“El espejo de mi existencia”: loqu€valeunminuto de Carmen Guzmán Martínez

March 16, 2013 // by tania

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En 1888, la escritora peruana Mercedes Cabello de Carbonera publicó su célebre novela Blanca Sol.  Admiradora de Zola y seguidora de la escuela naturalista, esta autora creó el infame personaje de Blanca Sol, una criolla hermosa, despreocupada, fría, irrelevante, cruel y manipuladora, que se casa con un viejo acaudalado por interés.  La novela abre con esta frase: “La educaron como en Lima educan a la mayor parte de las niñas: mimada, voluntariosa, indolente, sin conocer más autoridad que la suya, ni más límite a sus antojos, que su caprichoso querer”.  Más adelante, esta “mujer educada más para la sociedad que para sí misma”, reflexiona lo siguiente: “El amor puede ser cosa muy sabrosa cuando llega acompañado de lucientes soles de oro; pero amor a secas, sábeme a pan duro con agua tibia.  Yo necesito, pues, novio con dinero, y en último caso, tomaré dinero con novio”.  ¿Y qué tiene que decir el marido utilizado, víctima de los deseos caprichosos de la bella Blanca Sol?  Pues esto: “Allí, al alcance de su mano, estaría siempre ella, hermosa, seductora, complaciente, con sus ojos de garza y sus labios atrevidamente voluptuosos.  Si, ya él podía llamarla suya, su mujer, y al pronunciar estas palabras, su alma bañábase en infinito deleite…”.

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Como buena seguidora del naturalismo, Mercedes Cabello de Carbonera se inclina por un realismo agriado, que se concentra en los puntos más críticos y sombríos de la sociedad; recordemos que para esta estética la literatura era un instrumento necesario para el avance social.  De esta manera, la novelista peruana perfila una figura femenina negativa que busca cuestionar, atacar, el modelo de la “inconsciente coqueta”, en palabras de Alfonsina Storni.  De hecho, se trata de una imagen femenina hiperbolizada que encarna el estereotipo tradicional de mujer establecido por la norma, social o cultural.  Esto se comprende mejor si tomamos en cuenta un poema de la boliviana Adela Zamudio, titulado irónicamente “Progreso” (Ráfagas, 1914).  El poema subraya la contribución del sistema androcéntrico a la distorsión moral femenina: “Pero desde que el hombre sabio y fuerte /…/ discute con profundos pareceres / la educación moral de las mujeres; / desde que ha definido su destino / no señalándole más que un camino, / ya saben ellas desde muy temprano / que amar un ideal es sueño vano, / que su único negocio es buscar novio”.

Si el matrimonio fue durante siglos el único destino social de las mujeres, esto contribuyó a que esa institución se convirtiera en un mercado de bienes simbólicos, como afirma Pierre Bourdieu.  La que se casa con el mejor partido, una vida fácil tendrá.  El que se lleva a la más guapa y elegante, más envidiado será.  Podríamos decir entonces que Adela Zamudio nos explica cómo y por qué se crea ese sistema de intereses económicos y simbólicos que se trasladan al “mercado del matrimonio”, y Mercedes Cabello de Carbonera se refiere a las oscuras consecuencias de dicho sistema: las fabricaciones o construcciones culturales han deshumanizado a las mujeres y han falseado su identidad.

Muchas cosas han cambiado desde finales del siglo XIX.  Hoy en día las mujeres saben que tienen opciones y que pueden elegir, no uno, sino que diferentes destinos sociales que las humanizan, sobre todo en sus lugares de trabajo, un espacio donde aprehenden un sentido distinto de sí mismas, desde y para sí.  Tengo una amiga y colega que en momentos difíciles suele citar de memoria un pasaje del cuento “Un jornalero”, de Clarín (El señor y lo demás son cuentos, 1893?): “He tenido en el mundo ilusiones, amores, ideales, grandes entusiasmos, hasta grandes ambiciones; todo lo he ido perdiendo; ya no creo en las mujeres, en los héroes, en los credos, en los sistemas; pero de lo único que no reniego es del trabajo; es la historia de mi corazón, el espejo de mi existencia; en el caos universal yo no me reconocería a mí propio si no me reconociera en la estela de mis esfuerzos; me reconozco en el sudor de mi frente y en el cansancio de mi alma; soy un jornalero del espíritu…”.  Estas palabras siempre tienen el poder de conmoverme hasta la vulnerabilidad más primitiva.  Y me conmueven precisamente cuando pienso en lo que les ha costado a las mujeres ganarse ese espacio de auto-reconocimiento: la culminación de esfuerzos físicos, intelectuales y espirituales.

