Anhelo de hielo. Islandia: Sjón y su zorro ártico

April 26, 2013 // by tania

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Publicado en:  Revista Cultura, Nº 109.  San Salvador, Secretaría de Cultura, mayo 2013.

 

Los veranos en la costa del Maresme solo son soportables bajo una sombrilla de playa y el abrazo de la brisa marina, lo más cerca posible de un Mediterráneo anciano, navegado como ha sido durante siglos por mercaderes y aventureros.  Los dedos de un sol irónico sobre las dunas de arena provocan una distorsión dorada en el horizonte.

Mediados de agosto de 2011: ola de calor que sopla desde África.

A mi alrededor, nadie se imagina que soy de un país centroamericano porque esa región no tiene lugar en el mapa de sus realidades.  Soy nueva en el pueblo y no conozco a nadie, pero a estas alturas estoy acostumbrada a pasar largas horas sola.  Me gusta "hacer soledad".  Pero esa mañana, el aire seco y caliente me derrota.  Temo lo que el calor puede despertar.  Temo que destape un mal recuerdo.  No mataré a nadie, claro está, como lo hizo Meursault, a pesar de que sea yo también ajena a este y otros lugares, no así a la vida: mi patria reside en la memoria y esa solo se refresca con palabras que viajan, se desplazan, extranjeras también.  Intento pensar en otra cosa.  En el hielo.

Se me viene al recuerdo un poema medieval islandés, escrito por un escaldo, un poeta-guerrero vikingo.  Gracias a Borges supe que esos poemas están construidos a partir de una gama de símbolos particulares, los kenningar –figura retórica utilizada entre los siglos IX y XII– los cuales nacen de asociaciones que a la vez dan luz a un inventario metafórico:

 

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El aniquilador de la prole de los gigantes

quebró al fuerte bisonte de la pradera de la gaviota.

Así los dioses, mientras el guardián de la campana se lamentaba,

destrozaron el halcón de la ribera.

Al caballo que corre por arrecifes

de poco le valió Jesucristo.

 

 

 

El aniquilador es Thor, dios del trueno.  El guardián de las campanas es un ministro de la nueva fe cristiana.  El bisonte del prado de la gaviota, el halcón de la ribera y el caballo que corre por los arrecifes, son una misma cosa: la embarcación maltratada.  Así lo asegura el sabio argentino en su texto “Noticia de los Kenningar”, publicado en la revista Sur en 1932 (Nº 6).  Ya en ese poema islandés se encuentran algunos de los elementos más habituales de esa literatura: el sacerdote, la fuerza de lo sobrenatural que se complementa con la de la naturaleza (una tormenta) y “el menor de los mundos”, es decir, lo humano, su vulnerabilidad.  Imagino paisajes helados y remotos pero apasionados.  Decido recorrer tierras nórdicas en los libros.

 

***

 

El ambiente es aún más caluroso e insoportable en el centro de Barcelona pero me dirijo a la librería Laie en la calle Pau Claris.  Encuentro un libro del islandés Sjón, El zorro ártico (Skubba-Baldur) (2003), traducido por Enrique Bernárdez (Nórdica Libros, 2008), por el que ganó el Premio de Literatura del Consejo Nórdico en el 2005.  Pronto también descubro que Sjón (Reykiavik, 1962) significa “visión” y que es el seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson, uno de los escritores más aclamados de Islandia.  Ha escrito obras de teatro, numerosos libros de poemas, novelas, cuentos para niños y hasta la letra de canciones, siendo las más famosas aquellas que escribió para la película Bailar en la oscuridad, dirigida por Lars von Trier, e interpretadas por Björk, también islandesa.  Otras novelas suyas que han sido traducidas al castellano son Tus ojos me vieron (Siruela, 2005) y Maravillas del crepúsculo (Nórdica Libros, 2011).

El reconocimiento de Sjón llegó tras años de constante trabajo en el ámbito artístico islandés.  Con apenas dieciséis años publicó su primer poemario, Visiones (Synir, 1978), al que le siguieron siete colecciones más que luego fueron reimpresas en un volumen titulado El chico con ojos rayos X (Drengurinn með röntgenaugum, 1986).  En 1979, junto a otros artistas surrealistas y experimentales, el joven fundó Medusa, un grupo que tuvo vida hasta mediados de los años ochenta.  Entre sus actividades destacaron las performances, los eventos musicales, las artes visuales y la poesía.  En esos años, Sjón también dedicó parte de su tiempo a la confección de marionetas.  Los otros miembros del grupo –Einar Melax, Matthías Magnnúson, Jóhamar, Ólafur Jóhann Engilbertsson y Þór Eldon- también se dedicaron a diversas ramas del arte, entre ellas, la música: canto, creaciones musicales, sintetizadores y guitarra bajo. 

