Tinta violeta

March 16, 2013 // by tania

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En alguna parte leí o escuché que no hay nada más invisible que los monumentos.  A fuerza de verlos, no se miran, no se observan; por lo tanto, no se aprecian.  Pero más invisible que el monumento, suele ser el autor o autora del mismo.  Existe un monumento que todos los salvadoreños conocemos de memoria; me refiero al Monumento de la Revolución, mejor conocido como El Chulón, realizado para conmemorar la Revolución de 1948 la cual culminó con la Constitución Política de 1950.  Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de las personas suelen ignorarlo: la imagen en mosaico de ese hombre desnudo con los brazos alzados, que esboza la idea de libertad, suele ser pasada por alto.  Asimismo, muy pocos conocen la historia de Violeta Bonilla, una de sus autoras.

violeta-bonillaTuve el privilegio de conocer a Violeta en los años setenta porque fue mi profesora de pintura.  En aquella época yo no era más que una cría de ocho o nueve años, algo retraída, que adoraba ir los sábados por las mañanas a la casa de Violeta a colocarme frente a un caballete para pintar naturaleza muerta bajo unos altos bambúes mecidos por una brisa fresca; atrás de la casa corría una quebrada, aún no contaminada, que murmuraba sobre las piedras.  Violeta me hablaba poco, me dejaba abandonarme a los colores y al presente, y sólo interrumpía mi concentración cuando me hacía una observación para mejorar la técnica.  Era una profesora estupenda -quien a su vez había sido alumna de Valero Lecha- y aquellos fueron sábados deliciosos porque aprendí a apreciar el silencio y el gozo de la creación.  Pero el paraíso de la infancia no dura para siempre.  Empezó la guerra y en cuestión de meses mucha gente se marchó al extranjero, el silencio se convirtió en explosión y el esparcimiento se manchó de miedo.  Por esos días, Violeta volvió a México donde había vivido años atrás trabajando con el gran muralista Diego Rivera.  Durante su segunda estancia en la metrópolis mexicana, trabajó como profesora de Anatomía Artística y Muralismo en la escuela de pintura y escultura “La Esmeralda”.

En 1999, volví a casa de Violeta, a quien no había vuelto a ver en casi dos décadas.  Allí estaban los bambúes, la quebrada –ahora sucia de botellas y bolsas– y una Violeta envejecida pero sonriente y de mirada amable.  Padecía cáncer.  Sin embargo, ese día ella estaba animada y estuvimos conversando durante horas.  De pronto, sacó un puñado de fotografías viejas, ya amarillentas, en las que aparecía una jovencísima Violeta al lado de Diego Rivera; en otras fotografías se le veía junto a Mario Moreno “Cantinflas”, María Félix y otros íconos de la escena mexicana de los años cuarenta y cincuenta.  Emocionada le dije: “Cuénteme cómo los conoció”.  Ella rió suavemente y me relató su aventura mexicana.  A continuación la transcribo tal y como la recuerdo:

Yo siempre quise ser pintora y muralista.  Te imaginarás que en los años cuarenta era una opción difícil para una mujer salvadoreña, pero yo lo tenía tan claro que decidí irme a la ciudad de México, porque pensé que, como allí estaba el maestro Diego Rivera y los demás muralistas, pues allí debía ir.  Tenía unos diecinueve años cuando llegué al lugar donde trabajada Diego en uno de sus murales.  No me costó que me contrataran en la obra porque me hice pasar por muchacho.  Me puse pantalones y una gorra y así empecé.  Primero llevaba piedras de un lugar a otro en una carretilla, después pasé a trabajar en los andamios.  Cierto día, Diego tardaba en llegar y nosotros decidimos empezar sin él, basándonos en los planos del diseño.  Pronto nos enfrentamos a una encrucijada sobre cómo continuar, por lo que me atreví a hacer una sugerencia que a todos les pareció lógica.  Así estuvimos trabajando cuando apareció Diego.  Cuando vio que habíamos empezado sin él, empezó a gritar: ‘¿Quién les dijo que debían hacerlo así?’  Para entonces yo ya me había bajado del andamio y apresuraba el paso muerta de miedo, pues Diego tenía un carácter explosivo.  ‘Aquel que va allá’, le dijo uno de los trabajadores.  ‘¡Eh tu!’, me gritó.  Yo tuve que detenerme y darme la vuelta.  ‘Quitáte la gorra’, me ordenó.  Me temblaban las piernas, pero me la quité y le miré.  ‘Pero si eres una chamaca’, dijo asombrado.  Luego observó lo que habíamos estado haciendo sin su consentimiento y después de un silencio que a mí me pareció largo, dijo: ‘Desde ahora en adelante, cuando yo no esté en la obra, ella será la encargada’.  Uno de los trabajadores dijo con desdén: ‘Yo no recibo órdenes de una mujer’.  ‘Pues entonces estás despedido’, le contestó Diego.  Desde ese día me convertí en amiga de Diego y Frida y compartí con ellos largas conversaciones en la Casa Azul; me invitaban a sus reuniones donde conocí a Pablo Neruda, por ejemplo.  Fueron años preciosos.

Violeta me relató otras anécdotas.  Poco saben que trabajó, junto a su entonces esposo, Claudio Cevallos, en el Monumento de la Revolución durante mucho tiempo, recolectando cada una de las piedras de colores provenientes de diferentes partes del país, una tarea altamente rigurosa que tenía como fin entregarle al mosaico tonalidades diversas.  Hay una fotografía en la que se la ve embarazada, de pie y con un largo lápiz que llega al suelo, trabajando en el diseño del mural.  Pasó horas interminables en los andamios. Violeta también conoció a otras figuras importantes del arte latinoamericano como David Alfaro Siqueiros y Juan O’Gorman.  Asimismo, pintó al óleo, sobre todo retratos, pero también obras de temática desgarradora y contemporánea utilizando un imaginario extraño y vanguardista, como su pintura “Centroamérica en los ochenta”: un azul esqueleto de mujer con cabellera larga y mirada tétrica, un pájaro rojo encarcelado en su costilla izquierda, una semilla habitándole el vientre y enraizada en el vacío; al fondo, un espacio de tonalidades moradas que evoca una tormenta tóxica.

No se debe pasar por alto el Monumento de la Revolución ni el arduo trabajo que implicó, así como tampoco debemos hacer invisible la vida y obra de una mujer que se entregó a lo que amaba y luchó honradamente para conseguirlo.  Poseedora de una integridad admirable, se dedicó a sus tres hijos y a su arte, y también a su fe.  Murió en El Salvador el 14 de noviembre de 1999.  Hasta ahora, únicamente se le ha dedicado una placa durante la administración del ex-alcalde Héctor Silva y alguna mención en libros de arte salvadoreño que no pasan de un párrafo, pero poco o nada se conoce de su verdadero legado artístico y cultural.  Si en algún momento nuestro medio fue ingrato con esta artista –sepultándola prácticamente en el olvido- es momento de dar a conocer y estudiar profundamente su obra esparcida, y también de realizar un estudio biográfico que rescate sus vivencias en uno de los escenarios culturales más fascinantes de América Latina.  Es necesario teñirnos de Violeta.

 

Monumento de la Revolución, San Salvador

 

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