Lo anterior me lleva a apreciar aún más el video-instalación loqu€valeunminuto, de Carmen Guzmán Martínez (salvadoreña que vive en España desde hace ocho años), el cual se presentó el pasado miércoles 11 de marzo [2009] en el Centro Cultural La Valentina (Barcelona).  Casualmente, al día siguiente, también se presentó en San Salvador, en La Luna Casa y Arte.  Cómo la misma artista enfatiza, su instalación intenta dimensionar el tiempo, el trabajo, el dinero y los sueños de las mujeres trabajadoras.  Así, nos entrega una colección de treinta y cuatro piezas de video de un minuto cada una y con un mismo formato visual: una imagen en pantalla 4:3 compuesta por tres elementos: en el lado izquierdo, un plano secuencia vertical en el que aparece una mujer realizando una actividad o un trabajo; en el extremo derecho superior: un montaje de planos cortos que muestran los detalles o los momentos más relevantes de la actividad; y en el extremo derecho inferior: un contador de tiempo y dinero que refleja el salario de cada una por minuto.  En cada pieza también escuchamos los sonidos del ambiente laboral intercalados con la voz del personaje que explica cómo se siente con respecto a su trabajo o actividad, cómo lo evalúa, lo que le gusta o disgusta, hasta que, al finalizar el minuto, suena una alarma y, ya con el trasfondo de silencio, la voz enfatiza cómo sería su minuto ideal.

Cuando Carmen se propuso a llevar a cabo este proyecto hace dos años, su objetivo era dimensionar las coincidencias y las divergencias del valor del trabajo de las mujeres en varios países.  En definitiva, la instalación demuestra que cada actividad está determinada por una serie de factores económicos, sociales y culturales.  La intención de Carmen es seguir recolectando historias en todos los continentes y de todas las profesiones posibles y hasta ahora ha documentado la historia de catorce españolas, nueve salvadoreñas, una estadounidense, una escocesa, una mexicana, una argentina, una senegalesa, una suiza, dos tailandesas, una birmana, una alemana y una anciana de Varanasi (India).  Los trabajos son de los más variados: policía, cartera, dependienta, cantantes, cocineras (tamales, tortillas), profesora de piano, intérprete de lengua de signos, restauradora de piezas antiguas, señoras de la limpieza, lavanderas, planchadora, ingeniera, recolectora de agua, editora, titiritera, trabajadora en organizaciones de derechos humanos, acomodadora de instrumentos musicales en escenarios, vendedora ambulante en las playas de Barcelona, camarera, locutora de radio, tejedora… pero también incluyen actividades “tradicionales”: amas de casa, madres, abuelas que cuidan a sus nietos…

 

carmenguzman-300x204Carmen G. Martínez, por Rhina Ramos

El resultado, en la mayoría de los casos, es maravilloso: mujeres que se saben útiles y capaces, que aparecen contentas y satisfechas con el resultado de sus esfuerzos al punto que una de ellas llega a decir que no pediría nada diferente de lo que vive ahora.  Pero en otras ocasiones el resultado es también revelador: la ingeniera afirma que, siendo la única mujer en la obra, le molesta mucho que los demás trabajadores le miren las nalgas; también sobresalen los casos de las amas de casas, las madres y las abuelas, para quienes el contador no marca ninguna ganancia económica.  A veces, la información es demoledora, especialmente cuando consideramos las condiciones de trabajo en las diferentes zonas geográficas: la anciana de Varanasi con su espalda casi vertical después de tantos años invertidos en lavar ropa sobre una piedra en el río, o la campesina salvadoreña que recoge agua en el río y se niega a pensar en su minuto ideal porque opina que siempre se debe “hacer oficio”, aunque su contador tampoco marca ninguna ganancia.  Es precisamente cuando cada una se refiere a su minuto ideal que los contrastes entre las diversas realidades sociales empiezan a salir a la superficie de forma contundente: por un lado, mujeres que quisieran silencio, meditar, compartir miradas con su pareja, un orgasmo, estar en una playa, abrazar… y, por otro, mujeres que están tan cansadas porque cada día están de pie desde las cuatro de la madrugada que sólo quisieran “salir corriendo con mis hijos a pasear”; o mujeres que son tan realistas ante su precaria situación económica que no se permiten ni soñar (“no hay” [un minuto ideal], dice la senegalesa que vende diversos objetos en las playas barcelonesas); o mujeres que dan una respuesta categórica, como la birmana, a quien le gustaría tener “un minuto de electricidad para mi comunidad”.

Sin embargo, todas las mujeres documentadas tienen un elemento en común: aunque algunas ganan muy bien y otras muy mal, o ni siquiera reciben compensación monetaria alguna; y a pesar que para unas el trabajo resulta altamente extenuante y, para otras, se trata de su gran pasión, estas mujeres se han sabido mirar a sí mismas a través de sus esfuerzos, se han sabido reconocer desde sí.

El gran valor de este video-instalación es que, frente a la historia oficial sobre la figura femenina en sociedades androcéntricas –historia que no en pocos casos llega a ser implícita o explícitamente misógina–, Carmen Guzmán Martínez nos muestra el grandioso espejo de la existencia de las mujeres trabajadoras, un espejo hijo de sus sueños, a veces, pero de sí mismas, siempre.

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