Al rescate de Toño Salazar, extranjero en su país

March 11, 2013 // by tania

Print Friendly

Publicado en: El puercoespín: política, periodismo, literatura, zoología (8 de julio de 2011).

 

Asturias-164x300

Parkinson.  Una palabra que con solo mencionarse provoca, al menos, una alfilerada en algún lugar del corazón.  Del mal de Parkinson padeció en sus últimos años uno de los salvadoreños más cosmopolitas: el ilustrador y caricaturista Toño Salazar.  Precisamente, el pasado 1 de julio se cumplió el 114 aniversario de su nacimiento, ocasión para reflexionar sobre ese infortunio, el cual se intensificó en los últimos años de su vida.  Porque su tragedia no se redujo al temblor en la mano que le dificultaba dibujar, sino también a otra más ingrata y arrolladora: la incomprensión del medio provinciano que le rodeaba el cual no alcanzó a considerar realmente la trascendencia de su trabajo, algo que luego se tradujo en un olvido desmesurado.  A su entierro, en 1986, acudieron no más de un puñado de personas y durante casi dos décadas su figura y su trabajo permanecieron cercados por la indiferencia, fuera de toda consideración de los libros de arte salvadoreños.

Cuenta Arturo Ambrogi en su crónica sobre Toño Salazar, incluida en Muestrario (1955), que a la primera exposición de sus dibujos en el Teatro Colón de San Salvador, en 1919, asistió mucha gente.  Sin embargo, nadie tenía idea del significado artístico y estético de los dibujos: “Desfilaban… celebrando de ingenua manera, el parecido de las caricaturas.  Nada más que eso.  La manera como estaba hecha la figura, el estilo personalísimo que ya despuntaba Salazar, les importaba poco.  Era algo que no estaba a sus alcances”.  Décadas después, las cosas habían cambiado poco.

Gracias a las fotografías de la época, se puede apreciar que Toño Salazar era un hombre menudo con ojos vivaces y pelo rizado.  Según los testimonios de sus amigos, su carácter era afable, su sonrisa ágil y su genio vibrante.  Ilustrador de libros como Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias (1945) y Coplas de Juan Panadero (1949) de Rafael Alberti; y amigo de Foujita, César Vallejo, Cartier-Bresson, Alberti, Pablo Neruda, Oliverio Girondo y Norah Lange, entre muchos más, Toño Salazar aterrizó contundente y eterno –por fin– en el punto de mira de su país en el 2005.  Ese año, el Museo de Arte de El Salvador le dedicó una magna exposición titulada Disparates, condimentada por la refinada y rigurosa curaduría del poeta Miguel Huezo Mixco, quien introdujo interesantes y agudas reflexiones en el catálogo de la misma.  Huezo Mixco es, en efecto, un esencial estudioso de la vida y la obra de Salazar.  Antes que él, Luis Gallegos Valdés había reunido en Caricaturas verbales (1982) las conversaciones que mantuvo con el artista en 1967, durante su última estancia en Paris.

 

DownloadedFile-150x150 Toño Salazar en París, por Henri Cartier-Bresson

 

Ambrogi conoció a Salazar cuando este tenía 22 años, “Pechito.  Endeble.  Paliducho.  Apenas si era una raya de lápiz vestida […].  Alguna vez me lo encontraba en la Librería Los Caminos, hojeando libros, hurgando revistas ilustradas.  Andaba a caza del estupendo Simplicissmus, de L’Assiette au Beurre, de Le Rire, que eran para él, fuentes de estudio”.  Pero lo poco que podía encontrar en las librerías de San Salvador no era estímulo suficiente para su talento.  Fue Ambrogi precisamente quien le recomendó marcharse:

 

Un día le dije:

–Toño, hay que irse.

­–¿Irme?

–Sí, hombre.  Hay que irse.

–Y ¿a dónde, y cómo?

–Pues a Europa, y si no se puede a Europa, a cualquier parte; pero usted debe irse, salir de aquí, o usted fracasa.  ¡Váyase!

 

Así, en 1920, gracias a un magra pensión del Ministerio de Relaciones Exteriores, el caricaturista comenzó un largo peregrinaje artístico que lo llevó por diversas ciudades: México, D.F., París, Nueva York, Buenos Aires, Montevideo.  Al principio, pasó penurias económicas y solía habitar en austeras y pobres habitaciones.  Pero también fueron años fecundos: sus dibujos llegaron a acompañar textos publicados en reconocidos periódicos y revistas de la era como El Universal Ilustrado, El Heraldo, Excélsior, L’Intransigent, Le Matin, Figaro, Comedia, Fortune, Vanity Fair, La Prensa, Argentina libre…  En París solía reunirse con los artistas de Montparnasse y en varias fotografías se le puede apreciar disfrutando del carácter bohemio y festivo de esas reuniones: eran los roaring twenties y París se anegaba en un colorido dinamismo cultural.

