Eunice Odio. Vibración de luz en el abismo

March 16, 2013 // by tania

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Publicado en: RANLE (Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española), Vol. I, 1-2 (Otoño 2012).

 

Muchos han olvidado o no saben que la costarricense Eunice Odio (San José, 1919- México. D.F.,1974) escribió, en menos de diez años, tres libros importantes dentro de la poesía vanguardista latinoamericana: Los elementos terrestres (1948), Zona en territorio del alba (1953) y El tránsito de fuego (1957).

Eunice Odio. Seguro era su seudónimo, pensarán algunos. Pero no. Ese era su nombre: uno de nereida seguido por un apellido que, aunque parezca novelesco, en Costa Rica es sinónimo de familia honorable y trabajadora e incluso llegó, a lo largo del siglo xx, a las esferas más altas de la política, el comercio y la industria.

Su abuelo paterno, Ismael Odio Boix, fue un cubano que huyó a Costa Rica en 1868 debido a sus actividades revolucionarias, cuando la isla aún se encontraba bajo el gobierno colonial. Así, fundó junto a sus hermanos y primos la rama de los Odio costarricenses, familia que pronto llamó la atención y se posicionó socialmente. Pero Eunice pertenecía a una línea troncal de la familia con escasos recursos económicos. Su madre, Graciela Infante Álvarez, de gran belleza física, era de orígenes humildes y tan solo tenía diecisiete años cuando quedó embarazada. Aniceto Odio, el padre, no se casó con ella. Por lo tanto, en el acta de nacimiento la poeta aparece como “hija natural” y solo con los apellidos maternos.

Con apenas cinco años, Eunice se fugaba de casa cada vez que le apetecía, ausentándose todo el día sin importarle los azotes y regaños que recibía de su madre al regresar: para entonces ya le había agarrado el gusto a eso de “andar sola”, de experimentar la soledad y la libertad al aire libre.

La madre murió cuando Eunice tenía casi quince años. Fue hasta entonces que su padre la reconoció como hija legítima, heredándole así el apellido Odio. Sin embargo, mientras su padre vivía solo y soltero, la joven fue acogida por temporadas en casas de tíos paternos y de una prima mayor. Al terminar la escuela tuvo que ponerse a trabajar y a los dieciocho años fue contratada por la Oficina de Correos. La muerte de la madre y la inestabilidad que le siguió representaron para la joven un quiebre afectivo: la asaltó un desarraigo espiritual, “sin donde asentar el pie que no se hunde hasta el fondo sin fondo ¿de qué? De uno mismo”. Años después se lo hizo saber al escritor venezolano, Juan Liscano, en una carta incluida en su Antología: Rescate de un gran poeta (1975), dedicada a la escritora costarricense después de su muerte.

No obstante, Eunice admiró siempre a su padre. Y es que desde el principio Aniceto Odio se mostró abierto a la singularidad y la creatividad de la futura poeta. Durante sus primeros años adultos, cuando ya la desbordaba un espíritu hambriento de poesía e independencia, su padre la acompañó muchas veces en sus expediciones por los bares, las calles y las plazas de aquel San José provinciano. Así, en sus cartas a Liscano destaca la imagen del padre protector y poderoso.

Hacia mediados de 1943, con veinticuatro años, Eunice ya se había divorciado de su primer marido, Enrique Coto Conde, un hombre que le doblaba la edad y con quien solo llegó a convivir poco más de dos años. La poeta aseguró después que había sido casada a la fuerza y que decidió separarse cuando adquirió conciencia de que vivía con un “desconocido”, con alguien ajeno a sus intereses. Sin querer conformarse con una vida de mujer casada, que incluía la seguridad material y social, tomó otro rumbo y se embarcó con pasión en la búsqueda poética.

En 1945, la célebre revista fundada por Joaquín García Monge, Repertorio Americano, publicó sus primeros poemas. En esos años Eunice también se relacionó con los principales artistas costarricenses que cultivaron con fervor las estéticas vanguardistas, como Max Jiménez y Francisco Amighetti. También estableció amistad con mujeres paradigmáticas de la cultura costarricense: Yolanda Oreamuno, Margarita Bertheau Odio y Emilia Prieto.

