México en mi paladar

March 16, 2013 // by tania

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A Alyson, por compartir El Jimador.
A Brittney, porque sé que está triste.

Escucho el programa “Morning Becomes Ecclectic” que la estación de radio de Los Ángeles KCRW le dedica a la oaxaqueña Lila Downs porque acaba de entregar su último trabajo, La cantina.  Y se me viene a la mente una conversación que hace un tiempo compartí con amigos y amigas.  Recordábamos con la boca hecha agua aquellos días, a finales de los setenta y principios de los ochenta, en que nuestros padres solían llevarnos a comer tacos al ya desaparecido restaurante Cancún, el cual tenía desperdigadas varias sucursales en San Salvador, aunque la que recuerdo con perfecta nitidez sea aquella cerca del Bulevar de Los Héroes.  La cochinita pibil, los cebollines, los chongos zamoranos, los frijolitos borrachos, tantas veces saboreados y que aún hoy, más de veinticinco años después, todavía son evocados por nuestros recuerdos.  De hecho, una vez llegué a conocer a una muchacha, quien por aquellos tiempos habrá tenido unos quince años, que se sabía de memoria todo el suculento menú que Cancún ofrecía.  A su novio de entonces le gustaba presumir frente a sus amigos que su chica tuviera esta gracia añadida a su −hay que reconocerlo− bella figura.  Así que él solía decirle: “Vaya, mi amor, dígales el menú de Cancún”, y ella, como una perica, empezaba a enumerar los platillos como si fueran las preposiciones o las tablas de multiplicar.  (Y si, mientras nuestros padres nos llevaban a disfrutar una amplia gama de tacos muchas personas se preparaban para llevar a cabo una revolución.)

Ciertamente México y su comida mueven pasiones y causan las más diversas reacciones.  (Ayer por cierto estuve en un concierto de Chavela Vargas quien a sus ochenta y siete años conmovió con su voz e ingenio a todos los que estábamos en el Palacio de la Música de Barcelona.)  Y la literatura mexicana también.  Ahora estoy enfrascada en la lectura de la obra poética de la chiapaneca Rosario Castellanos  (1925-1974).  Autora de una docena de libros de poesía, siete de narrativa, seis de ensayo y dos de teatro, fue también profesora de literatura latinoamericana en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la Universidad Iberoamericana, en las de Wisconsin, Indiana y Colorado, y en la Universidad Hebrea de Jerusalén.  (En los últimos años de su vida, recién divorciada y con un hijo pequeño, Rosario se trasladó a Israel donde se desempeñó como Embajadora de México.)  La escritora transitó una brillante estela intelectual que siglos antes había inaugurado en el México barroco Sor Juana Inés de la Cruz.  Hija de padres latifundistas (que más tarde perdieron sus tierras con la reforma agraria llevada a cabo por Lázaro Cárdenas entre 1934 y 1940) Rosario creció en Comitán (Chiapas), cerca de la frontera con Guatemala.  Cuando tenía ocho años, su hermano, un año menor que ella, murió.  Este hecho la marcaría profundamente puesto que sus padres, lamentando la pérdida del varón, es decir, del más valorado para convertirse en el heredero y el administrador de las tierras, causaron en Rosario un terrible sentimiento de culpa que le costó años superar.  En una carta dirigida al filósofo Ricardo Guerra, antes de que se convirtiera en su marido, afirma lo siguiente:

Usted sabe que tuve un hermano y que se murió y que mis padres, aunque nunca me lo dijeron directa y explícitamente, de muchas maneras me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuara viva y coleando. Siempre me sentí un poco culpable de existir; durante todos estos años hubiera querido pedir perdón a todos por estar viviendo y me sentía yo culpable en cierto modo de que las cosas hubieran sucedido de ese modo y no del otro que ellos deseaban.  Además constantemente me echaban en cara que si yo no hubiera vivido ellos hubieran podido tranquilamente suicidarse pero que yo los ataba a una vida que no deseaban y que soportaban sólo por su sentido del deber. (…) Allí tiene usted la raíz de todo; una raíz amarga y difícilmente extirpable. Cuando alcancé a darme cuenta de la injusticia de esta posición y de ese trato me rebelé violentamente contra ella; lo dije todo, reclamé, protesté, sin respeto y sin piedad.  Ellos lo reconocieron y quisieron cambiar dándome un afecto que yo rechacé por parecerme tardío.

Como vemos, Rosario vivió mucho tiempo sintiéndose culpable por ser mujer con el añadido de que crecía en una sociedad que marcaba claramente los estereotipos femeninos.  Esta condición es la raíz de una sincera toma de conciencia sobre su género, tema que recorre toda su obra y vida.  Lo anterior hizo que la escritora también se identificara con los indígenas de Chiapas, quienes a su vez eran silenciados por una sociedad que imponía la mirada del ladino.  Así las cosas, en sus escritos Rosario meditó ampliamente sobre la situación marginalizada de las mujeres y de los indígenas de su país.

Durante una entrevista que le hizo Elena Poniatowska, Rosario enfatizó lo siguiente: “Yo me afirmé a base de gentes que todo el tiempo me quisieron destruir”.  Quizá por eso escribió un poema que me ha conmovido como si me hubiera bebido un trago de tequila, de esos tragos largos que se beben en aquellas ocasiones en que sentimos los mismos pero siempre vívidos dolores.  Ese poema se titula “Malinche”.  Por supuesto, se refiere a la famosa figura histórica que ha sido designada durante mucho tiempo como la traidora, “la chingada”, por haber sido la traductora y la mujer del conquistador Hernán Cortés.  Pero Rosario, como lo harán también las chicanas, revisa y reinterpreta esta figura femenina. 

