Mar Fulkner, la sueñera

March 16, 2013 // by tania

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Como habrán notado los lectores –si alguna vez he tenido alguno– mis dos escritos anteriores, publicados en este medio, han tratado sobre mujeres artistas, monumentos, sexualidad y no sé qué más.  Con cierta preocupación advertí que me había referido a dos personas ya residentes en el Más Allá; y digo preocupación no porque tenga algo de malo recordar a esas mujeres estupendas, sino porque caí en la cuenta que, si no tengo cuidado, podría convertir a este preciado espacio en algo así como una pieza necrológica.  “Esta vez quiero escribir sobre algo vivo, una vivencia”, me dije.  Con esto en mente, empecé mi búsqueda.  Pasaron varios días y nada.  Hasta que aquello que esperaba con ardor existencial, llegó por sí solo.

Fue un miércoles.  Uno de mis alumnos, de ascendencia afgana, nos llevó, a mi marido y a mí, a un lugar ubicado en la calle Salvador, a la que se accede por otra llamada San Antonio Abad (“esto me empieza a parecer familiar”, pensé).  El lugar, comparado con los que proliferan por toda Barcelona, tenía un carácter casi insuperable.  Tuvimos que timbrar, luego se abrió un portón de madera y accedimos a un vestíbulo con techos altos y vigas a la vista donde sobresalía un mural gigantesco de unas hojas en forma de mujer, y a medida que nos adentrábamos en esa cueva humeante y olorosa a inciensos, llegamos a un pasillo donde el techo era tan bajo que tuvimos que agacharnos, tan bajo que me recordó a aquella oficina absurda de la película de Charlie Kauffman, Being John Malkovich.  El pasillo nos llevó a una sala con mesas y sillas, sillones, espejos, mesas antiguas, y a un escenario en el que una banda de jazz, compuesta por africanos hermosos, interpretaba, improvisaba, se divertía, mientras los espectadores –de todos los continentes– escuchaban religiosamente, como lo habrían hecho, sin duda, Cortázar o algún personaje de Onetti.

El jazz, que causa en mí efectos psicofísicos embriagantes, y el ambiente, que tenía algo de clandestino, me transportaron a aquellos años gloriosos de Billie Holiday, Nina Simone, Miles Davis, Charlie Parker…  Y de pronto, allí estaba ella, Caperucita Roja, que me veía desde un cuadro esperpéntico; pero no era la Caperucita típica, rubia e inocente.  No.  Era una Caperucita de mirada peculiar: reconocí en sus ojos un destello de hastío y su rictus era perversamente triste.  Había en ella algo tremendo, vital y real, aunque el estilo pictórico se asemejara más a lo caricaturesco.  Intuí la honda herida del creador o la creadora de esa representación näif y cruel del personaje popular.  “¿Quién la habrá pintado?”, me pregunté.  Y justo al lado encontré respuestas.  La artista, Mar Fulkner (qué lindo, me dije, se parece al apellido de William) había escrito, con su puño y letra, un texto irónico que precedía a la exposición:

“Las flores de plástico son un adorno de lo más prometedor, claro exponente de los tiempos que corren.  La industria ha mejorado y perfeccionado sus formas y colores para el disfrute de todo tipo de personas, sobre todo las que han muerto y ven adornadas sus pequeñas casitas eternas con flores que conservan largamente su brillo.  ¡Qué bonitas son las flores de plástico!  Las tienen las abuelas en sus pequeños jarrones de porcelana "made in china" encima de la tele o cerca del retrato de los nietos.  Las tienen las salas de espera en aparatosos recipientes que recuerdan alguno de los peores momentos de los ochenta.  Se pueden comprar en los bazares, junto a todo tipo de objetos inútiles pero a muy buen precio. ¡Que bonitas son las flores de plástico!  En mi creación me he visto envuelta de este espíritu plastificado, dulcificador de la realidad.  Ya es tarde para buscar la belleza y la perfección en la naturaleza y en lo real.  Bienvenidos, pues, a la artificialidad de mi mundo onírico”.