A partir de 1946 comenzó su recorrido por diversos países: se instaló por temporadas en Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala y Cuba, ejerciendo el periodismo cultural, participando en recitales e impartiendo conferencias. También frecuentó tertulias junto a los más reconocidos poetas y escritores de la región: José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos, Claudia Lars, Salarrué, Clementina Suárez… Había comenzado “el mito Eunice Odio”, coronado por un poema que el nicaragüense Carlos Martínez Rivas le había dedicado en 1945.

Entre los intelectuales y escritores de su época, la poeta tuvo fama de femme fatale: excéntrica, bella, polémica, condimentada por una risa sonora. Sin embargo, aunque su belleza física fuera venerada, su forma de ser libre y extravagante no cuadraba dentro de las costumbres y las convenciones de la época, por lo que no faltaron los juicios constantes. Además, muchos consideraron que la poeta poseía una personalidad demasiado iracunda para ser una mujer. El cuentista guatemalteco Augusto Monterroso ha dejado uno de los testimonios más sobresalientes en ese sentido: “Cuando uno se acercaba imprudentemente a estas formas de su ‘ser ella’, no sabía si iba a recibir una caricia o un zarpazo. Por lo general era lo último…”. (La Nación, México, 7 de junio de 1974)

No obstante, más allá de la leyenda, Eunice fue una mujer brillante, tierna y divertida. Así la recuerdan la poeta salvadoreña Dora Guerra y el poeta mexicano Dionicio Morales. Dora Guerra, por ejemplo, me dijo por escrito que “La vida de Eunice aquí [en El Salvador], donde estaba tan linda y brillante, fue intensa. Yo no me cansaba de oírla hablar de su trabajo de manera tan seria y disciplinada, también me aconsejaba sobre mi rol de poeta”.

En 1947, se le concedió el Premio Centroamericano “15 de septiembre” por Los elementos terrestres y el jurado que calificó su obra estuvo compuesto por Alberto Velázquez, Flavio Herrera y el futuro Premio Nobel de Literatura de 1967, Miguel Ángel Asturias. En ese poemario se suceden movimientos sublimes y fecundos a partir de la experiencia amorosa; de esta forma, se vincula al proceso creativo: “Porque el fruto no es puerto / sin rumbo entre las aguas, / sino estación secreta de la carne; / íntima paz de cotidiana guerra / donde reposa el vientre silvestre y revestido / de accidentes geológicos y espesos”. (“Creación”)

Para finales de octubre de 1949, Eunice ya se había nacionalizado guatemalteca. El ambiente cultural de ese país calzó a la perfección con las ambiciones vanguadistas de la joven poeta: se respiraba libertad creadora por todas partes debido en gran medida al nuevo rumbo que había tomado la política. En 1945 había llegado a la presidencia el profesor Juan José Arévalo quien impulsaba la democratización del país. De esta forma, la ciudad de Guatemala se convirtió en lugar de parada o destino de artistas, intelectuales y exiliados. Precisamente, en esa ciudad Eunice estableció una estrecha amistad con el pintor surrealista Eugenio Fernández Granell, republicano español exiliado.

Entre finales de 1952 y principios de 1953, la poeta visitó Cuba, la tierra de su abuelo. Allí conoció al poeta chileno, Alberto Baeza Flores, quien le ayudó a publicar Zona en territorio del alba (Poesía 1946-1948) en “Brigadas Líricas”, una colección de poemarios editados en Mendoza, Argentina. El segundo libro de Eunice, en contraste con el anterior, vino a ser un follaje de recuerdos, evocaciones que aluden a la infancia de la poeta: “…y yo corría, / corría,/ con mis piernas de niña/ para ser hallada con la voz /en la tarde”. (“Recuerdo de mi infancia privada”)

Durante su viaje a Cuba la acompañaron las obras completas de Shakespeare y las de Quevedo. Asimismo, libros de San Juan de la Cruz, Góngora, César Vallejo y Pedro Salinas. En 1954, entre Guatemala y México, Eunice terminó de escribir El tránsito de fuego, la culminación de su obra poética; libro que había comenzado en 1948 y que será publicado en 1957, en El Salvador. Sus lecturas de los clásicos y de poetas vanguardistas la guiaron en ese “viaje a la semilla” de la palabra que la iluminó para contar su versión del origen de los símbolos supremos del mundo lírico. En El tránsito de fuego, Eunice también se refiere al destino de los creadores en la tierra –los poetas- y a su condición de apátridas. En otras palabras, ese tercer poemario bebe de la reflexión de lo humano frente a lo eterno, lo metafísico, al mismo tiempo que se recrea un mundo mítico en donde esos apátridas, hermosos y heridos, reverdecen transformados en “proyecto de sí mismo”: “Puedo nacerme. / Sacar una sonrisa con presencia de lámpara, / aventurar un brazo como si fuera álamo; / salir de mis entrañas / con una mano desconocida en alto, / impartiendo una rosa en son de movimiento. / Voy a nacerme, / espérenme las cosas”.

