“Diario de España” en las cartas de Rosario Castellanos (1950-1951), Congreso Internacional: Las palabras y los días. Un enfoque comparatista del diario, Universidad de Córdoba (Andalucía), febrero 2006.

March 16, 2013 // by tania

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La pregunta que, sin duda, surge al leer el título de esta ponencia sobre las Cartas a Ricardo de Rosario Castellanos (1994)1, es: ¿por qué se señala la existencia de un diario en lo que evidentemente es un epistolario? Lo anterior hace que sea necesario plantearnos otra pregunta: ¿cabe la posibilidad de que en ocasiones el remitente sea en realidad el último destinatario? Mi propósito será probar que en el epistolario de esta poeta, ensayista y narradora mexicana, el destinatario final es, ante todo, ella misma: en su caso, la carta se convierte en el instrumento para verse, penetrarse, paso necesario en el proceso de auto-figuración de un sujeto. En pocas palabras, Castellanos intenta realizar una construcción consciente de su subjetividad, a ratos arañando su autoestima, en otras, desperezando señas de identidad. Lo anterior adquiere mayor sentido si tenemos en cuenta que Ricardo Guerra contestó a sus largas y detalladas cartas en contadas ocasiones y que estas respuestas casi siempre se limitaron a unas escuetas líneas. De esta forma, Guerra se convierte en una especie de interlocutor imaginario en momentos introspectivos. Considerando lo anterior, no resulta aventurado señalar que Castellanos en realidad escribe esas cartas como un ejercicio retórico de autorreconocimiento. Así, nos es posible capturar cómo ella quisiera ser, cómo se ve, cómo en apariencia se construye para Guerra cuando en realidad se construye para sí misma.

Castellanos y Guerra se casaron ocho años después de haberse conocido, en enero de 1958, y se divorciaron en 1967.2 Durante este periodo, la poeta realizó dos viajes que la alejaron del único amor de su vida. El primero, a España, de 1950 a 1951, cuando se le otorgó una beca del Instituto de Cultura Hispánica para estudiar cursos de postgrado sobre estética y filosofía (en este momento el “noviazgo” apenas empezaba). Y el segundo, a Madison, Wisconsin (Estados Unidos), de 1966 a 1967, donde ejerció el cargo de profesora visitante (en ese momento la pareja pasaba por sus últimas crisis matrimoniales). Es durante estas dos separaciones que ella le escribe incesante e incasablemente a Guerra. Son setenta y siete cartas que se dividen en dos bloques marcados por ambos viajes.3 En esta ponencia me limitaré a repasar las cartas escritas durante su estancia en Madrid, las cuales muestran el inicio de esa espiral afectiva que la marcará durante casi dos décadas.

En sus cartas desde Madrid sobresale una Castellanos aún ilusionada, obsesionada por amar y ser amada. Desde los orígenes de esta relación conflictiva predomina la exagerada entrega incondicional y la imagen que Castellanos fabrica de Guerra, una imagen que la poeta se afana en considerar admirable, pulcra y hermosa. A partir de este momento, Castellanos construirá, cuestionará y perfilará su identidad y autoestima; más adelante, no importarán los libros que publique, los trabajos y cargos que ejerza en la UNAM o su prestigio intelectual: todo se derrumbará en ella cuando descubra una nueva infidelidad de Guerra. Esta relación, por lo tanto, refleja una profunda grieta en la arquitectura emocional de Castellanos. Asimismo, el autoanálisis presente en las cartas se apoya en la vuelta a la infancia, algo que le permite a la escritora explicarse sus actitudes y emociones, comprenderse o recriminarse de la forma más despiadada. En general, durante este primer intento de búsqueda de identidad, aparece el complejo de culpa, y, como consecuencia de esto, la construcción de una identidad especular. “Como usted ve, tengo un complejo de culpa, de lo más medieval” (128), le confiesa a Guerra. En una carta escrita desde Chiapas, antes de marcharse a Madrid, ya le había explicado a su interlocutor el origen de esta culpa:

 

Usted sabe que tuve un hermano y que se murió y que mis padres, aunque nunca me lo dijeron directa y explícitamente, de muchas maneras me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuara viva y coleando. Siempre me sentí un poco culpable de existir; durante todos estos años hubiera querido pedir perdón a todos por estar viviendo y me sentía yo culpable en cierto modo de que las cosas hubieran sucedido de ese modo y no del otro que ellos deseaban. Además constantemente me echaban en cara que si yo no hubiera vivido ellos hubieran podido tranquilamente suicidarse pero que yo los ataba a una vida que no deseaban y que soportaban sólo por su sentido del deber. (…) Allí tiene usted la raíz de todo; una raíz amarga y difícilmente extirpable. Cuando alcancé a darme cuenta de la injusticia de esta posición y de ese trato me rebelé violentamente contra ella; lo dije todo, reclamé, protesté, sin respeto y sin piedad. Ellos lo reconocieron y quisieron cambiar dándome un afecto que yo rechacé por parecerme tardío. (Castellanos, 1994, 36-37).

