Los escombros de la guerra

May 4, 2014 // by tania

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Reseña publicada en Iowa Literaria (17 de marzo 2014).

 

Camino de hormigas, del escritor salvadoreño Miguel Huezo Mixco, es la novela que desde hace mucho tiempo se está esperando en su país: palabras que literariamente le den forma a aquellas emociones primitivas, a esos pensamientos al límite que brotan cuando se está en el frente de guerra, cuando se lleva un fusil a la espalda. Huezo Mixco se suma, en ese sentido, a una fuerte tradición de escritores que se decidieron por las armas en momentos trascendentales de la historia.

En Homenaje a Cataluña (1938), George Orwell nos cuenta desde la no ficción su experiencia como miliciano del Partido Obrero de Unificación Marxista durante la Guerra Civil Española, y muestra la represión de la que fueron objeto sus militantes por parte de sectores estalinistas del entonces gobierno republicano. “Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé en la milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud concebible”, afirma el escritor británico en dicho libro.

El escritor piamontés, Beppe Fenoglio, lo hace desde la ficción en El partisano Johnny (1968), novela sobre la lucha antifascista en la Italia de los años cuarenta.  Johnny, desde las colinas de Langhe, rodeado de la niebla espesa propia de esas tierras piamonteses, vive su condición de partisano como una elección ética y existencial. De esta forma, se enfrenta al “drama del hombre que, sin apoyo ni ayuda, es condenado en cada momento a inventar al hombre”, en palabras de Sartre.  Fenoglio, por cierto, también fue partisano durante aquellos años y su condición de hombre de letras, además de partisano, le permitió filtrar su experiencia en la literatura con tinta humana, crítica, y no ideológica. Lo mismo se puede decir de Orwell. 

Huezo Mixco, pues, no está solo en esa reflexión sobre la condición humana que toma lugar durante la lucha armada. Así, desde su nueva vida en California, donde trabaja en un parque forestal cuidando caballos, el personaje principal de Camino de hormigas rememora sus años en las montañas de El Salvador, cuando era miembro de la guerrilla y tejía su vida en la clandestinidad. El protagonista es, además, un poeta miope pero con el don de la observación aguda; de una sensibilidad sobria y hermética pero profundamente vital; con conciencia de sus limitaciones y sus apetitos; poseedor de un movimiento interno apasionado que le lleva por los caminos del deseo y el erotismo, del desamor, de la derrota existencial, comunes a todo ser humano, pero en su caso acentuadas por las palmadas de la violencia; situaciones extremas donde no es necesario explicar demasiado, suficiente la palabra colgando, insinuándose desnuda, el silencio grave: el sonido de una pala cavando la tumba, los chasquidos de las botas en la tierra, la lluvia que cae sobre la historia de un hombre que a pesar de todo sigue, con dientes, uñas y alma, armando su proyecto histórico, construyéndose a sí mismo. El poeta se enfrasca en preguntas y monólogos en los que, como en el caso de Fenoglio, llevan al hombre a inventar una y otra vez al hombre, a cuestionarlo. Acaso sea ese el verdadero heroísmo que encarnan estos personajes.

La novela de Huezo Mixco bien podría ser un libro de relatos, ya que cada capítulo tiene autonomía.  Sin embargo, hay una figura importante que aparece en diversas ocasiones: Begoña, la enfermera de Médicos Sin Fronteras, la vasca valiente con voluntad de fuego, dueña de sí misma. Begoña tiene empuje y representa a esa especie de ser humano que todos, hombres o mujeres, quisiéramos ser.  El momento cumbre de la novela es cuando el poeta visita, tiempo después, un campo de refugiados en busca de respuestas sobre el paradero de Begoña, y encuentra los escombros de una guerra sangrienta.  

En síntesis, lo fascinante del personaje principal son sus luces y sus sombras, su ternura y su hermetismo, su humanidad sincera (sobre todo consigo mismo) aunque imperfecta. Precisamente por todo esto es que resulta verosímil. Al final, este se marcha a California y decide vivir al margen, aislado, anónimo, “haciendo soledad” –en palabras de Marguerite Duras–, desmenuzando con cuidado y destreza aquellas emociones y pensamientos críticos que lo sacudieron durante sus luchas: la guerra en sí, las fisuras dentro del movimiento revolucionario y las batallas en el amor.

La novela comienza con una carta escrita a un amigo, en la que el protagonista explica por qué ha decidido relatar la historia que va a contar. Hay un momento en la que asegura que todas las personas sobre las que escribirá son personajes prácticamente inventados, que no existieron exactamente así. Este enunciado (la afirmación de que no existieron tal y como se describen) acarrea un aire fantasmagórico –un hueco– y se convierte en una gran metáfora para abordar aquello en lo que se convierte la guerra –la idea de la guerra– en la psiquis de la posguerra.  Hay cierto aire de irrealidad rodeando a las vivencias intensas del personaje, porque las mismas, con los años y desde la distancia, parecieran un fuerte aroma más que una forma, un soplo potente más que materia, el humo más que la pólvora. Se escapan de la “realidad” porque la memoria, ya lo sabemos, es resbaladiza y arbitraria. Por lo tanto, entrar con el personaje a ese lugar enrarecido, casi brumoso, se convierte en un viaje poético aunque desgarrador.  

También hay algo de metaliterario en dicha carta: el personaje evalúa el acto de la escritura, lo que es transformar, recrear, inventar. Así, el lector es colocado en un sitio privilegiado: aunque al principio su protagonista nos ha dicho que esos personajes en realidad no son del todo así, nos conmueve conocerlos porque sabemos que han encontrado a su autor, ya no andan en busca de uno que los dibuje y les de vida.  De esta manera pasan a existir, desde la memoria, en la literatura; acompañamos al protagonista durante la guerra y somos testigos de su educación sentimental. No obstante, lo más atroz –el dolor– se queda revoloteando en el aire y es entonces que adquirimos conciencia de que no lo vamos a poder sujetar jamás.  Eso es la posguerra: saber que nunca vamos a poder llegar más allá, al fondo de la verdad de esa herida (la del protagonista y la herida colectiva).  Esa es la revelación que nos entrega su autor.  Dicho sea de paso, Miguel Huezo Mixco pasó más de una década en las montañas de Chalatenango como encargado de la radio clandestina de las Fuerzas Populares de Liberación, uno de los grupos que conformaron el frente guerrillero. Quizá algo de él hay en su novela, pero no caigamos en la trampa fácil de la explicación autobiográfica. Al pan, pan, y al vino, vino: Huezo Mixco ha manejado magistralmente los recursos de la ficción para relatar esta historia que tanto había esperado el campo literario salvadoreño.  Más aún, el partisano Johnny ha encontrado un amigo, un poeta miope guerrillero con quien seguramente compartirá la luz de una vela, rodeados de los escombros de un sueño, arropados por el calor de la palabra y el silencio.

 

 

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