El texto me pareció tan brutal y absurdamente poético que me dije: “Quiero conocer a Mar”.  Y así fue.  Algunas semanas después quedé de reunirme con Mar en el mismo lugar de la exposición.  No soy crítica de arte ni pretendo serlo, pero había algo en sus cuadros que me llamaban poderosamente la atención.  Me preguntaba: ¿cómo será esta chica que afirma haber llegado tarde para buscar la belleza en la naturaleza?  Me la imaginaba lánguida, ojerosa, traslúcida, habitante de pesadillas, neogótica.  Mi imaginación, alimentada desde niña por lo trágico y lo rocambolesco, siempre me traiciona, porque Mar era como su nombre: luminosa, dueña de un rostro fresco donde sobresalen unos expresivos ojos oscuros que miran sin miedo.  ¡Lo que me hacen imaginar mis dosis excesivas de Poe, Pizarnik y Nosferatu!

Mar tiene veinte años, pero su corta edad no ha sido impedimento para que su curiosidad se haya nutrido de una rica vida intelectual.  Ha leído a Carl Jung, Lewis Caroll, Margarita Duras, Sylvia Plath, Herman Hesse, entre otros.  Sus gustos musicales nadan entre Bach, Billie Holiday y la música electrónica.  Además de pintar, escribe poesía, toca el piano y tiene su propio programa de radio, “Caperucita en autobús”; todos los domingos, a las ocho y media de la noche, en su espacio se lee poesía inédita además de cuentos.  Mar trabajó en una tienda de juguetes llamada “El Ingenio”, ubicada en el barrio gótico, donde aún se venden estampas, juguetes, cromos, que datan de tiempos tan atrás como los años cuarenta o cincuenta; objetos lúdicos que sirvieron para entretener a los niños y niñas de la España de Franco.  De esta forma, Mar entró en contacto con una estética que se mueve entre lo cursi y lo siniestro.  “Mira esta fotografía que estaba en la envoltura de un juguete”, me dice, mientras me muestra uno de sus collages, y allí aparecen tres niños con máscaras ridículamente tétricas que me recuerdan a aquellas grotescas películas de Darío Argento.  Luego, me muestra un cromo donde aparece una Caperucita Roja de mirada malévola a pesar de sus mejillas sonrosadas como manzanas, su bucle rubio, sus calcetas blancas y sus zapatitos de muñeca.  “De niña, esa mirada me daba mucho miedo, es perturbadora”; observo de cerca esos ojillos diablescos y comprendo lo que Mar me quiere decir.  Se me viene a la mente un cuadro de F. von Lembach, “Autorretrato con la familia” (1903) donde el artista ha pintado a sus dos hijas y a su esposa con una expresión malévola, y la menor de las niñas aparece con un rostro que anticipa a la femme fatale.

Como sabemos, este prototipo femenino (cuyo origen misógino tiene que ver con la contraposición de dos imágenes de mujer, la virgen-virtuosa-espiritual frente a la sexual-artificial-prostituta) se cristalizó en la esfera literaria a finales del siglo XIX (Baudelaire) y luego, basándose en esta, en las artes plásticas, donde en ocasiones se representó echando mano a mitos griegos o bíblicos como la Esfinge, Circe o Salomé (Rosetti, Moreau, Burne-Jones, Munch).  Según el mito, la mujer fatal es aquella poseedora de una belleza contaminada, perversa, turbia, la que atrae a los hombres pero también los extravía; en su físico se encarnan todos los vicios, las seducciones, las voluptuosidades, a las que el hombre teme pero también desea.  Se trata, pues, de una mujer “peligrosamente atractiva”, como la definió a principios del siglo XX el Diccionario de la Lengua Inglesa de Oxford.  Artistas, como S. Daynes-Grassot (“Niña frente al espejo”, 1912), obsesionados con el paraíso infantil, pintaron a niñas con miradas seductoras donde la frontera entre la inocencia y el erotismo perverso se diluye por completo, es decir, bajo la apariencia de niñas, el artista vislumbra a la pecadora, a la femme fatale en potencia.  Es lógico pensar que, si el icono se popularizó en el cine y en los anuncios publicitarios, también un dibujante de los años cincuenta fuera influido por este imaginario y plasmara en un cromo a una Caperucita seductora de lobos.

