Kabul, mon amour

March 16, 2013 // by tania

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Mi imaginario afgano se ha nutrido de diversas fuentes que casualmente han ido apareciendo a lo largo de estos últimos meses.  Una de ellas es la película de la directora iraní, Samira Makhmalbaf (hija del prestigioso cineasta Mohsen Makhmalbaf, director de Kandahar y The Cyclist), titulada A las cinco de la tarde, la cual retrata la historia de una joven afgana, Noqreh.  Tras la caída del régimen talibán y la invasión de tropas (mayormente) estadounidenses, esta muchacha intenta abrirse paso por la vida en una ciudad destruida.  Pero Noqreh no es una muchacha del montón: no sólo estudia a escondidas de su padre –un fanático religioso– sino que también aspira, algún día, a convertirse en presidente de Afganistán.  Poco a poco, los hechos y la realidad van transformando esa inocencia con la que al principio se preguntaba por qué no podía serlo.  Las condiciones de pobreza en las que vive su familia llegan a ser tan desesperantes –forzados a buscar agua y alimento deben moverse de un lugar a otro, llegando incluso a vivir en los restos de un avión derribado– y los prejuicios tan palpables, que al final Noqreh se resigna a cubrirse el rostro, a buscar constantemente agua para la familia y los animales, a nunca llorar, a renunciar al amor que le ofrece su amigo poeta, y a repetir mentalmente unos versos: “A las cinco de la tarde. /…/ Lo demás era muerte y solo muerte / a las cinco de la tarde…” (En realidad se trata de un poema de Federico García Lorca.)

También he leído El librero de Kabul de la periodista noruega Asne Seierstad.  La autora, que se instala a vivir en la casa de Sultan Kahn en la primavera de 2002, nos acerca a la historia de esa familia, en la que el librero es un amante de la cultura y defensor de las libertades, pero que en casa es un patriarca autoritario.  Además de conocer de cerca los pormenores de amores prohibidos, matrimonios concertados, la celebración de una boda y la cotidianidad (las idas al bazar, por ejemplo), el libro también explica, por ejemplo, los orígenes de la burka, vestimenta que se adoptó en las clases altas a principios del siglo XX.  Asimismo, hace un amplio recorrido histórico: se menciona al gran rey persa Darío, que hace quinientos años antes de Cristo ocupó amplias regiones de Afganistán; la conquista de Alejandro Magno; las batallas contra Gengis Kan y sus hordas de mongoles; la monarquía, los golpes de estado, la invasión soviética de 1979 y su retirada diez años después –a la que le siguieron siete años de guerra civil–; la toma de poder de los talibanes en 1996 hasta su expulsión después de los ataques a las Torres Gemelas.  La autora también escribe sobre las etnias que coexisten en este país (pastún, tayiko, uzbeco, hazara) y sobre el paso de Khyber (parte de lo que fue la Ruta de la Seda y por donde pasaron los persas, los griegos, los mongoles, los generales de Alejandro Magno, Marco Polo y hasta los británicos en el siglo XIX); menciona obras literarias antiguas (el Shah Name de Ferdusi, el Masnavi de Rumi, la poesía de Hafez y de Sana’i) y asegura que en sus llanuras minadas crecen, en la primavera, tulipanes silvestres color rosado oscuro, flores que sólo se pueden admirar desde la distancia.  (Guardé en mi mente esta imagen durante varios días pues me pareció una analogía del país: minas y flores, violencia y belleza.)

suicidio-cantoEl suicidio y el canto de Sayd Bahodín Majruh, es un libro especial.  Bahodín, como le llamaban sus amigos, era un humanista irreductible; asesinado en 1988 en Peshawar (Paquistán), es el autor de una extensa epopeya, Ego-Monstruo, según algunos la obra poética más importante de la literatura afgana del siglo veinte.  Gracias al posfacio que escribió el poeta francés André Velter (autor de Les Bazars de Kaboul), y amigo personal de aquel, he podido conocer algunos detalles de su vida.  Un afgano de mirada alegre que poseía una dosis equilibrada de “nobleza, ironía, fogosidad y seducción”, Bahodín nació el 12 de febrero de 1928.  Su familia era originaria de la región de Kunar; su abuelo, jefe espiritual de la cofradía sufí de Qadería, y su padre, un escritor en lengua pastún y persa que había llegado a ser ministro, viceprimer ministro y embajador.  Bahodín se educó en una madraza (escuela musulmana) tradicional y más adelante realizó estudios secundarios en Kabul, en el Istiqlal (el liceo franco-afgano), de donde se graduó en 1950 con máximas calificaciones.  Becado por el gobierno, estudió en universidades de París, Montpellier, Marburgo, Munich y Londres.