Neruda-180x300

Luego, en 1930, dio el salto a Nueva York, donde se casó con Carmela Gallardo.  Pero la Gran Depresión hacía mella en la sociedad americana y la pareja volvió a Paris.  En 1934, algunos artistas, entre ellos Henri Cartier-Bresson y el mismo Salazar, viajaron a México para embarcarse en la Expedición México-Buenos Aires la cual pretendía realizar investigaciones sociales, geográficas, artísticas y etnológicas a lo largo de toda Hispanoamérica.  Pero un proyecto tan ambicioso tenía pocas probabilidades de concretarse en aquellos años que precedían a la Segunda Guerra Mundial y finalmente quedó abandonado por falta de fondos.  Entonces, ante ese difícil lapsus, sobre todo en materia económica, Salazar estuvo a punto de volver a El Salvador.  Pero una vez más Arturo Ambrogi le mandó a decir que cuidado con “cometer la solemne majadería, la imperdonable estupidez de venirse […].  Que haga todo…, hasta pegarse un tiro.  Todo.  Menos volver a El Salvador.”  No se sabe si ese mensaje influyó o no en la decisión de Salazar, pero lo cierto es que no regresó a su país y se marchó a Buenos Aires en 1934.  Al enterarse Ambrogi por medio de un amigo en común que el artista se encontraba en la capital argentina, respiró tranquilizado y, con esa fina ironía que tanto lo caracterizó, añadió: “Me da usted una gran noticia que me quita un peso de encima. […]  Allá si quiere [Salazar], puede morirse de hambre, o echarse de cabeza en el turbio Río de la Plata”.

Los dibujos del salvadoreño empezaron a aparecer en Crítica y La Razón.  Un año después comenzó la Guerra Civil en España de la cual saldría victorioso Franco; desde hacía varios años Alemania e Italia tenían gobiernos fascistas y en Argentina el poder estaba en manos de Juan Domingo Perón.  Así, Toño Salazar se volcó con pasión en la caricatura política y satírica.  Hitler, Mussolini, Franco, Perón, y los fascistas en general, fueron ridiculizados por el lápiz de Salazar, especialmente en aquellos dibujos que aparecieron en …Antinazi de Buenos Aires.  Esto le costó su expulsión de Argentina en 1945.  Fue entonces que Salazar y su esposa se establecieron en Montevideo.

A partir de 1950, ante las constantes dificultades económicas, el caricaturista aceptó el cargo de secretario de la Embajada salvadoreña en Uruguay y fue a partir de ahí que inició su labor diplomática en París, Roma e Israel, primero como Consejero de la legación y luego como Embajador.  Este giro se tradujo en el abandono de la caricatura política.  Poco después vendría también el mal de Parkinson.

En 1970, Toño Salazar se estableció definitivamente en El Salvador y desde ese momento se empezaron a difuminar los círculos concéntricos que le llevarían a aquel destierro de los libros de arte salvadoreño.  Aunque es verdad que recibía aplausos, los jóvenes solían visitarlo para conversar con él, se realizó un documental sobre su vida e incluso llegó a recibir el Premio Nacional de Cultura en 1978, lo cierto es que no terminaba de encajar en la vida cultural y menos aún de ser ubicado con verdadera justicia en la historia artística nacional.  Las razones que originarían ese ingrato olvido han sido resumidas muy bien por Huezo Mixco:

 

En El Salvador se convirtió en el "habitante extraño" que siempre se consideró.  En el momento de su retorno, una parte de los artistas de El Salvador tenían sus cinco sentidos en los temas autóctonos bajo la luz de las escuelas mexicana.  Otra parte se había enrolado en eso que, de manera festinada, algunos estudiosos de los procesos locales llaman “clasicismo”.  [Una década] después comenzaba la guerra [civil].  Sus muñequitos parisinos se miraban como inútiles preciosidades, y sus sátiras políticas contra aquel porfiado general argentino resultaban terribles espejos para los mandos salvadoreños.  En cierto modo, ese final no podía ser más odioso.

 

Borges-186x300

Ciertamente, Toño Salazar seguía siendo un outsider en El Salvador.  Su trabajo no era apreciado por ninguno de los dos lados que protagonizaban la escena política y cultural salvadoreña en aquellos años antes de la guerra, es decir, en los setenta.  Por una parte, sus dibujos y su refinado gusto resultaban ajenos al ideario de los círculos artísticos de entonces (incluso los de vanguardia), los cuales, si no estaban conspirando en la clandestinidad para realizar la revolución, apuntaban hacia un arte comprometido, ideologizado o vernáculo.  Salazar recibió juicios severos porque se puso al servicio de los gobiernos militares como diplomático, aunque no fue el único: también lo hicieron Raúl Contreras y Hugo Lindo, por ejemplo.  Por otra parte, sus dibujos antifascistas venían a ser una especie de espejos de las actitudes de los militares salvadoreños, razón por la que incluso era visto con recelo por los dirigentes del capital.  En pocas palabras, Toño Salazar se encontró solo en su tierra.  Y enfermo.  Su bálsamo fue el jardín tropical de su casa en Santa Tecla donde solía pasar horas acompañado de Carmela, su adorada esposa, mejor amiga y confidente.  También lo fue el escritorio donde solía sentarse a dibujar y a burlar las líneas temblorosas.