 

caperucita1-300x143Si me fui por las ramas es porque los collages de Mar hacen eso: evocan.  En fin, conversando con ella me entero que es una artista autodidacta y que esta es su primera exposición: “De pronto mi cuarto estaba lleno de cuadros y un amigo me sugirió que los expusiera.  Mis únicas críticas han sido mis hermanitas, de tres y cinco años”.  Indudablemente sus cuadros son la expresión de seudo-pesadillas en versión kitsch, la expresión de profundos y oscuros mundos oníricos en sintonía con lo antiguo o “lo pasado de moda”.  Mar es una amante del cine japonés y de ahí le viene su obsesión de trasladar sueños a la forma artística.  Aunque utiliza un lenguaje pictórico infantil, su trabajo no es superficial: su intencionalidad y su estilo nacen de una ironía, una mueca burlesca –aunque no carente de dolor– que concentra los tiempos posmodernos.  Le encanta David Lynch, por lo que no sorprende que sutilmente sus cuadros palpiten el horror simbólico y enigmático de Eraserhead.  Así, Mar recrea visiones, fantasías, utilizando una pluralidad de materiales; en sus cuadros coexisten botones, conchas, tinta china, óleos, acrílicos, purpurina, madera, hilos, fotografías, cromos…  Son una maravilla al tacto: texturas melancólicas y, sin embargo, candorosas.

Un cuadro me llama la atención, “Cuchicheando a espaldas del gatito (conspirando)”: un gordo y enorme “gatito” duerme mientras tres ratoncitos conspiran, señalándolo.  En realidad son dos cuadros contrapuestos, como evocando dos mundos irreconciliables pero coexistentes.  “Este pareciera expresar la distancia entre el pueblo y los gobernantes”, le digo.  Mar sonríe y me dice: “Puede ser.  Esa no era mi intención, sino más bien era mi manera de exorcizar mis alergias a los gatos, pero como soy anarquista es posible que inconscientemente hayan salido mis creencias”.

La heroína de Mar es Magdalena, su bisabuela, que aún vive.  Tiene noventa y ocho años y, según me cuenta, todavía sale a bailar todas las semanas.  Fue ella la que le enseñó a cocer y a cantar canciones populares, como esta pieza andaluza que transcribió en uno de sus cuadros: “María de la ó ¡que desgraciadita gitana tu eres teniéndolo tó!  Te quieres reír, pero hasta los ojitos los tienes morados de tanto sufrir”.  Una fotografía de Magdalena protagoniza uno de los cuadros de su bisnieta: su anticuario rostro ríe tierna y cálidamente, y la rodea un fondo fucsia uniforme y artificioso.  “Quería hacer una crítica a la frialdad de la tecnología, contraponiendo lo moderno con lo antiguo”, me explica Mar.

Sin embargo, el cuadro que me cautiva de forma rotunda es “Retrato azul”; en la puerta de madera de un ventanal, Mar ha pintado a una mujer con vestido negro y cabellera oscura cuya poderosa expresión es una mezcla de emoción e inteligencia.  Me recuerda a Sor Juana Inés de la Cruz si no hubiera sido monja, sin hábito, es decir, a una hipotética Juana de Asbaje a los treinta años.  “Con este cuadro quería capturar el misterio del barroco”, me dice Mar, y yo la miro asombrada porque estaba pensando en la monja mexicana, quien precisamente vivió en ese periodo.  “Cuando lo pinté estaba escuchando mucho a Bach”, me explica.  Bach es el músico barroco por excelencia; el equilibrio lingüístico de timbres, ritmos, voces, corales, estructuras y armonías, donde el factor espiritual no excluye a lo lúdico, han fascinado durante siglos a sus admiradores.  De esta forma, “Retrato azul” también transparenta un equilibrio emotivo e intelectual, una visión penetrante del mundo a través de trazos ingenuos y juguetones.

Pasaron casi dos horas y llegó el momento de despedirnos.  Caperucita se marchó y yo me quedé pensando: esta no es una Caperucita rodeada de pajaritos y un bosque frondoso, viviendo una y otra vez los acechos peligrosos de un lobo.  Esta es una Caperucita posmoderna y citadina, rodeada de semáforos, buses, humo, acechada por la contaminación y los paraísos artificiales.  Pero afortunadamente su capa la protege, una capa tejida de palabras, notas musicales, imágenes.  Por eso guarda sus heridas, las lame como el gato que nunca tendrá, y sueña.

 

 

 

One thought on “Mar Fulkner, la sueñera

  1. Mar says:

    Hola Tania! soy Mar, la chica de la que hablas en el articulo, solo que 10 años despues 🙂 me gustaria contacar contigo para comentar te una cosa, me ha traido muy buenos ecuerdos la re-lectura, hasta pronto (mi mail marsovives@gmail.com)

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