El poema en sí no toca el tema de la Conquista, ni siquiera menciona a Cortés.  La Malinche que se retrata aquí es la de una figura trágica.  De acuerdo a la versión de Bernal Díaz del Castillo, la Malinche era de origen noble.  Sus padres eran los caciques de Paynala, un lugar cerca de Coatzacoalcos en la costa del golfo de México.  Cuando su padre muere, su madre se vuelve a casar y tiene un hijo con su padrastro.  Cuenta la leyenda que la madre y su nuevo marido decidieron hacer pasar a la Malinche por muerta para asegurar la herencia de su medio hermano.  Es así como esta es vendida por su madre a unos indígenas de Xicalango quienes después la llevaron como esclava a los tabasqueños; estos a su vez la regalaron a Hernán Cortes cuando perdieron ante sus hombres en la batalla de Cintla.  Su madre y su padrastro, por su parte, hicieron el simulacro de su muerte y enterraron el cuerpo de una niña muerta haciéndola pasar por la Malinche.  Lo interesante del poema de Rosario es que nos presenta un pre-texto sobre la Malinche, la de origen noble que fue vendida como esclava.  Los lectores y las lectoras ya conocemos el resto de la historia y el rol trascendental que le espera, pero Rosario utiliza la versión de Bernal Díaz del Castillo para perfilar a una nueva Malinche: la figura tradicionalmente desvalorizada por los nacionalistas pasa por el filtro de una situación biográfica marcada por la traición maternal.  Así, la Malinche de su poema aparece como una especie de Hamlet femenino. La figura histórica palpita bajo una luz diferente: deja de ser simplemente la traidora; más bien, se convierte en la traicionada, la desterrada, y llegamos a comprender que más bien se trata de la historia de una mujer que por sus circunstancias se vio forzada a sobrevivir y que gracias a su inteligencia y su conocimiento del maya, el náhuatl y el castellano, jugó un rol histórico fundamental como poseedora del lenguaje y la comunicación.

malinche-219x300La Malinche según Rosario Marquardt (1992)

Como afirma Sandra Messinger Cypress, Rosario Castellanos ofreció el trampolín conceptual para la revaloración que hicieron de la Malinche escritoras chicanas como Cherie Moraga.  De hecho, la Malinche se ha convertido en una importante metáfora para la formación de la identidad de las chicanas.  Tradicionalmente el término malinchistas era utilizado para desacreditar a las chicanas aculturadas, y también se les designaba así a aquellas que abrazaban el feminismo.  Uno de los retos de las chicanas ha sido confrontar esa identificación negativa para reinterpretar el símbolo y otorgarle nuevos significados.

Pero ya basta de hablar tanto.  Mejor es que lean este poema que perfila a aquella Malinche que fue vendida como esclava porque -digamos las cosas como son- su madre, cuyo propósito vital era traer al mundo al heredero y condicionada por lo que se consideraba más valorado, prefería a un varón.

“Malinche”

Desde el sillón del mando mi madre dijo: “Ha muerto”.

Y se dejó caer, como abatida,

en los brazos del otro, usurpador, padrastro
que la sostuvo no con el respeto
que el siervo da a la majestad de reina
sino con ese abajamiento mutuo
en que se humillan ambos, los amantes, los cómplices.

Desde la Plaza de los Intercambios
mi madre anunció: “Ha muerto”.

La balanza
se sostuvo un instante sin moverse
y el grano de cacao quedó quieto en el arca
y el sol permanecía en la mitad del cielo
como aguardando un signo
que fue, cuando partió como una flecha,
el ay agudo de las plañideras.

“Se deshojó la flor de muchos pétalos,
se evaporó el perfume,
se consumió la llama de la antorcha.

Una niña regresa, escarbando, al lugar
en el que la partera depositó su ombligo.

Regresa al Sitio de los que Vivieron.

Reconoce a su padre asesinado,
ay, ay, ay, con veneno, con puñal,
con trampa ante sus pies, con lazo de horca.

Se toman de la mano y caminan, caminan
perdiéndose en la niebla.”

Tal era el llanto y las lamentaciones
sobre algún cuerpo anónimo; un cadáver
que no era el mío porque yo, vendida
a mercaderes, iba como esclava,
como nadie, al destierro.

Arrojada, expulsada
del reino, del palacio y de la entraña tibia
de la que me dio a luz en tálamo legítimo
y que me aborreció porque yo era su igual
en figura y rango
y se contempló en mí y odió su imagen
y destrozó el espejo contra el suelo.

Yo avanzo hacia el destino entre cadenas
y dejo atrás lo que todavía escucho:
los fúnebres rumores con los que se me entierra.

Y la voz de mi madre con lágrimas ¡con lágrimas!
que decreta mi muerte.

Rosario murió en Tel Aviv en 1974 debido a un accidente doméstico, electrocutada por una lámpara.  Sus amigos todavía recuerdan su alegría, su carcajada, su agudo sentido del humor, a pesar de haber tenido una existencia en la cual el sentimiento de soledad era su desayuno diario.  De hecho, en uno de sus ensayos enfatizó que la risa “es el primer testimonio de la libertad”.  Ciertamente, sólo el humor permite asimilar lo dramático.  Y gracias a Rosario he prolongado el sabor mexicano que desde hace días llevo en el paladar.  Tacos, tequila, melodías oaxaqueñas, San Cristóbal de las Casas, poesía si eres tú, Rosario.

(“Malinche” pertenece a “En la tierra de en medio” incluido en Poesía no eres tú.  Obra poética [1948-1971], México, Fondo de Cultura Económica, 2001 [1ª ed. 1972], p. 324-25.  La cita de la carta se encuentra en Cartas a Ricardo, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, p. 36-37.)

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