Matilde Elena López: pasión, lucidez y el ensayo como creación artística

March 16, 2013 // by tania

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Publicado en: Revista Cultura, Nº 104. San Salvador, Secretaría de Cultura, diciembre 2010.

 

En el fondo bibliográfico del Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), se encuentran unos textos mecanografiados en hojas de papel delgado en las que son evidentes las huellas del ya desaparecido papel carbón. Son los textos originales de la ensayista, poeta, dramaturga y narradora Matilde Elena López, un fondo sustancioso y fructífero para cualquier persona ávida por conocer las manifestaciones artísticas y culturales salvadoreñas de gran parte del siglo XX. Son más de ochenta documentos, ensayos en su mayoría, un género poco estudiado en nuestro país pero que ella, como buena expositora del mismo, se preocupó por desgranarlo, tanto al género en sí –su historia, su etimología, sus representantes universales, la teoría en torno ensayo, etc.–, como a la expresión del mismo en la vena intelectual salvadoreña. El resultado es un texto titulado El ensayo en El Salvador con su respectivo apéndice, “El ensayo social en Hispanoamérica y en El Salvador”. Este es sólo uno de los tantos escritos que se pueden encontrar en el vasto archivo de esta lúcida escritora.

Los ensayos y artículos de su fondo bibliográfico tratan una diversidad de temas: la trascendencia de la pintura de Julia Díaz; los escritores realistas salvadoreños; el lugar del modernismo; el teatro en El Salvador; reflexiones sobre la cultura, el lenguaje, el signo poético; “la posición de El Salvador en Mesoamérica”; el pensamiento social de Alberto Masferrer; “la propensión de los escritores salvadoreños a comprometerse con la realidad social y con la historia”; el teatro de O’neill; los pueblos nahuas y el idioma Náhuatl; “la literatura femenina”; el pensamiento filosófico en El Salvador; Platón, San Juan de la Cruz, Cervantes, Quevedo, Rubén Darío, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, César Vallejo. Asimismo, encontramos acertados y sesudos (a ella le gustaba utilizar esta palabra cuando se refería a la clara inteligencia de sus amados escritores y pensadores) comentarios sobre la obra de Salarrué, Claudia Lars, Oswaldo Escobar Velado, Roque Dalton, David Escobar Galindo, José Roberto Cea. Esa diversidad de temas demuestra la intensa y comprometida actividad intelectual de Matilde Elena López. Una mujer que realmente llegó a amar a su país de la misma forma que amó a la literatura, sin dejar que ese amor cegara su capacidad crítica y reflexiva, su erudita agudeza.

Me interesa detenerme en dos de estos documentos. El primero es uno que tiene por título a esa gran pregunta que ha inquietado a los pensadores de todos los tiempos: ¿Qué es la cultura? En realidad, son una serie de cuadernos culturales escritos en 1986, que estarían acompañados de dibujos de Enzo Martínez, tal y como misma ella señala al final de uno de los documentos, en letra manuscrita. Se trata, en síntesis, de una especie de manifiesto (“Declaración sobre objetivos culturales”) en el que la autora reflexiona sobre la cultura, siendo esta “la característica distintiva y universal de las sociedades humanas”:

 

El origen de la cultura como rasgo humano puede encontrarse en la superior capacidad del hombre para adquirir conocimientos mediante la experiencia y para comunicar lo aprendido por medio de símbolos, el principal de los cuales es el lenguaje. Lo que se descubre y se inventa forma el contenido del aprendizaje del hombre, y da como resultado el desarrollo de la cultura propia de cada grupo humano. Parte esencial de la cultura es la pauta incorporada a la tradición del grupo, es decir, educación, conocimiento, idea, creencia, valor, norma, transmitidos mediante procesos de enseñanza-aprendizaje, tanto formales como informales. […] Por tanto, el cuadro que pintamos, es cultura. El poema que escribimos, la vasija que moldeamos, la canción que cantamos, nuestra manera de ser, de pensar y de vivir. Lo que creamos con nuestro trabajo y cuanto producimos. […] Es necesario que cada pueblo, aldea, comunidad, aprecien este desarrollo cultural en sus distintas formas y manifestaciones. […] Al preservar nuestro patrimonio [cultural y natural] enriquecemos nuestra vida.

 

Sin embargo, Matilde Elena López va un paso más allá y nos habla directamente a cada uno de nosotros, es decir, nos instituye a todos como responsables del quehacer cultural, de contribuir a la consolidación de un pueblo creativo, consciente del devenir de su historia:

 

El gobierno propone ciertas medidas para favorecer el desarrollo cultural. Acciones culturales en los Centros de Desarrollo Cultural, en las que debe participar el pueblo. De este modo, hacemos cultura, todos los días en los más remotos lugares. Para ellos se toman medidas en las comunidades, pero ellas sólo pueden tener éxito a condición de que las personas como tú y yo, las apliquen adecuadamente, las apoyen y comprendan en el entendido de que nos benefician a todos . No se crea por decreto: la cultura no se crea por un acto de gobierno. [¡]Está en tus manos realizarla y proyectarla para bien de todos! Así podemos proyectarla al futuro. […] Cultura implica libertad e incluso democracia. […] Los mejores ambientes son los que permiten el mantenimiento de la creatividad sin destruirla. Pero los monumentos –materiales e inmateriales– no tienen valor para aquellos privados de la cultura: víctimas del analfabetismo, sin oportunidades en la vida. Desarrollar las capacidades humanas es un objetivo primordial. Es decir, hacer cultura, la cual implica democracia […]. Si desarrollamos las capacidades de cada persona, tendremos un pueblo creativo, capaz de salir adelante en cualquier trance de su historia. [La negrita es mía].