Al regresar a Afganistán desempeñó varias funciones: profesor y decano de la Facultad de Letras de Kabul, gobernador de la provincia de Kapiça, presidente de la Sociedad de Historia y jefe del Departamento de Filosofía y Ciencias Sociales de la universidad.  Pero todas estas actividades se vieron interrumpidas debido a un accidente de coche que sufrió en 1972 que le aplastó una pierna.  Tenía cuarenta y cuatro años.  Después de una serie de operaciones, su pierna fue acortada y desde entonces caminó apoyado en un bastón.  Pero antes pasó cuarenta semanas inmovilizado y este tiempo de soledad y sufrimiento físico le permitió experimentar un alto nivel de introspección: de pronto el profesor, el gobernador, el funcionario, dejaba de escribir ensayos, y Bahodín se realizaba plenamente como poeta y filósofo.  Como dice André Velter: “Majruh significa ‘herido’ y ese calificativo había estado ligado a un antepasado víctima de una grave caída al saltar un barranco, pero que había sobrevivido a las contusiones y las fracturas.  Más allá de la rúbrica, lo que Bahodín había extraído de su herida era su voz, y su aliento, y su luz”.

Ego-Monstruo está compuesto por dos tomos: El viajero de medianoche y La risa de los amantes.  En el primero, escrito antes de la invasión soviética, cuenta los vagabundeos de un viajero solitario en busca de “la estación suprema de la libertad”; pero este se topa una y otra vez con el abismo que un monstruo tiránico ha elegido como madriguera.  El Viajero recorre desiertos, montañas, ciudades, porque quiere agitar conciencias frente al peligro del Monstruo y la Tiranía, pero las puertas de las ciudades dormidas permanecen cerradas.  En La risa de los amantes –escrito cuando ya Bahodín se encontraba en el exilio– el Viajero descubre que los tentáculos del Monstruo no conocen fronteras: el odio, la opresión y la estupidez actúan de la misma forma entre expatriados, desterrados y desarraigados.  Pero este segundo tomo también contiene el antídoto contra la tiranía y el oscurantismo, que no es otra cosa que la risa de los amantes, prueba inequívoca de amor, belleza y libertad, ese instante en que los seres se olvidan de sí mismos, se integran en el Ser y el universo adquiere sentido.  Sin embargo, ese momento de gozo acarrea un precio terrible: amotinados por los “Hermanos Enemigos de Satán”, los refugiados terminan lapidando a los amantes Delazad y Gulandam, y el Viajero, único que clama su horror y su repulsión, se convierte en un exiliado dentro de los exiliados: “El Viajero alcanzó el centro de la plaza.  Medio enterrados bajo un montículo de piedras, yacían una mujer y un hombre jóvenes, cubiertos de barro y sangre”.  (Como su Viajero, Bahodín había sido testigo de una situación parecida en Peshawar y esto le había dejado una profunda y abierta herida.)

lapidacion02Fotografía publicada en el blog Un mundo en guerra: http://lacomunidad.elpais.com/antonio-pampliega/2009/4/10/afganistan-mujeres-y-sus-ancestrales-tradiciones-

Cuando los soviéticos invadieron Afganistán, Bahodín aceptó las primeras tareas clandestinas de organización de la resistencia en el interior de la universidad.  Pero el peligro llegó a ser tal que Bahodín se vio obligado a exiliarse en Peshawar, donde aún hoy viven una gran cantidad de refugiados afganos.  Allí fundó el Centro afgano de información, independiente de las organizaciones políticas, y empezó a publicar mensualmente un boletín en inglés y cada trimestre un dossier en francés, dedicados a la situación interna de su país.  Sin embargo, en Peshawar, el poder de los islamistas sobre los refugiados era cada vez más opresivo.  Bahodín se sentía amenazado por estos grupos, especialmente porque había trabajado en un libro que iba en contra de los principios patriarcales fundamentalistas: este libro contenía landays, la poesía popular de las mujeres pastún, recolectados por él mismo y su cuñada Shirín (que también escribía poemas) en las valles afganos y luego en los campos de refugiados; Bahodín paulatina y clandestinamente los había ido enviando a sus amigos escritores franceses con la intención de que fueran traducidos y publicados.  El landay (que quiere decir “el breve”, pues sólo lo componen dos versos) es un canto femenino de gran intensidad y fulgurante violencia que habla del amor, el honor y la muerte, pero siempre desde la rebeldía, mostrando así a la mujer afgana desde una óptica muy distinta, es decir, irreverente, orgullosa, apasionada y burlona frente a las costumbres impuestas por la tradición.  Los temores de Bahodín se cumplieron el 11 de febrero de 1988, cuando fue asesinado en su casa al abrir la puerta a unos desconocidos: aunque se sabía amenazado, nunca le negó acogida a sus compatriotas exiliados por lo que sus asesinos se aprovecharon de sus gestos hospitalarios.  Si bien Bahodín eligió el ámbito de la Resistencia afgana, no se incorporó al clan de los beatos fanáticos ni abandonó nunca su posición crítica, algo que los fundamentalistas no le perdonaron.  El suicidio y canto, libro que contiene un estudio de Bahodín y landays, se publicó por primera vez en marzo de ese mismo año, en Francia.