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Así, gracias a su participación en Medusa, Sjón estableció fuertes lazos con el mundo de la música de Reykiavik y hacia 1986 comenzó a colaborar con The Sugarcubes (Sykurmolarnir en islandés), conjunto hoy en día legendario y al que perteneció Björk antes de optar por hacer música en solitario.  Ese mismo año, algunos miembros de The Sugarcubes –Bragi Ólafsson, Einar Örn Benediktsson y Friðrik Erlingsson– junto a Sjón y otros artistas que habían sido parte de KUKL –un grupo musical anárquico-punk del que también fue parte Björk–, comenzaron a trabajar en la creación de Smekkleysa/Bad Taste, una empresa que se dispuso ser, al mismo tiempo, sello discográfico, distribuidora de cortos cinematográficos y editorial (sobre todo de libros de poesía).  Gracias a esta empresa vanguardista, otros conjuntos de la música islandesa obtuvieron visibilidad, sobre todo en el mundo anglosajón, como es el caso de Sigur Rós.

La primera novela de Sjón, Noche de acero (Stálnótt), se publicó en 1987.  A esta le siguió Ángel, sombrero de copa y fresas (Engill, pípuhattur og jarðaber, 1989)    y fue precisamente con la tercera, Tus ojos me vieron (Augu þín sáu mig, 1994), que Sjón logró notoriedad como novelista.  En 2001 apareció Con una lágrima estremecida (Með titrandi tár); esta, al igual que su anterior novela, recibió el premio cultural del periódico islandés DV.  Sin embargo, su consolidación como narrador se dio gracias a El zorro ártico (Skugga-Baldur), publicada dos años después.

En el epílogo a esta novela, el traductor, Enrique Bernárdez, comenta que no en vano el subtítulo de la misma es “Leyenda popular” ya que plasma elementos característicos de este género islandés, uno que va acompañado siempre del de los “cuentos”.  Esa simbiosis entre ambos géneros tiene la misión de explicar el origen de algo o alguien, pero con lo intención de entregarle a las historias “cierta apariencia de historia real”.

Entre las leyendas y los cuentos islandeses, hay un personaje típico: el sacerdote rural, quien a menudo es un hombre de gran fuerza física y un sobresaliente maestro en los debates teológicos.  Asimismo, en el folklore de la isla, el zorro es un personaje destacado: es el único depredador de la isla y, además, fue el único mamífero que moró en ese territorio antes de la colonización nórdica de finales del siglo IX.  Otro rasgo habitual es la combinación de lo real y lo maravilloso que –como indica Bernández– no se limita a los personajes y los temas sino que también llega hasta la lengua: expresiones sencillas y conversacionales coexisten con razonamientos rebuscados a nivel retórico; las palabras coloquiales comparten espacio con las cultas.  Tampoco hay una división entre el mundo humano y el mundo natural o sobrenatural.  De esta forma, los seres míticos suelen tener trato cotidiano con los humanos. De todo lo anterior está poblado este libro de Sjón.

 

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No obstante, la novela tiene otros rasgos que derivan de las búsquedas formales del autor.  Se ha escrito, por ejemplo, que su estilo evoca una composición musical de Shubert, un cuarteto de cuerdas.  Y es cierto: escucho Rosamunda y entro al paisaje lingüístico de El zorro ártico: limpio, elegante, poético, concentrado.  Lo anterior no extraña si tenemos en cuenta que Sjón ha participado en proyectos musicales junto a The Brodsky Quartet, una reconocida agrupación inglesa de música de cámara que está a la vanguardia dentro de ese género.  Él mismo lo dijo en una entrevista publicada en el periódico sueco Svenska Dagbladet: “Descubrí durante los inicios de la novela que quería emplear una forma musical. […]  He realizado muchos trabajos para The Brodsky Quartet y a menudo escucho las grabaciones de sus cuartetos de cuerda.”

 

Skugga-Baldur

El zorro ártico es una novela corta –ciento y pico de páginas– con capítulos breves que varían de extensión; algunos incluso están compuestos por una sola oración que provoca intensa expectativa en el lector: “La noche era fría y no terminaba” (22).  Se trata, por lo tanto, de una narración lacónica, concisa, que encuentra su equilibrio entre las fronteras de la poesía y la prosa, la fina tensión que germina en un terreno preciso y lírico: “El sol calienta el blanco cuerpo del hombre; y la nieve, que se funde con un crujido indeciso.  Es el ave del día” (26).

La novela está dividida en cuatro partes: primero tres historias entrelazadas y, por último, una carta reveladora de un secreto.  La primera parte (9-11 de enero de 1883) versa sobre la persecución para cazar un zorro pardo que emprende el séra (sacerdote luterano) del pueblo de Dalur, Baldur Skuggason.  Una mañana, en la que el “cielo estaba claro y el alba tan negra como solo sabe serlo en invierno”, Baldur, hombre de mirada aguda y tronco ancho y corpulento, divisa al zorro entre las rocas del páramo: “Los zorros pardos se asemejan a las piedras de una manera tan asombrosa que se diría obra de brujería” (11).  Desde ese momento conocemos cómo cada uno, animal y hombre, vive la cacería a lo largo de valles y mesetas cubiertas de nieve; bajo ventiscas y nevascas, azotados por el intenso frío.  Y durante cinco largos días de invierno. Aullidos, cansancio, delirio:

 

[…]  De repente algo se movió muy cerca de [séra Baldur]: una figura de raposa se desligó de la oscuridad, justo ante sus ojos.  Bailaba sobre las patas traseras y se retorcía como una anguila en la corriente, como si se hubiera separado completamente del suelo.

