La niña y la bestia

March 11, 2013 // by tania

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Publicado en: El Ojo de Adrián. Arte, Literatura, Centroamérica, Año 5, Nº 2 (Mayo 2011).

 

 

Tengo un grupo de amigas bastante ecléctico.  Escritoras, pintoras, ceramistas, atletas, profesoras, montadoras de audiovisuales, estudiosas de la filosofía budista y de sistemas de estética orientales, abogadas, diseñadoras de accesorios y de ropa, madres, estanqueras, dependientas, meseras,…  Además, mis amigas son de diversas nacionalidades: catalanas, alemanas, italianas, estadounidenses, inglesas, costarricenses, japonesas, salvadoreñas.  A medida que las he ido conociendo, me han confesado en algún momento de cercanía, a veces auspiciado por el vino y otras por la simple complicidad, que han sufrido acoso sexual por parte de sus compañeros de trabajo, o han sido víctimas de la violencia doméstica (verbal o física) por parte de sus parejas, o han sido directamente violadas.  Yo también, con 25 años, pasé por una experiencia similar: todavía recuerdo el email que me envió mi madre con la palabra “dolor” en el asunto y la vergüenza que se apoderó de mis entrañas cuando supe que ella se había enterado, no sé cómo, de lo que sucedía en esas cuatro paredes de mi casa en Costa Rica.  El dolor de mi madre era inconsolable, además, porque a principios de los años setenta, su hermana, que vivía en Estados Unidos, había sido maltratada, física y psicológicamente, por un marido que la expulsó de su coche durante una fría noche de invierno obligándola a caminar bajo una tormenta de granizo, lo que le provocó, primero una neumonía, luego un coágulo en el pulmón y, poco tiempo después, la muerte.  Para no ocasionarle más dolor, negué con firmeza el maltrato y hasta el día de hoy no me he atrevido a decirle a mi madre que ella tenía razón.  Desde ese día me dispuse a salir adelante y alejarme de esa situación.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces.  Salí de Costa Rica y me fui a España donde, después de mucho, mucho, trabajo, he recuperado el color de la vida.  Pero las conversaciones con mis amigas me recuerdan que ese fenómeno es universal.  Ciertamente, pudiera contar aquí las experiencias de cómo todas estas mujeres, cercanas a mi vida, han salido, o aún intentan salir, del pozo del maltrato, el cual en muchos casos se ha traducido en un cerco de soledad.  Si algo tenemos en común es que no nos ha sido fácil regalarnos de nuevo el derecho al amor.  No voy a referirme al sistema androcéntrico, al sexismo o a aquella “violencia simbólica” que ya en algún momento he tratado.  No quiero entrar a examinar las causas sociales o antropológicas.  Porque de todo esto, lo que es obvio es que esta situación se repite, una y otra vez, sin importar siglo, clase social, país, nivel de educación, etc.  Nada ni nadie nos garantiza, con todo el sistema legal y educativo que existe, que estos episodios no volverán a suceder: es como si pensáramos que van a desaparecer los asesinatos sólo porque existen leyes y sistemas de detención, prisiones, etc.  Este pensamiento solía atormentarme.  Por eso hoy más bien me interesa detenerme en lo que pasa después: ¿cómo seguir a pesar de los despojos? ¿qué se hace con los kilos de dolor y vergüenza que se quedan en nuestras manos como una caja de hierro, pesada?  ¿cómo parar de diseccionar esa caja y dejar de ser víctimas de nosotras mismas?

Desde hace algunos días, vengo observando una ilustración del artista italiano Emiliano Ponzi.  Me conmueve la niña maltratada, aferrándose a su oso de peluche y con su postura infantil; pero lo que más me afecta es el cerco de alambre de púas en forma de mano que la rodea.  En el cuadro, la niña podría pasar por debajo de ese alambre: el espacio entre uno y otro es lo suficientemente grande.  Pero no lo hace.  Sigue allí.  Detenida.  Paralizada.  Con miedo.  Ese es el cerco que una mujer maltratada intuye a su alrededor, aunque ya no se encuentre más en esa situación, aunque hayan pasado años.  Fue entonces que me dije: “La mujer maltratada es una niña rodeada de la mano de la bestia.”  Porque el dolor provoca miedo y la bestia es eso precisamente: una mano invisible que detiene, amarra, desangra.  Y ese es el conflicto: la niña y la mujer se fragmentan.  La batuta de sus vidas pasa de una a otra hasta quedarse en el terreno del terror infantil, el de las pesadillas, el de la mano peluda debajo de la cama, el de la sombra detrás del armario.  Sin libertad, ¿cómo amar bien?  Con la bestia atenazándonos, ¿cómo espantar a los fantasmas?  Esa es la clave: saltar el alambre de púas.

Ahora se me viene a la cabeza una noche de 1999, una noche de vino tinto cerca del Paseo de Borne con mi amiga japonesa; fue entonces que ella me contó que había sido violada sobre la nieve por un desconocido el mismo día que descubrió a su novio con otra mujer en la cama: inmensamente triste, había pasado largas horas deambulando por las calles de Sapporo hasta que un hombre, viendo el rostro ensombrecido de mi amiga, la acosó con fuerza hasta lograr su objetivo.  Vivió durante cinco años con ese secreto como gusano voraz comiéndose su alegría.  Pero aquella noche en Barcelona, quizás porque era una cálida noche de primavera, ella me lo contó todo.  Yo me animé a preguntarle: “¿Por qué ahora? ¿Por qué a mí?”  Sabiamente me contestó: “Porque hoy descubrí que mi dolor no me hace especial.”  Esa noche, ella no solo saltó el alambre sino que también se quitó su corona de espinas.  Yo la seguí.

 

 

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