William Archila o el graznido del cuervo

July 3, 2013 // by tania

Print Friendly

Publicado en Iowa Literaria (3 de junio 2013).

 

El cartero del pueblo mediterráneo donde vivo, dejó The Art of Exile (Bilingual Press, 2009) de William Archila en mi buzón una mañana lluviosa de invierno.  Esa noche, escuchando en la distancia el sonido revoltoso del mar, empecé la lectura y pronto supe que tenía delante de mí un libro especial: preserva la autenticidad del dolor animal aunque desgranado por un intelecto austero, realista, al mismo tiempo imaginativo.

William Archila (1968) es salvadoreño y vive en los Estados Unidos desde 1980.  Tenía doce años cuando él y su familia dejaron la tierra natal, Santa Ana, huyendo de la guerra civil, la cual acababa de comenzar oficialmente pero cuya violencia y feroz represión militar habían roto al país desde años anteriores.  Con el tiempo, Archila llegó a convertirse en profesor de inglés y obtuvo un MFA en poesía por la Universidad de Oregón.  Actualmente vive en Los Ángeles y sus poemas han aparecido en diversas revistas de los Estados Unidos.  The Art of Exile es su primer libro y su segundo libro, The Gravedigger’s Archaeology, ganó el premio de poesía Letras Latinas/Red Hen en 2011.

De acuerdo con Yusef Komunyakaa (prologuista del primer poemario), la poesía de este salvadoreño-americano está cimentada en dos aspectos claramente definidos: por un lado, las máscaras y los ritos; y por otro, la sobriedad satírica.  Además, nos dice el autor de Copacetic, existen en Archila una serie de elementos que terminan de entretejer su voz –vieja y joven al mismo tiempo– en una sonoridad múltiple: capas de realidad vivida y mundo imaginado.

Primero que todo, se intuye una mirada anclada en la intensa observación del mundo, pero se trata de uno donde no hay fronteras entre el mundo animal, humano y espiritual.  Asimismo, la música –sobre todo el jazz– está muy presente en su poesía, como una especie de lámpara que alumbra los caminos de la tierra.  De esta forma, la música y la observación se convierten en los ritos por medio de los cuales el autor intenta crear puentes de unión entre los márgenes (clase y raza).  Precisamente, en esos espacios de comunión imaginarios, la tierra es firme, sólida, y es por eso que sus anhelos y deseos nos parecen verosímiles.  Por último, la sobriedad satírica que señala Komunyakaa, está compuesta por un elemento que no es fácil trasladar a la poesía: el ingenio.  En ese sentido, siempre influido por su pasión musical, Archila se vale de las formas del blues para contar historias en las que perviven la ironía y el desconsuelo, herramientas precisas para manipular la materia de aquello que, en última instancia, no se puede cambiar.

 

Entre ritos y guerra

La poesía entró en el mundo de Archila en forma de decibelios que su imaginación convirtió en travesía marina.  Al menos eso nos cuenta en “Radio”, poema que narra un episodio de su infancia: madre e hijo escuchan el Poema 20 de Neruda en la radio y a medida que la voz del chileno avanza se transmuta en lluvia, agua:   

 

his voice reaching the darkest corner

of the house, words full of rain, ancient,

 

from a foreign planet, lapping at my bedside,

fat waves rocking against a boat, prow

 

reaping through the waters, a sound

like the whoosh of pine trees bending.

 

Pero el poema no es sobre un momento inocente compartido con la madre en el rincón de una zona rural en un pequeño país.  Primero, porque en ese mismo aparato, desde donde sale la voz de Neruda cantando su desconsuelo amoroso, la madre esconde una pistola.  Esa madre sobrelleva la vida familiar a solas y escucha a Neruda, una voz transparente, fluida, semejante a un paseo de regreso, una voz ignorante de la existencia del padre que llama desde Los Ángeles, cuya voz quebrada contrasta con la de Neruda: “his voice, a buzz and a click, clipped / by the blackouts of a tiny country”.  En la ausencia del padre, el viento sopla alrededor de la casa, aullando como un perro y la madre regresa a la cama “as if rejected by the moon once again, / radio in the crook of her arm”.  ¿Y el hijo?  Ese niño, que escucha el aliento de soledad de su madre, observador de ese mundo sonoro e invisible que construyen las palabras, abre su oído a la oscuridad y prosigue su travesía marina, consciente de su presente:

 

listening to the lines of a faint voice

crackle and glow, a radio that enters evening

like a boatman standing in the mist,

 

feeling waves roll underneath, pulling me

through the slow nights of a small war.