 

Las consecuencias: “he temido siempre el cariño, el amor, la pasión, todo lo que ata a uno con las otras gentes” y el origen de “mis complejos todos activos e inhibidores; porque soy totalmente desequilibrada; porque me he acostumbrado demasiado a vivir sola y a no compartir con nadie… porque no estoy muy segura de mi capacidad para hacer felices a los demás si tienen que convivir conmigo” (35). Y le preguntará a Guerra: “¿No te importa saber… que soy una persona terriblemente hambrienta de ternura? (…) No sé cómo pedir el cariño, no sé cómo inclinar a la gente a que me lo dé. Sólo se que lo necesito y que esa necesidad me empuja a hacer tonterías…” (25). Su necesidad de cariño, asegura, también la llevan a adoptar actitudes que ella considera duras y dominantes, actitudes que condena pero que esta dispuesta a superar; así, elige como guía a Guerra, a quien le adjudica un papel moralizante:

 

Yo soy de lo peor de egoísta y de posesiva. Y puedo disimular durante algún tiempo que lo que quiero con la gente es que me quiera mucho, por encima de todas las cosas… Y como eso ni remotamente es posible voy acumulando cosas y cosas hasta que un día estallo. Y si la gente había sido tan ingenua de dejarse llevar por mi tranquilidad aparente les doy el susto de la vida. Pero con usted no temo engañarlo. Sé bien que me conoce bastante y que sabe hasta qué punto soy dura y fea… Le prometo ir hacia usted tratando de vencer en lo que pueda mi horrible afán egoísta de posesión y de dominio y le autorizo y hasta le suplico que, cuando inconscientemente caiga en ese pecado que es mi favorito, usted me llame la atención (como sabe hacerlo, de tal manera que no la humilla a uno sino que la avergüenza nomás de no ser buena), para volverme al buen camino. (111, 113)

 

Por lo tanto, la culpa, que se traduce en una sed de ternura, hace que se afane en intentar ser humilde por y para él: “Y todas las veces en estos últimos tiempos que he tenido oportunidad de vencer mi soberbia, de procurar ser humilde… lo hago pensando siempre en usted, considerando cómo le complacería ver que por lo menos lucho contra una tendencia, no porque ella sea mala en sí ni porque me perjudique, sino solamente porque a usted no le agrada” (69). Así, a ratos nos entrega una versión de sí misma sumisa e inferior, una concesión abnegada y desconcertante: “Usted conoce mis defectos: soy soberbia, perezosa, inútil, hago chismes inoportunos…, son rencorosa y susceptible, uso ligas, soy disparejamente gorda… En lo que esté a mi alcance corregirme le prometo intentarlo sistemáticamente y amarlo de la mejor manera posible. No de la manera que yo crea más conveniente sino de la manera que usted prefiera” (121). Y más adelante se aventura a decirle: “Lo amo, niño Guerra,… y quiero parecerme a usted” (121). El meollo del asunto tiene que ver con el hecho de que Castellanos se está construyendo a sí misma a partir de su amor por Ricardo y de lo que imagina que él es. Se trata, pues, de una identidad especular: ella se evalúa según cómo él la ve, y por eso va construyendo una imagen de sí misma que sea agradable a la mirada del filósofo mexicano.

Tradicionalmente, muchas mujeres han llegado a concebir el intercambio amoroso como un proceso que las empuja hacia el otro con la finalidad de volver hacia sí mismas, es decir, de verse reflejadas en el deseo del otro. Al referirse a la difícil y precaria tarea a la que el infante se enfrenta a la hora de construir un sentido de sí mismo, Jacques Lacan sugiere que este proceso se inicia en lo que llama la “fase del espejo”: el verdadero conocimiento, visual e intelectual, de sí mismo se originaría a partir del reflejo del infante en un espejo o de su reflejo en los ojos de la madre. Por lo tanto, el infante se conoce, se mira, adquiere conciencia de sí mismo como ser separado, por primera vez, por medio de una imagen especular; y lo que se adquiere con la identificación especular es una percepción imaginaria del yo, la cual abre e inicia el camino hacia una posterior y eventual identidad social. Sin embargo, ha tomado lugar una ruptura radical entre la identidad imaginaria ideal y el yo real, ese que ha percibido a aquel ideal proyectado en el espejo. Por lo tanto, para Lacan la identidad subjetiva, desde sus primeros indicios, se construye a partir de un espejismo que él llama el Ego-Ideal. Ese yo imaginario, investido de deseo narcisista, desde entonces atormenta al inconsciente, que sueña con la unidad completa consigo mismo. A lo largo de nuestras vidas, supuestamente perseguimos a ese fantasma, al yo auténtico; lo buscamos pero nunca lo encontramos pues estamos atrapados en ese entramado de ideales culturales proyectados e impuestos a cada género. En ese contexto, el proceso de construcción del yo como identidad social, coincide con su entrada al sistema del lenguaje y, por ende, al orden social, ya que, como lo sugiere la lingüística saussureana, es el lenguaje el que impone un orden en aquello que de otra forma no sería más que experiencias no diferenciadas (carentes de oposiciones binarias y, por lo tanto, no conceptuadas o juzgadas). En síntesis, la identidad es, para Lacan, una serie de desplazamientos de ese deseo por reunirse con el narcisista e imaginario Ego-Ideal (Morris, 1993, 103-104).