El año de 1954 fue clave también para Guatemala porque, a finales del mes de mayo, Carlos Castillo Armas, apoyado por la logística estadounidense, derrocó al sucesor de Arévalo, el presidente Jacobo Arbenz. Así, la poeta se marchó de ese país y para julio de ese año ya se encontraba en la Ciudad de México. Allí vivió hasta su muerte en 1974, aunque de 1959 a 1962 residió en Nueva York. Eunice obtendrá la nacionalidad mexicana dos años antes de morir, en 1972. Poeta viajera y libre, entró así en el círculo de los modernos, de los cosmopolitas.

El padre de Eunice, quien aparece descrito en “El Ido” de El tránsito de fuego, murió en 1956. Esa nueva pérdida le devolvió la sensación de desarraigo que había experimentado cuando murió su madre. Más aún porque ese mismo año murió la novelista Yolanda Oreamuno, su gran amiga y compañera de viaje por Guatemala y México. La autora de La ruta de su evasión murió en la casa de la poeta, quien la cuidó como una hermana, colmándola de cariño en sus últimos días.

En los años cincuenta, Eunice residió en un apartamento situado en la calle de Río Nazas 45, en la colonia Cuauhtémoc, el mismo edificio en el que Juan Rulfo alquilaba un apartamento cuando aún escribía Pedro Páramo. Precisamente afuera de ese edificio, en la acera, Rulfo colocó una mesa y vendió los primeros ejemplares de su novela. Entonces la costarricense vivía con su pareja, Antonio Castillo Ledón, un respetado productor de programas radiales que había conocido en El Salvador. Al poco tiempo llegaron a vivir con la pareja los hijos del primer matrimonio de Castillo Ledón, Luis Antonio y Alejandro, dos niños pequeños por los que Eunice llegó a sentir un tierno cariño: solía cocinarles y confeccionarles prendas de vestir y guardaba cuidadosamente las acuarelas que Alejandro le regalaba. Los fines de semana se sumaba a la familia Irene, la hija mayor de Castillo Ledón. Eran años bondadosos: Eunice se sentía al fin acompañada de una familia y gozaba cuando su gato persa chinchilla, Angelito, se tragaba la leche búlgara y las bolitas de carne molida que le daba por las mañanas.

Asimismo, en la capital mexicana la poeta se convirtió en ferviente crítica del régimen de Fidel Castro, por quién llegó a sentir una fuerte aversión. Recordemos que en esa ciudad el cubano planeó, entre 1955 y 1956, junto a otros compatriotas, la revolución que culminó el 1 de enero de 1959. Es posible que Eunice haya conocido a Castro en el Café La Habana, ubicado en la esquina de Bucareli y Morelos, lugar donde solían reunirse los revolucionarios cubanos.

En 1959 –decepcionada después de romper con Antonio Castillo Ledón- la poeta se marchó a Nueva York. En noches de tormenta, fascinada, solía observar desde su ventana las lluvias torrenciales que caían sobre los imponentes rascacielos. Allí también estableció amistad con el poeta surrealista Rosamel del Valle y con Humberto Díaz-Casanueva, ambos chilenos; y tuvo la oportunidad de entrevistar a Francis Fergusson, teórico del teatro. Por medio de José Vazquez Amaral, Eunice llegó a conocer a un William Carlos Williams ya anciano, con quien pasó una tarde entera conversando. De esa visita, nació un hermoso poema titulado sencillamente “Al poeta William Carlos Williams”, que él mismo tradujo al inglés pocos años antes de morir en 1963: “En él estaba contenida/ la enramada./ Era su voluntad,/ una entrada/ en los claros designios/ de las aguas…”. Ese poema saldría traducido y publicado por primera vez en The New Yorker cerca de cincuenta años después, en octubre de 2010, gracias a Jonathan Cohen, editor de una antología de Willimas: By Word of Mouth. Poems from the Spanish 1916-1959 (2011).

