamos existencialmente separados de todos los demás: entre cada uno de nosotros existe un vacío, una discontinuidad, la frontera del cuerpo.  Por más tiempo que permanezcamos abrazados al amado o a la amada, llegará un momento en que tenderemos que separarnos físicamente: la fusión completa –cuerpo, alma, mente–, fantaseada cuando se experimenta un intenso y apasionado amor, es imposible.  Por lo tanto, dice Bataille, cualquier intento de comunicación plena resulta vano pues nada puede abolir nuestras diferencias fundamentales.  Bataille llega al extremo de considerar que el erotismo es el único camino posible para romper esa individualidad discontinua, lo único que nos permite regresar a esa continuidad que compartíamos –y a la que pertenecíamos– antes de nacer.  Al final, en clase, estamos casi todos de acuerdo que dos personas pueden llegar a alcanzar ese sentimiento de continuidad a través de una experiencia erótica, plena y profunda.

De todo esto conversamos con mis alumnos, mientras por la ventana se divisa un cielo que se retuerce en una llovizna metálica y las ramas de los árboles sin hojas se agitan con la brisa helada del invierno.  En algunos rostros identifico una sonrisa irónica.  Un chico se arriesga: “Creo que no todos los hombres somos como nos pintan, nosotros también gozamos del silencio erótico cuando nos sentimos seguros”.  “¿Seguros de qué?”, pregunta la chica de mirada encendida: “¿De lo que sientes tú o de lo que siente ella?”.  Y alguien más agrega: “¿O de lo que sienten juntos?”.  Él no responde.  No es necesario porque el plato está servido.  Camino a casa, en el tren, me pregunto si en esos momentos ellos y ellas estarán pensando, como yo, en el eterno debate entre los sexos.  Abro el libro que llevo en el bolso, una antología del poeta mexicano Jaime Sabines, y se me eriza la piel cuando leo el poema que me espera:

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

 

P.S. a M.B., R.M.O., y C.T., por sembrar la semilla de este debate.

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