Teniendo en cuenta lo anterior, resulta importante enfatizar cómo muchas mujeres, en la escritura, han buscado la reunión con el Ego-Ideal a través de la mirada “masculina”, algo que nos da una pista de su situación: no sólo persigue desesperadamente a ese fantasma del yo auténtico que resulta escurridizo entre los ideales culturales impuestos –condición común de tormento en hombres y mujeres–, sino que también ha sido obligada a supeditar su deseo a ese entramado cultural, donde sólo se sentirá deseable desde su reflejo en la mirada del otro, una mirada en muchos sentidos regida por parámetros impuestos por la tradición. En otras palabras, las mujeres, tradicionalmente, se han hecho amar por aquello que no tienen (es decir, por lo que la tradición patriarcal les ha adjudicado como deseable), de esta forma, no han podido, o les ha resultado difícil, explorar libremente su deseo y su identidad.

Precisamente porque Castellanos desea ser a partir de la mirada de Guerra es que, en este momento, en algunas ocasiones, se advierte la voz de una joven que se enmascara. Así, sobresale un sentimiento exagerado de la propia personalidad junto a una voluntaria y consciente construcción del yo: hiperboliza, magnifica, y lo sabe. Y puesto que se observa con distancia analítica, en las cartas se respira lucidez, razonamiento y auto-ironía. Incluso cuando está furiosa con Ricardo no expresa su rabia y su enojo con arrebato, sino que disfraza su dolor con la razón, al mismo tiempo que intenta desnudar el corazón: “No le reprocho este silencio. Usted tiene perfecto derecho de guardarlo si así lo prefiere. No voy, pues, a hablarle de noches de insomnio, de días angustiosos, de atroz incertidumbre, no porque no sean ciertos, sino porque no es ése mi estilo. En fin, no voy a tomar ninguna actitud patética, dramática, esdrújula” (151). Por lo tanto, a sus cartas las atraviesa esa intencionalidad que ya hemos mencionado: quiere ser aquella que en la distancia podría ser imaginada (y deseada), por lo que construye una imagen de Rosario Castellanos para Ricardo Guerra. De esta forma, se excusa cuando cree que ha escrito una carta insatisfactoria: “La última carta que le escribí era horrible. Generalmente las escribo mejor” (99); se apresura a mostrarse como la mujer fiel, incondicional, la que ama en exclusiva; hace comentarios inteligentes. En pocas palabras, aunque en ocasiones se muestra trágica, también pareciera querer seducir por medio de la escritura, demostrar su singularidad. (No obstante, Castellanos siempre tiene cuidado de no sobrepasar a Guerra y se minimiza ante él.) Más adelante, en las primeras cartas escritas después de su regreso a Chiapas, poco antes de terminar esta etapa de su relación, ella misma advierte su enmascaramiento:

 

¿Por qué son tan problemáticas (las relaciones) y yo siento su raíz tan frágil y tan susceptible de romperse? Porque estoy, en todas, desempeñando un papel… ¿Por qué lo hago? Por mi afán de agradar, porque creo que nadie va a aceptarme tal cómo soy… Y ahora es preciso, Ricardo, que me despoje ante ti de otra máscara. Yo no sé cómo me ves tú… Yo sé que me veo, colocándome en tu lugar y al través de tus ojos, como una mujer tan femenina, tan tierna, tan dulce, tan leal, tan fiel, tan discreta y tan enamorada. ¿De qué novela rosa he sacado este engendro? Lo ignoro. Lo único que puedo asegurarte… es que yo no soy así. Yo soy de muy otro modo y te lo digo no con un orgullo y retador levantamiento de hombros que equivalga a un “y qué”. Sino con humildad, pero con mis muy fundadas sospechas de que no puedo cambiar… Soy un ser asexuado que cree, nada más, y con cierta ferocidad y encarnizamiento, en su vocación. Y que esa vocación no es maternal ni amorosa sino desconsoladamente literaria. (p. 176, 177)