 

Así comienza William Archila su rito primigenio para sobrellevar la realidad pues desde el principio es la poesía la que lo tira hacia adelante en la vida.  Pero la poesía hecha ojo, mirada que desmenuza el instante y el halo de melancolía colectivo, y lo traslada, en ocasiones, a un terreno de leyenda surrealista como en “The decade the country became known throughout the world”.  Aunque por tener un acento surrealista no significa que las imágenes están separadas, aisladas, de la realidad que las produjo.  Más bien elige ese tono onírico porque pareciera no existir una forma coherente de explicar las consecuencias de la violencia:

 

No one knows exactly how

a light film of ash appeared

on everyone’s eyelids

            early in the morning

or how trout and mackerel plunged from the sky,

twitched, leaped through the streets.

 

Some say the skin of trees

felt like old newspaper, dry and yellow.

Others believe the soapsuds

washed aside in rivers

began to rise in their milk.

 

One Monday morning, a rain fell

and the cemetery washed into the city.

 

Es en esos momentos, en los que la Historia pesa y se diluye en sobria tristeza (“In a few years, no one cared / about turtles banging their heads against rocks”) que la poesía de Archila se hermana con el acento de los blues (pienso, por ejemplo, en “Rising High Water Blues” de Blind Lemon Jefferson, y en algunas canciones de Robert Johnson).  Asimismo, aparecen personajes con nombres propios y con una anécdota cosida a sus letras:

 

At the bus station, Marvin shined

military boots,

            twenty-five cents a pair,

reduced his words to a spit, a splutter

 of broken sentences

            on shoe polish, leather.

 

El gesto del escupitajo, la farfulla de oraciones rotas que hablan sobre el abrillantador de zapatos, frente a la imagen del cementerio que ha sido lavado dentro de la ciudad por la lluvia, contrastan para hablar del silencio colectivo en contraposición del balbuceo de un soldado que nada tenía como ciudadano, pero que ahora se vanagloria de su poder gracias a una botas brillantes.  La tristeza, pues, está mojada de lo absurdo.  No sorprende entonces que en esa década sucediera esto:

 

This explains why women thought

and moved like lizards under stones,

why men heard bees buzzing inside their skulls,

why dogs lost their sense of smell

sniffing piles of rubble to get back home.

 

Para rematar, fue precisamente en esa década absurda, violenta, atroz (los años ochenta), que el país se dio conocer en todo el mundo.  Por primera vez llenó las páginas de los periódicos y las trasmisiones de los telediarios, para luego caer en el olvido mediático en las décadas siguientes.

Pero no todo es dolor en las páginas de este poemario.  En “Duke Ellington, Santa Ana, El Salvador, 1974”, Archila afianza su amor por el jazz y brinda una propuesta luminosa: alza un puente de unión entre razas al tiempo que colorea la cotidianidad.  Así, imagina que Duke Ellington se encuentra en una escuela de Santa Ana liderando una clase de música a niños de sexto grado:

 

He snaps his fingers two plus one

as if to say one more time.

We shout back a demented version of Caravan,

crashing cymbals, drums, bent horns—

muffled rhythms from a line of saxophones.

[…]

Señor Ellington claps his hands along,

dancing a two-step blues, stomping

in the center of everyone like a traffic cop

conducting a busy city street.

Before break he will tell us

stories of a smoky blue spot

called the Cotton Club.

 

Gracias al señor Ellington, los niños aprenderán también las rapsodias de Harlem.  Él tocará el piano y ellos escucharán.  Y es estonces que el poema va un paso más allá al plantear una fantasía: la posibilidad de que el famoso pianista sea el abuelo del autor y, además, el compositor de una música nueva, una que acompaña los quehaceres de su pueblo:

 

He could be my grandfather,

black boy from Chalatenango—

indigo-blue family

from the Caribbean through Honduras.

He could be the one to write

a tone parallel to Sonsonate,

a trombone to roll to the wheels

of a cart, the wrinkled man,

toothless, pulling his corn.

 

Esa fantasía cierra con un anhelo superior: que todos, inclusive los más humildes (el campesino desdentado, los niños en las escuelas rurales), conozcan esa experiencia, es decir, el viaje de curación que puede ofrecer el jazz, música también nacida en los márgenes:

 

I want the cracked paint to peel off the walls,

lights to go dim, floors to disappear,

a trumpet to growl,

my country to listen.