Los landays, más que quejas, son provocaciones implacables, “sollozos que escupen sangre” y que hablan de destinos inhumanos asediados por la muerte.  En palabras de Bohidín, son como “un grito, un furor, un navajazo”.  La poesía popular de las mujeres pastún demuestra su audacia, su ingenio y la independencia de su espíritu: desmontan los mecanismos del código de honor masculino y desafían su arrogancia celebrando los derechos a la pasión amorosa y el placer.  Sin lugar a dudas, nunca un canto tan breve reveló tanto de la inhumana condición de la mujer, de una opresión que la reduce a mero objeto doméstico.  Sin libertad y ultrajada en sus deseos y su cuerpo, a la mujer pastún le quedan dos salidas: el suicidio o el canto.  Los landays son anónimos y se han pasado de generación en generación “en torno al pozo de agua, en los caminos rurales, alrededor de un horno”; los mejores se han anclado en la memoria colectiva.  Evocan amores prohibidos, única fuente de alegría ante la realidad de un marido impuesto, a menudo mucho mayor que ellas, incluso un anciano, pues las jóvenes son ante todo un objeto de intercambio entre las familias: en los matrimonios rara vez son tomados en cuenta los sentimientos.  De hecho, el amor es tabú y a los “indisciplinados” se les mata.  Así, en un entrono completamente virilizado, la mujer sufre una doble opresión física y moral.  Pero los landays nos permiten ver más de cerca y comprobar que, en su secreto interior, ellas se indignan, contestan, se rebelan.  De esta forma, en los landays, el marido es siempre el “pequeño horrible”, aquel que es humillado, y el amante es el bien amado, por el cual no importa morir.  A continuación cito algunos:

Gentes crueles, veis que un viejo me arrastra a su lecho,
¡y preguntáis por qué lloro y me arranco los cabellos!

Amor mío, salta a mi lecho y no temas nada.
Si se rompe, el “pequeño horrible” está ahí para repararlo.

¿No te da vergüenza, con tu barba blanca?
Acaricias mis cabellos, y yo río para mis adentros.

Mi tiro al río, la corriente no me lleva.
El “pequeño horrible” tiene suerte, soy rechazada y devuelta a la orilla.

Abre una brecha en el muro y bésame la boca,
El “pequeño horrible” es albañil y sabrá repararla.

“Pequeño horrible”, coge el fusil y mátame.
Mientras me quede vida no renunciaré a mi amante.

¡Amo!, ¡amo!, no lo oculto.  No lo niego,
aunque por ello me arranquen con el cuchillo todos los lunares.

Dame la mano, amor mío, y partamos a los campos
para amarnos o caer juntos bajo las cuchilladas.

¿No hay un solo loco en esta aldea?
Mi pantalón de fuego arde sobre mis muslos.

¡Aprende a comer mi boca!
Coloca primero los labios, luego fuerza dulcemente la línea de mis dientes.

Si no sabías amar,
¿por qué has despertado mi corazón dormido?

Ven, amor mío, vamos al lecho juntos,
mi dignidad de mujer es estar en tus brazos.

Me he humillado a los ojos de mi amante,
justo al caer la noche he vuelto a su lecho, sin que me lo pida.

Salvando-a-las-mujeres-2-300x200Fotografía de Mediaisla. Palabras vivas: "http://mediaisla.net/revista/2010/08/salvando-a-las-mujeres-e-impidiendo-genocidios/

***

Hay cosas que nos toman por sorpresa, pero lo cierto es que todo efecto tiene una causa.  Precisamente un proverbio afgano dice que un árbol no se mueve a menos que haya viento.  Desde hace unos meses soy un árbol de ramas nerviosas y el viento que me sacude viene desde Kabul.  Nunca he estado en esa ciudad, pero a menudo la he imaginado o la he visitado en sueños.  He caminado por sus bazares, un lugar asaltado por las fragancias del azafrán y el ajo y donde coexisten pistachos, albaricoques secos y pasas verdes al lado de alfombras, gallinas, chiles, pimentones, curry y jengibre; he comido mantu, pilau, kebabs y pakoras asadas en un comedor y he saboreado helados de agua de rosas; he caminado por sus calles de polvo entre casas de adobe; he entristecido viendo los vestigios de paredes agujereadas por balas y por la mirada ausente de una mujer.

Todos llevamos dolores; sin embargo, llega un momento en la vida en que ya no consideramos a nuestro dolor especial o único: se convierte en algo con lo que se aprende a vivir y ya no hay nada de trágico en ello.  Por eso dejamos de referirnos a él de forma directa, pues sabemos que toda intensidad del dolor, pasa.  Cuando tuve plena conciencia de esto experimenté una serenidad indescifrable.  Por esta época empecé a leer sobre Afganistán, un país que sorpresivamente se me apareció con todo su dolor y su belleza, con toda la fortaleza de sus poetas y sus mujeres, con la sabiduría de su palabra.  Y a veces sueño que estoy bajo el cielo de Kabul y que me miran unos ojos oscuros que me revelan el secreto de los corazones libres, que me transmiten una fuerza sin mácula que se mide por el gozo y la vivencia ferviente.  Y sueño que estoy bajo el cielo de Kabul.  Kabul, mon amour.

800px-Mountains_of_Kabul-300x225Fotografía de Joe Burger (2007)

 

 

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