 

En síntesis, Ricardo se convierte en el espejo ante el cual ella se desnuda y se atreve a mirar su subjetividad contradictoria. No es la mentira de Guerra lo que realmente importa, sino la construcción que hace de sí misma; se nos aparece, pues, una joven que todavía no sabe qué zapatos ponerse para emprender el camino hacia la auto-realización, la plenitud y la libertad. Así, la soledad y su afán autocrítico hacen que insista en ese interlocutor imaginario: necesita imaginar la presencia del otro para reconocer su propia existencia. En un párrafo le cuenta a Guerra lo siguiente:

 

¿No le ha pasado nunca eso de sentirse inexistente? Pues en mí esa inexistencia es una mala costumbre adquirida en mi infancia. Sucede que era yo flaca y horrible. Pero tan flaca que ya casi no tenía yo cuerpo y entonces me sentía yo vagando por el aire como un puro fantasma. Luego en las noches me dedicaba yo a soñar que estaba muerta y al día siguiente no podía acertar a sentirme viva. Después engordé, después dejé de soñar esas muertes. Pero la sensación de ser un fantasma, de estar a punto de desvanecerme en el aire, persiste. Y como la existencia se la dan los demás al pensar en uno, mi existencia la recibo de usted. No me diga que me olvida porque, auténticamente, me mata. (33)

 

Por lo tanto, para reconocerse a sí misma, Castellanos necesitó la posibilidad de la existencia del otro. Pero ese otro la decepcionó una y otra vez.4 Gracias a sus cartas podemos seguir el proceso de cómo se abrieron esas heridas, cómo sangraron y cómo, poco a poco, se empezaron a cerrar aunque no sin una abultada cicatriz. Años después, cuando Castellanos al fin parecía haber alcanzado un equilibrio emocional, cuando había aprendido a manejar sus depresiones y se hallaba relativamente serena, murió en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974 –donde se desempeñaba como Embajadora de México– electrocutada por una lámpara doméstica. Para entonces, hacía siete años que le había dejado de escribir a Ricardo Guerra.

 

 

Bibliografía

 

CASTELLANOS, R. (1994). Cartas a Ricardo, México, Conaculta.

MORRIS, P. (1993). “The Construction of Gender: Sigmund Freud and Jacques Lacan”. Literature and Feminism: An Introduction. Oxford, Blackwell.

 

Notas

 

  1. Cuando Rosario Castellanos recuperó todas las cartas que le envió a su ex-marido, las depositó en las manos de su gran amigo, Raúl Ortiz y Ortiz, expresándole su deseo de que fueran publicadas después de su muerte. Las cartas se publicaron en México en 1994.
  2. Rosario Castellanos y Ricardo Guerra iniciaron una relación a finales de 1949, cuando ambos estudiaban en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Para entonces Castellanos había publicado tres poemarios y terminado su maestría en Filosofía; ya se vislumbraba la escritora e intelectual reconocida que llegará ser: catedrática de la UNAM, periodista y columnista, directora de prensa de la universidad, profesora visitante en Estados Unidos, poeta, ensayista, narradora, dramaturga. Ricardo Guerra, quien aún vive, en ese momento escribía su tesis de maestría en filosofía y también era una persona con un futuro prometedor: llegará a doctorarse en la Universidad de Paris en 1956 y posteriormente será alumno del filósofo alemán Martin Heidegger en la Universidad de Friburgo. Más tarde, también se convertirá en catedrático de la UNAM, escribirá varios libros sobre filosofía, traducirá a Hegel y fundará, junto a otros intelectuales, el Grupo Hyperión.
  3. En el primer viaje, Castellanos tiene 25 años, y en el segundo, 41 y 42 años. Así, se observa entre ambas etapas una modificación, tanto en el tono de la escritura, como de perspectiva. La mujer madura que escribe desde Wisconsin lleva a sus espaldas un matrimonio marcado por la infidelidad de Guerra y los celos enfermizos de Castellanos, la muerte de una hija, abortos, intentos de suicidio, estancias en el psiquiátrico, la adicción al Valium 10, el nacimiento de su hijo Gabriel, niño precoz. Por lo tanto, este segundo bloque de cartas se convierte en la crónica de un doloroso aprendizaje sentimental: en ellas vemos como Castellanos aprende a lidiar con sus depresiones y analiza el ciclo de sus estados psicológicos y emocionales.
  4. Por ejemplo, al regresar a México después de su estancia en Madrid, Castellanos se entera que Ricardo Guerra mantiene una relación con la pintora Lilia Carrillo y que esperan un hijo.

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