“El tejido literario: «¿Por qué su cerradura encaja con mi llave?»”, Foro: La red literaria en El Salvador: entre el capital simbólico y el capital económico, Fundecultura, San Salvador, El Salvador, 10 de septiembre, 2012.

May 4, 2013 // by tania

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En su Autobiografía, Rubén Darío alabó la influencia de Francisco Gavidia en la renovación estética de su poesía.  Como sabemos, el nicaragüense oxigenó las letras hispánicas instituyendo el Modernismo y es un hecho maravilloso que haya sido precisamente un salvadoreño uno de sus mentores más importantes.  Sin embargo, ese feliz encuentro tomó lugar hace más de un siglo y aquí nos encontramos hoy, con los hilos que sujetan el tejido literario y, debo decirlo, no precisamente en las mejores condiciones.

Hace dos años nos embarcamos en esta búsqueda en el marco del programa Plataforma Desarrollo y Cultura de la Fundación AccesArte. Se basó sobre todo en entrevistas y en la escasa bibliografía sobre el tema.  Desde ahí surgió la identificación de algunos vacíos, tanto del objeto de estudio como del diagnóstico mismo.  Por esta última razón, la semana pasada estuvimos realizando mesas de trabajo con representantes de las diversas esferas que interactúan en el campo literario para retroalimentar aquellos primeros resultados.

Entre otras cosas, se descubrió que hay una matriz simbólica que constantemente determina a la actividad literaria.  Ojo: no a la literatura misma.  No hemos sido capaces como sociedad de distinguir o separar al escritor de su obra, al trabajador literario de una imagen estereotipada, relacionada a su lugar social, y de ahí que se manejen etiquetas como “subversivo” o “burgués”, cuyas cargas semánticas resultan más pesadas que en otros países que no han experimentado un conflicto armado reciente.  Por otro lado, a nivel social, existe otro estereotipo que se maneja en todas las esferas: “En El Salvador nadie lee”, “Leer es aburrido”, “Eso no sirve para nada”, “En El Salvador no hay literatura o no hay literatura salvadoreña buena”.  Esa matriz simbólica en parte ha paralizado o invisibilizado esfuerzos loables. 

Segundo, debido a causas estructurales, la profesionalización en el campo literario es escasa, débil.  Como profesión me refiero no solo al hecho de crear una obra literaria, sino también a trabajos que derivan de la actividad literaria: docencia, edición, difusión, promoción, preservación física y legal de los textos.  La mayoría de las ocasiones se aprende sobre la marcha.  A la vez, la falta de profesionalización deriva en un sistema de intercambio económico precario: malas remuneraciones y en ciertos casos, ninguna; atrasos en los pagos, incumplimiento de plazos para la edición de un libro, resultados de una calidad inconsistente. 

Lo anterior es consecuencia de nuestro sistema educativo.  Los espacios de formación son nimios –actualmente solo la UES ofrece la Licenciatura en Letras- y la mayoría de las ocasiones se encuentran apoyados en planes de estudio obsoletos.  La situación de la educación, sobre todo en las zonas urbano-marginales y en las rurales, desmotiva a la mayoría de maestros, lo que incide en los alumnos.  Así, los profesores universitarios se quejan del bajo nivel educativo de los estudiantes de primer ingreso y algunos de esos estudiantes confiesan que nunca han leído un libro.  Al mismo tiempo, de acuerdo al recién publicado Diagnóstico de Educación Superior realizado por AID, la calidad de la oferta universitaria también es limitada: los profesores no solo carecen de material didáctico sino también de habilidades para la enseñanza.  A esto se le suma una falta de incentivos salariales; un profesor universitario gana entre $500 y $1,000 dólares mensuales.  Los docentes “se ven obligados a conseguir trabajos suplementarios con el fin de sobrevivir en términos financieros” y eso termina afectando su desempeño como profesores.  Si bien es cierto que la educación necesita mejoras cualitativas, también se necesita de recursos.  Mientras Costa Rica invierte entre el 5% y el 6% de su presupuesto nacional en educación, en El Salvador se invierte menos del 2.5%.  A esto hay que agregarle a que en el país no existe una escuela de edición o de técnicas de escritura creativa; tampoco hay cátedras en periodismo cultural o especializadas en derechos de autor.

Las editoriales, sobre todo las pequeñas, deben realizar esfuerzos quijotescos para vender libros.  El problema de la distribución y la comercialización es uno del que no se salva ninguna, ni la estatal: muchos libros terminan embodegados o se terminan vendiendo a lo largo de diez años, y estamos hablando de tirajes pequeños, de entre 500 y 1.000 ejemplares.  Uno de los retos más importantes de las editoriales es realizar el salto a los formatos electrónicos.  Esta vía reduciría los costos de producción y contribuiría a promocionar a los autores salvadoreños no solo en el país sino también en el exterior, sobre todo en aquellos países que tienen una comunidad salvadoreña considerable, donde las primeras o segundas generaciones de migrantes se convierten en lectores potenciales.   Pero para ello se necesita de una legislación actualizada.