En 1962, la poeta volvió a la Ciudad de México y se instaló en su famoso apartamento de la calle de Río Neva 16, donde solía celebrar cenas y fiestas a las que acudían José Revueltas, Carlos Pellicer, Alí Chumacero, Otto-Raúl González, Ernesto Mejía Sánchez, Augusto Monterroso, Abigael Bohórquez, Gonzalo Ceja, Dionicio Morales, Beatriz Zamora, Olga Kochen, entre otros. También estuvieron, alguna vez, el escritor costarricense Alfonso Chase, el rumano Stefan Baciu y el poeta español Tomás Segovia. Asimismo, trabajó como periodista cultural y traductora del inglés al español de varios libros, entre los que se cuentan Problemas actuales de la hipnosis, de Milton H. Erickson y G.H Estabrooks, y Mujer con encanto I Encanto físico, de Helen Whitcomb y Rosalind Lang.

Sin embargo, su última década fue una amalgama de días solitarios, alcohol, pobreza económica, desengaño amoroso y experiencias esotéricas: llegó al segundo grado superior de la Orden Rosacruz y estudió la cábala. Para entonces también se había peleado con la intelectualidad de izquierda, ámbito en el que, con pasión, había militado en su juventud durante sus años en Guatemala.

Así, en los años sesenta comenzaron sus constantes ataques a la intelligentzia mexicana, la mayoría simpatizantes del régimen de Fidel Castro quien, para entonces, ya estaba fuertemente instalado en el poder. El antiestalinismo y anticastrismo de Eunice, expresados en artículos publicados en la revista Respuesta, provocaron su marginación por parte de sectores que controlaban gran parte de la actividad cultural y artística de México, lugar donde seguía predominando el “mito de la Revolución”. Fue entonces que se vio obligada a vivir de artículos firmados con seudónimo.

Para entonces, el artista Rodolfo Zanabria, con quien se casó en 1966, ya se había marchado a París con la promesa de que, cuando tuviera el dinero suficiente, la traería a su lado. Eunice confió en él y le regaló de despedida un traje de lino blanco hecho por sus propias manos como muestra de amor y solidaridad. Durante cuatro años le escribió largas cartas, las cuales llegaron a ser cerca de setenta. Cuando la poeta recibía algún pago esporádico, le enviaba algo de dinero al pintor. Mientras tanto, en su cotidianidad se rodeó de silencio: “Pasan horas y horas y no digo ni esta boca es mía. A veces no pasan horas, sino días, en que estoy aquí encerrada, trabajando y, de vez en cuando, le dirijo la palabra a las cosas”, le confiesa en una carta a Liscano. A solas, pues, volcó su búsqueda del hombre protector, espiritual y poderoso en su devoción por el Arcángel Miguel a quien le dedicó un extenso poema. Según lo que relata en sus cartas al venezolano, la poeta quiso creer que el Arcángel la salvaguardaba de la pobreza en la que vivía preservando sus verduras durante un tiempo prolongado. Evidentemente la soledad de sus últimos años la hacían añorar una mano solidaria y dulce.

En 1970 sufrió un fuerte desengaño amoroso: Zanabria dejó de contactarla por completo. Ese abandono incidió en su estado de ánimo de forma devastadora y violenta, especialmente porque concidió con el momento en que el pintor recibió una beca Guggenheim. Eunice se sintió traicionada, utilizada, y terminó de caer en el pozo de la dipsomanía. Cada vez fueron más escasos los trabajos y entonces padeció también de hambre.

Recibía pocas visitas pero de vez en cuando solía mantener largas conversaciones telefónicas con los pocos amigos que le quedaban. Cuenta Alberto Baeza Flores, quien en ese entonces vivía en Costa Rica, que más de alguna vez hablaron sobre el misterio de la creación y del alcoholismo en poetas como Rubén Darío y Dylan Thomas, dependencia que ella tenía plena conciencia de padecer y, sin embargo, la asumía como parte de su intimidad. Su necesidad de aprehender el misterio, además, se vio reforzada por sus vivencias esotéricas: “Morir es simple, vivir en cambio, es la complicación de la simplicidad que es crecer hasta el fin. […] Tengo que llegar hasta el fin… Sea cual sea”, le dijo a Liscano. En ese periodo también se entusiasmó por la poesía de Vicente Huidobro al que releyó una y otra vez; y escribió sus últimos poemas incluidos en la antología póstuma Territorio del alba y otros poemas, editada por Ítalo López Vallecillos.