La pregunta ineludible: ¿dónde se ubica su obra?  En general, la caricatura se suele relacionar más al periodismo que al arte.  Sin embargo, existe una amplia bibliografía que informa sobre la caricatura como expresión artística, a menudo hermanada con la sátira: trazos creativos que se proponen hacer comentarios visuales sobre la cultura, la historia y sus protagonistas.  Solo en la biblioteca del Museo Getty de Los Ángeles existen más de cuatrocientos libros sobre la historia de la caricatura y de la viñeta política así como de teoría crítica sobre la cultura visual.   Los temas de estos libros van desde el lugar de la caricatura en el siglo XVIII en Europa y Rusia hasta en América Latina en el siglo XX.  Algunos como Poulbot, Willette, Sem, Guillaume y Bagaría, influyeron en el arte de Toño Salazar.  Urge colocar el trabajo de este caricaturista salvadoreño dentro de la historia del género.

Coplas-Juan-Panadero-43-176x300

El Museo Picasso de Barcelona ha comenzado ese camino: entre el 18 de marzo y 20 de mayo pasados, exhibió siete ilustraciones de Coplas de Juan Panadero, realizadas por Salazar, dentro de la exposición Viñetas en el frente (en el Museo Picasso de Málaga estarán del 20 de junio al 2 de octubre).  Los ejes que vertebraron dicha exposición fueron los dos grabados de Picasso que componen su obra Sueño y Mentira de Franco, realizada en París en junio de 1937 –cuando España estaba embarcada en la Guerra Civil– con el fin de recaudar fondos para la causa republicana.  Picasso se inspiró en la pieza de Alfred Jarry, Ubu, Roi (1896), una de las obras claves en el posterior desarrollo de las vanguardias.  Con el personaje de Ubu, Jarry enfatizaba el humor despiadado como fórmula para acercar al espectador a la realidad que le rodea y ayudarle a seguir adelante en un mundo brutal.  Así, En Sueño y Mentira de Franco, Picasso reencarna a Ubu en el general.  Estos grabados se exhibieron junto a numerosas estampas, ilustraciones y viñetas que reflejaban el sentimiento antifascista.  Y Salazar estaba allí, al lado del ucraniano Maurice Amster (creador de la genial Baraja antifascista), George Grosz, André Masson, Mariano Rawicz y, por supuesto, de su admirado Bagaría.  ¿Qué mayor prueba del valor de sus dibujos?  Es definitivo: sus ilustraciones ya son consideradas arte.

Como vemos, una parte del trabajo de Toño Salazar ha logrado emanciparse del periodismo.  Y su primer mérito reside en la fusión que realizó, en sus inicios, del arte precolombino con el Cubismo, creando una forma artística única y original.  Él solía decir: “Yo creo que si una persona es larga y las demás la ven redonda, no importa que la hagamos cuadrada.”  De esta forma, trazó caricaturas que transmiten más una narrativa que un efecto cómico, tal y como se puede apreciar en su libro Caricatures 1930, prologado por Kees Van Dongen; ahí están Jean Cocteau, Henri Matisse, James Joyce, Francis de Miomadre, Cécil Sorel, André Gice, Igor Stravinski, Pablo Picasso, Collete y Moïse Kisling, entre otros.  En la biblioteca de El Colegio de México tuve la oportunidad de deleitarme con la edición original de Caricatures.  En ella encontré una dedicatoria de fina caligrafía escrita por Salazar: “Para Eduardo Villaseñor, con mi antiguo cariño –desde México– aunque nos hayamos conocido en París”.

Por otro lado, sus bocetos y dibujos alumbran diversos caminos, técnicas (tinta, acuarelas, lápiz), géneros (caricatura, ilustración, tira cómica), experimentos de líneas y colores, que pretenden retratar la “extravagancia espiritual” de la gente que aparece en los mismos.  Solo por medio de su estudio seremos capaces de determinar los recursos intelectuales, organizativos y físicos que definieron su trabajo.  Sin duda, este material desvelará el proceso creativo de Toño Salazar, el cual se refleja, por ejemplo, en sus más de mil estudios de Don Quijote, sus bocetos de Alfonso Reyes, la docena de dibujos que hizo de Picasso, Barba-Jacob y Vallejo, etc.  Más aún, puesto que Toño Salazar vivió en diferentes ciudades a lo largo de su vida también se podrá definir la forma en la que recibió y transmitió ideas e imágenes de varias tradiciones culturales.  En pocas palabras, por medio de los dibujos de Salazar, se vislumbrará un panorama alternativo en el arte salvadoreño.  El “lepidóptero, invertebrado Toño”, como solía llamarlo la extravagante y ultraísta Norah Lange.  Toño Salazar: comentarista cultural, artista, ser humano apasionado de lo humano.

 

portada-coplas-225x300

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *