La analogía del romero

March 23, 2013 // by tania

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Publicado en: Diario CoLatino, Suplemeto cultural 3000, Nº 1192 (23 de marzo 2013), p. 3.

 

En 1980, éramos una familia numerosa: papá, mamá, tres hijas y un hijo; el mayor, de trece años, la más pequeña de tres (y aún faltaba uno por llegar). En mi casa no había areneros, ni “pescados”, ni marxistas. La política era asunto de mundanos e inicuos: en mi casa se hablaba de las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, por las noches, mientras los niños dormían, mis padres escuchaban la radio de los Estados Unidos, Cuba, Nicaragua, Chile, radios clandestinas, todo gracias a un aparato que captaba frecuencias a larga distancia, incluso las frecuencias de Europa o de la extinta Unión Soviética. Lo descubrí una noche que me quedé escondida debajo de la cama conyugal.

Fue así como se me desveló una faceta nueva de mis padres, una que mantenían en voz baja: ellos realmente querían saber lo que estaba pasando pero no querían asustarnos: ese instinto de protección que a veces embriaga a los padres. Esa noche, escuché a mi padre decir: “Se nos viene algo serio encima, se viene una guerra”. Mientras esperaba a que se durmieran para salir de mi escondite y marcharme a mi cama, un miedo desbordante se apoderó de mí. Yo tenía once años y el recuerdo de las voces en la radio me parecían sombras en forma de grito ahogado.

Algunos días después, asesinaron a Monseñor Romero y luego sucedió la infame masacre durante su funeral. La ansiedad reinaba en el aire, todo el mundo hablaba de ello, la alfombra de la indiferencia se sacudía y el polvo que soltaba eran agujas que llegaban hasta mí, una niña tímida que sentía algo terrible que aún no sabía nombrar ni reconocer: dolor de país. Recuerdo el tumulto de voces de todas las personas que iban apareciendo en mi casa para comentar el hecho. Por supuesto, se me quedó grabada en la mente, como a todos, la fotografía de la portada del periódico del día siguiente: la montaña de zapatos de las personas que murieron; sobre todo recuerdo los zapatos pequeños: “eran niños como yo”, pensé. Pero lo que más recuerdo es la voz de mi madre diciendo: “Qué injusticia.”

Mi madre estaba cambiando, tenía necesidad de algo. Al poco tiempo, se matriculó en la UCA. Muchas veces, después de la escuela, nos íbamos con ella al campus universitario; ella se dirigía a sus clases y nosotros hacíamos los deberes sobre las mesas de cemento, al aire libre. Una tarde, sus compañeros de la universidad me hablaron con profundidad de Monseñor Romero, de su mente brillante, de su humanismo. Ese fue mi primer encuentro con el verdadero Monseñor Romero, con el filósofo, el humanista. Esto me ayudó a fabricar una barrera para no dejarme empañar por los comentarios que muchas veces escuché en otros círculos sociales, ajenos a su voz, que era la voz de los sin voz. Y es que dentro de esos círculos sociales, los sin voz seguían estando sin voz.

En el otro lado del océano, en Cataluña, descubrí que cada 24 de marzo, un grupo de seguidores de Monseñor Romero se reúne para rendirle tributo: escuchan sus homilías, cantan y se prenden en el pecho una ramita de romero. La analogía no puede ser más certera: el aroma fresco y libre del romero, que crece salvaje incluso entre rocas, valiente y arraigado a pesar de la fuerza de la tramontana o el levante, que se encuentra doquier, accesible a pastores y campesinos, pero tan fino y robusto que nadie puede negarle su lugar. Así es el ideario de Monseñor Romero.

 

 

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