En los primeros meses de 1974, Eunice se mantuvo aún más aislada porque le cortaron el teléfono. El escritor costarricense José León Sánchez, quien la visitó semanas antes de que ella muriera, asegura en una crónica publicada en La República (8 de junio de 1974), que el apartamento de Eunice estaba lleno de libros, cuadros y de botellas del licor más barato de México. En la despensa tenía poca comida y una lata de té casi vacía. Él le había llevado jamón, café y azúcar porque sabía que desde hacía meses vivía de la bondad de unos pocos amigos: Juan Manuel Corrales, Amalia de Castillo Ledón y sus hijos Antonio y Beatriz, Asunción Lazcorreta… Para entonces, ya no trabajaba. Esa tarde, ella le recitó a Sánchez uno de sus poemas con la “voz ya derrotada por el alcohol”.

Como la niña en fuga que había sido, Eunice murió sola un día de mayo de 1974, a los 54 años. Su cuerpo fue encontrado en la bañera en estado de descomposición después de más de una semana de haber muerto, según los cálculos de los forenses. A su funeral acudieron diez amigos y en los periódicos poco se dijo sobre su trayectoria artística. Días después del descubrimiento de su cuerpo, Alejandro Castillo Ledón, a quien su padre le encargó limpiar la casa, encontró, bajo la almohada de la poeta, una foto de él y su hermano cuando eran niños. Aquellos niños que ella tanto había querido.

Si bien es cierto que el desarraigo y el dolor fueron parte de su vida desde pequeña, Eunice los diluyó en sus poemas creando pociones de abismo vibrantes y luminosos, porque ella festejaba a diario el aquelarre inefable de la poesía. Así, Los elementos terrestres representa un vértice del deseo femenino en la poesía hispanoamericana, camino que ya habían iniciado Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Julia de Burgos… En la propuesta erótica de Eunice hay un trasfondo metafísico, una integración ontológica, donde el carácter impermanente del amor se ve sublimado por la capacidad del espíritu de ocupar el “fruto”, es decir, la vida y su abundancia. Por lo tanto, el arquetipo de la mujer estéril adquiere otro matiz: la plenitud se encuentra también en el proceso de creación. De esta forma, aunque la poeta perfila el tallo de la soledad, al mismo tiempo siembra un fundamento trascendental del ser femenino.

En Zona en territorio del alba (Poesía 1946-1948), Eunice se nutre de la estética surrealista para evocar un sentido de pertenencia, muy ligado a sus recuerdos de su país de origen. Sin embargo, se trata de una proyección de identidad contradictoria, no desprovista de angustia, muy distinta de la estampa de la arcadia feliz y tropical que se cristalizó en los discursos literarios costarricenses durante el Modernismo. En El tránsito de fuego Eunice demuestra su sabiduría poética: estructura compleja, lirismo sostenido, audacia lingüística, imaginería apasionada; extenso poema donde, a lo largo de diez mil versos, danzan los arquetipos, la religión, la filosofía, la mística… Con este poemario, Eunice entró en el parnaso de los grandes, al lado de sor Juana Inés de la Cruz.

La búsqueda de la luz, representación de lo sublime, fue un anhelo que Eunice quizá cumplió ese día de mayo, en su bañera, rodeada del silencio táctil que emanaba de sus libros, sus cuadros, sus cristales que destellaban colores al contacto con el sol, todos los maravillosos objetos de esa casa que ella fue haciendo poco a poco con sus manos, tal y como había labrado su propio surco. Proyecto de sí misma.




 

2 thoughts on “Eunice Odio. Vibración de luz en el abismo

  1. Beautifully written, I will never forget this story. I hope Dr. Pleitez will keep gifting us with  stories that illustrate the greatness of women's cultural legacy. I am anxiously waiting for her next publication.

    Bravo!

     

    Liliana Bloch

    Dallas, Texas, USA

    Liliana Bloch

    Dallas, Texas

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