 

Por otra parte, con El ensayo en El Salvador, nuestra intelectual inicia el camino para “elaborar un verdadero ensayo sobre el ensayo” salvadoreño. Al principio, su estudio consideró, sobre todo, la “interpretación social de nuestra realidad nacional, como búsqueda de las raíces auténticas de nuestra identidad cultural y social”; pero su gran sorpresa fue que “al desentrañar los orígenes del ensayo en El Salvador, descubrimos una rica veta filosófica […], la sorpresa de que sí existe una floración del pensamiento filosófico en El Salvador”. Por ejemplo, tenemos el pensamiento filosófico de la post-independencia, “sacudido por la duda”, de tres padres de la iglesia: Bartolomé Rodríguez (1839-1875); Juan Bertis (1837-1899), el “Andrés Bello salvadoreño”, de acuerdo con Matías Romero (otro de los grandes estudiosos de la trayectoria del pensamiento filosófico en nuestro país); y Vicente Martínez Lemus (1862-1929), llamado el “Balmes salvadoreño”. También nos informa de los discursos filosóficos de los doctores Darío González (1835-1910), autor del ensayo Filosofía positiva; y de Juan José Samayoa (El hombre libre), así como de los dos más conocidos de este grupo: Francisco Gavidia y Alberto Masferrer, quienes son considerados los precursores del ensayo moderno en El Salvador. La autora dedica extensos apartados a estos últimos.

Además de hacer un recorrido por el pensamiento filosófico y social salvadoreño, la autora se detiene a comentar la teoría del género ensayístico. Del latín exagium –el acto de pensar algo–, el vocablo comienza a emplearse con propiedad a partir de los conocidos Essais de Michel de Montaigne (1533-1592). “El ensayo es una forma autónoma situada entre la literatura y la filosofía” –subraya–. “La literatura expresa, en efecto, actitudes coherentes del alma en el plano de la creación imaginaria de seres individuales y de situaciones particulares. La filosofía expresa esas mismas actitudes en el plano de la creación conceptual. La misma visión puede expresarse en la obra de Pascal y en la de Racine. Pero Pascal reflexiona filosóficamente sobre la muerte, en tanto que Racine nos presenta a Fedra moribunda”. Más adelante, agrega reflexiones en torno al lugar del ensayo en la búsqueda del conocimiento y señala el problema central del ensayista, a quien iguala a un artista:

 

Lo esencial del ensayo, como aventura del pensamiento, es su sentido de exploración, su audacia, su originalidad. Representa un puente entre la obra de arte y la filosofía, entre la poesía y la ciencia, entre la fantasía y la observación: es una tentativa en los terrenos inexplorados, en el territorio inédito, en el mundo de las ideas; tiene su raíz en la realidad, pero alza vuelo hacia arriba, con el poder imaginativo, de intuición certera, del ensayista. […] El estilo es el problema central del auténtico ensayista, una manera de sentir y entender el lenguaje, una gran fe en las palabras, elegidas con fervor. La virtud del ensayista es saber elegir el vocablo preciso, dar nombre a las cosas; […] El concepto no puede abrirse paso sin la luz del vocablo, y esto lo sabe bien todo auténtico escritor. La función del ensayista es […] tender el puente entre el mundo de las imágenes y el mundo de los conceptos. […] El ensayo es, evidentemente, hijo de la crisis. Mostrar la ruta en el laberinto de la conciencia del hombre en ese instante crucial en que debe tomar una decisión. El ensayista posee el poderoso recurso de la lengua, el poder mágico y sugestivo de la palabra, el estilo, en fin. ¿Qué es lo que separa al ensayista del filósofo? El ensayista no puede, como el filósofo, ofrecer un sistema del mundo intemporalmente válido, porque parte de un conflicto y de una crisis inmediata. […] El artista, aunque puede haber pensado filosóficamente acerca de la vida –y lo hace en efecto– proyecta sus ideas como imágenes vivas. El ensayista conoce su poder –en cuanto artista– de evocar en el público, un complejo de respuestas emocionales a su conmoción interior.

 

Sin duda, Matilde Elena López predicó con su ejemplo: con sus manos de artista contribuyó a realizar y a proyectar cultura. Se interesó por brindarnos excelentes comentarios sobre escritores de la talla de Dante (su ensayo Dante, primer poeta de la Edad Moderna, es ya un clásico de nuestras letras) y fue una de las grandes esclarecedoras de la historia del pensamiento salvadoreño: ahondó en los temas de la identidad nacional, rescató del olvido a nuestros intelectuales, desempolvó a esas figuras y las hizo visibles, con una pluma cuya tinta sagaz no dejó nunca de ser compasiva a la hora de perfilar el aspecto más humano de nuestros pensadores: las contradicciones existenciales, las trampas de la historia, los contextos vivenciales (¿qué otra cosa podría ser su conmovedora Biografía tentativa de Alberto Masferrer?). En efecto, Matilde Elena López fue una intelectual sin odio en su corazón. Su amor por la humanidad vibra en cada una de sus palabras. Y la experiencia táctil, la de palpar esas hojas de papel delgado que han retenido el teclear apasionado de sus dedos en la máquina de escribir, es una valiosa lección que permite acariciar la materia misma del tesón, el empeño y el compromiso.

 

 

 

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