El cuarto, invisible en algún lugar cubierto por la oscuridad, soltó desde lejos un grito:

                                    ¡Agga-gagg! 

El hombre intentó recuperar la cordura.  […]  El negro, el retraído, el bailarín y el chillón: todos eran aquel único zorro.  No podía ser de otro modo:

-Todos son el mismo zorro, todos son el mismo zorro.  Todos el mismo zorro, todos el mismo zorro… (38-39).

 

La segunda parte toma lugar un par de días antes de que el séra emprenda la cacería: 8-11 de enero de 1883.  Así conocemos la historia del herborista danés Fridrik B. Fridjónsson, dueño de una casa rural en Brekka, quien desde hace años acoge a su protegida, Abba, mujer con síndrome de Down.  Aparecen otros personajes, como Hálfdán Atlason, “el tonto de séra Baldur”, enamorado de Abba.  Gracias a estos nuevos personajes, conocemos quién es en realidad Baldur Skuggason: un hombre mezquino, de sentimientos secos, que golpea a los feligreses “revoltosos” y desdeña a Abba al punto de no dejarla entrar en la iglesia: “la palabra de Dios había de llegar a los oídos de la congregación ‘impoluta de las necedades de una subnormal’, como lo expresó séra Baldur tras la primera y única misa a la que asistió Abba en su iglesia” (80).  Es por medio del trato que cada uno le da a Abba que el autor muestra el profundo contraste entre la fibra moral del sacerdote y del herborista.

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La siguiente parte (11-17 de enero de 1883) comienza en el momento en que el séra aprieta el gatillo contra el zorro.    Cuando Baldur cree que ha triunfado y camina “como un Napoleón del páramo”, aparece “la respuesta de la montaña al disparo” (93).  Se pone en marcha la nieve, monte abajo, y una avalancha arrasa al cura hasta que es arrojado a una grieta debajo de un glaciar.  Empieza entonces el momento más maravilloso de la novela: sueños perturbadores, cantos y poemas para sobrellevar lo incierto de su destino; voces que le hablan desde dentro de la grieta; la resurrección del zorro; la polémica verbal, absurda y humorística, que se establece entre ambos; y, por último, la transformación del pastor: “tanto menos tenía de hombre, y tanto más de bestia” (119).

La última parte de la novela brinda luz –por medio de una carta escrita por Fridrik B. Fridjónsson– sobre los orígenes de Abba y la razón del ensañamiento contra ella por parte de Baldur.  Asimismo, se explica de dónde deriva la obsesión del sacerdote por cazar zorros.

Uno de los animales fantásticos del folklore islandés es precisamente el skuggabaldur: criatura híbrida, hijo de gato y zorra, que causa estragos al ganado.  Su nombre surge de la combinación de Baldur, el dios pagano de la luz, y skugga, que significa “sombras”.  Precisamente el nombre del cura de esta historia es Baldur –nombre común en Islandia– y por deducción sabemos que su padre se llama Skugga: puesto que en ese país no hay apellidos, el personaje de esta historia se apellida Skuggason, es decir, es hijo de Skugga, hijo de las sombras.  A partir de este juego de palabras, combinado con la naturaleza de aquella criatura folklórica imposible –un híbrido de gato y zorra–, ya se desvela la esencia oscura del alma del cura.  Sin embargo, al emprender la cacería del zorro, una que llega hasta la locura, el autor muestra la verdadera naturaleza de esa búsqueda: Baldur sale de las sombras, del mal que lo puebla, cuando se abandona y renace en un día de primavera “antes de los días del hombre” (120).

 

***

 

Cierro el libro.  Miro el Mediterráneo.  Ahora me parece débil, lánguido.  Su majestuosidad es delgada como la hoja de un periódico viejo.  Una indiscreta botella de plástico flota sobre sus corrientes.  Es el fin de agosto y septiembre se anuncia nostálgico.  Y yo ansío convertirme en zorro pardo y enroscar mi cola, convertirme en una bola de pelaje en las piedras.  Ambiciono un hogar esculpido en el hielo de una fruta ardiente y amarilla aunque también esférica y lunar.  Pero la imaginación y los anhelos no son suficientes.  Siento el aura del otoño que se acerca; el roce de las sombras ocres avanza sobre el escándalo de la luz.  Sin embargo, la melancolía no se queja.  Mis días se balancean contentos en los trapecios finlandeses de Värttinä y su álbum Iki.  Y no seré nunca zorro pardo pero se me antoja que sí puedo ser piel de invernadero sobre el jardín de mis recuerdos.  Esos cristales nórdicos que anhelo, los llevo dentro disfrazados de color.

 

Post Scriptum:  Sjón colabora con Björk desde 1981.  De hecho ha escrito la letra de algunas de sus canciones más celebradas: “Isobel”, “Jóga”, “Bachellorete”, “Oceania”.  

 

 

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