La Ley del Libro se aprobó en 1994 pero no se ha activado en su totalidad, perjudicando al sector.   En su artículo 5, por ejemplo, el Banco Central de Reserva debía crear líneas de crédito blandas para apoyar a las editoriales y a las publicaciones periódicas, algo que no se ha realizado.  Tampoco se ha creado, hasta la fecha, el Consejo Nacional del Libro, el cual debía ser el ente encargado de poner en práctica la política del libro y de elevarla al nivel de política nacional.  ¿Por qué no se ha conformado? Hasta el momento ni siquiera se ha redactado el reglamento para la implementación de la ley.  Además, puesto que fue escrita hace dieciocho años, la Ley no contempla realidades contemporáneas como los libros digitales o las co-ediciones.  En definitiva, su marco legal se debe modernizar urgentemente para que la rueda comience a rodar.

¿Y qué pasa con el acceso físico, emocional e intelectual de la población en general?  Ya que esa red literaria permanece invisibilizada más allá de los círculos intelectuales, cuando finalmente trasciende algo afuera de esos círculos, los valores estéticos que se presentan son aceptados en completa sumisión a los principios que una autoridad impone –llámese instituciones culturales, líderes, periódicos, etc.-.  Lo que se dice de la obra muchas veces es solo una repetición de ideas, conceptos, gustos, etc.  Debido a que nuestro sistema de educación es precario, el rigor del pensamiento crítico de la población es, por lo general, mínimo. 

Una de las herramientas más poderosas para la difusión del libro son los periódicos y las revistas.  Los espacios en los medios tradicionales dedicados a la cultura suelen ser escuetos y, de acuerdo a los entrevistados, no se profundiza en los temas.  Solo existe un suplemento cultural, el “Tres Mil”, del Co Latino, pero este no tiene el tiraje de los dos periódicos más importantes del país.  En la radio y la T.V. sucede lo mismo, con excepción de algunos casos, por supuesto, como los programas “Cultura con vos” y “La Bohemia” en YSUCA, o más recientemente “La cancha del arte” del canal 10.  Las revistas electrónicas intentan llenar ese vacío pero se trata de esfuerzos personales: sus editores le roban tiempo a sus trabajos, a su familia, para echar adelante esos esfuerzos.  La consecuencia: las revistas tienen una duración efímera o no se logran editar los números con consistencia; aparecen cuando las circunstancias personales lo permiten.

Es por esto que urge una cátedra en periodismo cultural: realizar una actualización de definiciones en torno a la cultura, contar con especialistas de distintos lenguajes artísticos que les enseñen a los futuros periodistas técnicas para entender el lenguaje del teatro, la danza, el cine, la literatura.  Solo así se podrán escribir comentarios culturales con argumento y propiedad en los medios periodísticos actuales.  En pocas palabras, urge instituir a la investigación como base del trabajo periodístico para el rescate de la cultura. 

La Cámara del Libro, que aglutina tan solo a 19 empresas y ha organizado tres ferias del libro en el marco de la FILCEN, tuvo que pagar $40,000.00 en su edición del año pasado por el uso del Pabellón Centroamericano del recinto ferial.  Esto ha causado, como en ediciones pasadas, que los precios de los escaparates se disparen y cuenten con pocos participantes.  Además, no suelen recibir apoyo monetario de patrocinadores de la empresa privada.  Sin recursos es difícil promocionarla y de ahí que no alcance a tener un buen número de visitantes.  Es de hacer notar que en otros países, como Costa Rica o Colombia, el presidente de la República es quien inaugura las ferias, pero en El Salvador eso nunca ha sucedido: esa ausencia gubernamental también pesa sobre el escaso posicionamiento de la feria.

En cuanto a las bibliotecas, su presupuesto asignado no contiene especificaciones definidas, además de que, como es tan poco, la mayoría del dinero se dedica a cubrir gastos.  La consecuencia: no alcanza para comprar libros.  Estos se obtienen gracias a la cooperación internacional. Existen esfuerzos de parte del Plan Nacional de  Lectura, el cual trabaja de la mano de las Bibliotecas Públicas y llega a lugares remotos gracias al Bibliobús; mientras que la infraestructura de las Casas de la Cultura se suele utilizar como espacio de reunión de grupos literarios o de Clubs de Lectura.  Pero para dinamizar esos espacios aún se necesita de recursos, no solo monetarios, también humanos: un equipo capacitado.

Es importante señalar que la cultura también genera riqueza y empleo.  Y El Salvador tiene potencial.  De acuerdo a un estudio titulado Desarrollo humano y dinámicas económicas locales: Contribución de la economía de la cultura, publicado por el PNUD (2009), la cultura en México alcanzaba el 3.3% del PIB en 2005, mientras que en El Salvador, ascendía al 1.4%.   En ese mismo año, el porcentaje del PIB del sector construcción era de 3.6% y el de restaurantes y hoteles 3.2%, en el cual 1 de cada 100 salvadoreños trabajaban en el sector.  Los libros y las publicaciones en nuestro país representaban entonces el 32% del aporte económico del sector cultural, es decir, equivalía a tres de cada diez dólares del PIB cultural del país, solo por debajo de radio, televisión, cine, video y multimedia, que representan un solo sector, con un 39%.  Sin embargo, la rama que genera más empleo en el sector cultural es el de los libros y las publicaciones. 

En cuanto a la demanda, tres de cuatro salvadoreños dice tener la costumbre de leer libros. (LPG, 2007).  No obstante, con respecto a los motivos por los que se lee, el 58% de la población consultada dice que la principal razón es por informarse y saber más, frente a un 18% que afirma que lo hace por placer y distracción.  En países de Iberoamérica con una industria editorial fuerte, el gusto y el entretenimiento son la principal razón para leer libros, mientras que la segunda es por trabajo o estudio. (CERLALC, 2008).  La temática más abordada por los salvadoreños es la religión, con un 28%, frente a un interés por la literatura de un 13%, y por la ciencia de un 10%. (LPG, 2007).  Por lo tanto, la situación de los escritores literarios y científicos se encuentra en un escenario cualitativo difícil que es importante desestancar.  El gusto por la lectura variada comienza en la infancia; es importante que enseñemos y aprendamos a desarrollar ese gusto, se trata de una labor pedagógica importante.      

¿Por qué un escritor o una escritora insiste en seguir trabajando en su obra literaria en circunstancias no precisamente favorables?  Porque no puede evitarlo: escribir es su razón de ser.  Por otra parte, también es cierto que los escritores son dueños de un capital simbólico.  A pesar de que carezca de capital económico o social, el capital cultural y simbólico que posee le permiten obtener legitimidad y prestigio en su entorno, ya sea como poetas, narradores o dramaturgos.  Pero, desgraciadamente, ese entorno está invisibilizado en otros ámbitos profesionales y sociales.  Para llegar al lector, se necesita de una labor de difusión y promoción constante, además de un buen sistema educativo y de una actividad académica y de investigación permanente. 

Quizás el mayor problema es que la red literaria no goza de legitimidad, de validación, ante las redes económicas y sociales, y en menor grado, las políticas.  Es cierto que en todas las sociedades se le brinda mayor legitimidad a las redes de parentesco, a las políticas y a las económicas, con respecto a las redes culturales.  Por lo tanto, la cultura se convierte en un “lujo” que se coloca por encima de las necesidades sociales elementales, determinadas por la Pirámide de Maslow.  Sin embargo, esta noción de la cultura ya no es válida en la actualidad, puesto que los límites entre la alta y la baja cultura se difuminan, como nos dice Martín Hopenhayn. 

La cultura no se define solo por los grandes patrimonios, las bellas artes, o por el “arte por el arte”, también incluye otras líneas de expresión: lo popular, lo mediático, las manifestaciones y prácticas sociales.  Asimismo, implica la actividad cultural, entendida como autogestión y forma de participación social. Los escritores –es decir, sus representantes– han llegado a un momento en que tienen que tomar la iniciativa, no solo como creadores, sino también como ciudadanos activos: formar parte de la toma de decisiones con respecto a las políticas culturales, participar en la formulación de criterios, requisitos, reglamentos, etc.  Y aquí vale la pena recordar que el escritor se mueve en dos esferas: su espacio de creación –libre, propio, íntimo- y su espacio de bienestar, como ciudadano –posicionado en el espacio público–.  Una red literaria dinámica, visible, y una nueva estructura legal, podrán validar el lugar de la literatura.

Algunos insistirán: ¿es realmente útil leer?  El primer acto político de todo ser humano empieza dentro de cada uno: cuando decidimos qué postura adoptar, qué decisión tomar, qué camino seguir en diversas momentos de la vida.  Esa dialéctica interna se traslada luego al espacio social e incide en nuestras familias, nuestro trabajo, nuestro país, pues con los miembros de esos ámbitos también tenemos que negociar, lograr consensos, comunicar.  Más aún, el argumentar con pensamiento crítico deriva del ejercicio de leer.  Y leer también nos enseña que, así como hay autores disímiles, también hay personas disímiles.  La convivencia parte de la posibilidad de una pluralidad enriquecedora.  Edmund Burke, en su ensayo “La función de la crítica en el tiempo actual”, escrito en 1865, enunció una reflexión que aún resulta vigente en nuestro siglo: “Nuestro antagonista es nuestro ayudante.  Este conflicto amigable nos obliga, con dificultad, a llegar a un conocimiento íntimo con el objeto de nuestra consideración y nos requiere a considerarlo en todas sus relaciones.  No nos permitirá ser superficiales.”

Ahora bien, como sociedad, ¿nos interrogamos lo suficiente, lo necesario?  ¿Hemos “naturalizado” nuestra matriz simbólica hasta llegar a creer que somos solamente eso: una sociedad polarizada sin posibilidad de cambio? ¿Cuándo vamos a historizarla–cuestionarla- para que podamos transformarla en una sociedad plural, abierta, no sexista, no clasista, culta?  No existe una sociedad perfecta, es cierto, pero sí existen caminos sensatos para intentar llegar a ser mejores.  Debemos vernos en el espejo para reinventarnos. ¿Por qué algunos sienten temor de ver nuestro esqueleto “nacional”?

Y aquí quisiera mostrarles el retrato de una artista salvadoreña, Violeta Bonilla, en el que ella quiso reflejarnos –a los centroamericanos– durante los años ochenta:

 

cuadro-violeta

Vemos un esqueleto azul de mujer con cabellera larga y mirada vacía; un pájaro rojo encarcelado por la costilla izquierda, cuya angustia por liberarse se expresa en su pico abierto: grito dramático de pájaro; una semilla habita en su vientre, las raíces suspendidas en el vacío; al fondo, un espacio de tonalidades azules evoca una tormenta tóxica.  Y llama la atención que en esa imaginería dónde vida y muerte conviven, la mujer no tiene boca. Sin voz, su semilla es la única que crece, pero suspendida en el vacío: es esa la incertidumbre que nos amordaza desde que empezó la posguerra. 

Es deber, responsabilidad de todos, participar en la creación de nuevos hábitos de diálogo, como ciudadanos, en el sentido más noble y maduro de la palabra.   El camino es largo.  Difícil.  Implica el parto de una nueva nación.  Pero no una nación idealizada, tampoco sustentada únicamente en utopías o exclusivamente en términos de factibilidad económica.  Debemos tener el valor de vernos tal cual somos: restringidos.  Solo así podremos repensarnos, sustentarnos en la responsabilidad, la diversidad, la empatía, la participación social y el trabajo.   El trabajo entendido como una actividad que se realiza con dignidad y legitimidad.

En ese sentido, ¿por qué ignorar a aquellos que nos perfilan desde un realismo despojado de lo ingenuo?  Más heroico es acceder a esas imágenes y, como seres humanos pensantes, nos lancemos a interrogar a quienes nos piensan, nos escriben. 

Una sociedad avanza cuando los agentes de los diferentes campos se relacionan en términos simbólicos nuevos.  ¿Podremos superar la miopía deliberada o aquella que adquirimos por desconocimiento o ignorancia?  Una sociedad que sabe verse a sí misma no es peligrosa, como muchos supondrían.  Más peligroso es dejar que la miopía se extienda y se perpetúe.

Quiero leerles un poema de Toni Morrison, el cual abre su última novela, Home, es decir, hogar:

 

¿De quién es esta casa?

¿De quién es la noche que se lleva la luz de aquí?

¿quién es el dueño de esta casa?

No es mía.

Yo soñé otra, más dulce, más luminosa

Con vistas a lagos cruzados por barcas pintadas,

A campos abiertos, como brazos, a mí

Esta casa es extraña

Sus sombras mienten.

Dime, ¿por qué su cerradura encaja con mi llave?

 

Esta casa, nos guste o no, es de todos.  Tenemos que convivir y dialogar, es una casa pequeña.  Las artes, la literatura, son un puente de comunicación que se une a otros canales ya existentes.  Y quisiera cerrar con un poema del poeta salvadoreño Alfonso Quijada Urías, pues apunta a ese nuevo horizonte en que quizás sea posible un cambio a través de la palabra:

 

Escribo al dictado lo que dice el moscardón.

Se conoce la página con su rumor.

Un orden amoroso se prepara:

El hombre liberado del Poder,

La mujer libre de su esclavitud.

Nuevos amores rayan el alba.

La historia ya no duerme,

Habla en sueños.

Otra vez la poesía, el Primer resplandor.

 

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