 

En otros poemas de Archila, el jazz vuelve a surgir como fuerza afirmativa, por ejemplo, en “On first listening to Coltrane”, “At Minton’s” y “Two-bass lines”, este último dedicado a Charles Mingus.  El jazzman, para Archila, es aquel que sabe construir lo supremo: “play the architecture of the rain”.

 

Exilio, la máscara, el yo

Asimilar el exilio no es tarea fácil, ya se sabe.  Menos fácil aún es escribir sobre esa experiencia sin caer en tópicos.  Archila, para asumir su condición de exiliado, se esconde detrás de una nube de humo de cigarrillo, humo negro como cuervo.  Así lo cuenta en “Immigration Blues, 1980”.  Su lejanía de la tierra natal se concreta en el recuerdo de cosas pequeñas, un rasguño: “I’m a war away from home, / away from that tiny scratch / on a boy’s knee”.  Sin embargo, su conciencia adquiere otra dimensión: al salir del círculo de represión y guerra en el que ha crecido, al tener acceso a noticias de guerras que suceden al mismo tiempo en otros lugares del mundo (Líbano), se percata que esas realidades, afuera, no son más que un producto de los evening news, una constante en el mosaico de la experiencia humana.  Es entonces que el yo se pierde y late el aplastante vacío:

 

………………….I’m lost

among buildings downtown,

pronouncing the sound of their names

in the hollow roof of my mouth,

spelling them over

 

and over again, till they mean

nothing, nothing at all.

 

My country falls on me like a hammer.

 

El yo recurre entonces a ponerse su máscara, única forma de verse completo.  ¿Y con qué se cubre para traslucirse frente a sí mismo?  De la imagen de un cuervo, como nos dice en “Self-Portrait with Crow”.  El cuervo, gracias a Poe, con esa frase que el pájaro repite a lo largo de su famoso poema, “¡Nunca más!”, representa lo irreparable, lo irrecuperable.  Del mismo modo, el yo de Archila, cansado de las noticias en la televisión que hablan de guerras tal si fuera un producto para vender; con la pérdida que lo construye y en la cual está cimentada su identidad de exiliado, se funde en un cuervo:

 

………………….I’m going to kneel

beside the window, recognize myself

in the croak of the crow, high above the black tree

 

of winter, claws hooked and rough, wings swept

back and hunched, face masked with exhaust.

I’m going to try, even if I fail, to see myself whole,

complete in the cry, in the beak of the crow.

 

Es por medio de ese reconocimiento propio, de la asimilación de la pérdida, que el yo adquiere fortaleza.  Ya con su plumaje y chillido de cuervo, el yo se encuentra listo para entrar en su nuevo país, pero su proceso de afirmación de identidad se encuentra enlazado a otra toma de conciencia aún más irreductible: “Language is the only homeland”.  Precisamente, este es el enunciado con el cual abre The Art of Exile, una cita de Czeslaw Milosz.  Por lo tanto, en “Foreign Language” se transparenta el rito nuevo, la contraparte al ejercicio de escuchar poesía: la escritura.  Ese rito implica otra muerte, la del español, pero también la creación de un mar propio, puesto que aquí la poesía vuelve a convertirse en travesía marina, como en “Radio”:

 

beneath the yellow desk lamp

with my pencil, sharp as a needle,

 

stitching this monster of language. English,

a Viking ship tearing the waves

[…]

I must animate, black marks

that don’t roll from my tongue, don’t fit

 

under my skin.  Words collapse,

won’t make a sound or a dead mariner’s shoe.

 

I scribble roots of verbs, watch

long blades of grass push through the earth.

 

The sea enters the room.

 

El inglés se convierte en su barca para surcar esas aguas y lo hace al compás de la lectura de Moby Dick.  Y a pesar de que sucede una especie de naufragio, el yo continua navegando en la escritura.  El poema cierra con la imagen de unos peces agonizantes en los escalones de la entrada del hogar, “their tails slapping the floor, gills opening”.  La agonía de su lengua natal ha sido inevitable.  No obstante, en su nuevo hogar, el inglés, se delinea un padre, un guía sabio, como se anuncia en “Whitman”.  Ya el novelista Russell Banks, en una entrevista realizada por Robert Faggen y publicada en The Paris Review (número 147, verano de 1998), se refirió al “áspero personalismo” que deriva de la obra de Whitman.  De hecho, Whitman fue el primer escritor que “tumbó” a Banks durante sus años de juventud: le ayudó reconocer qué tipo de escritor quería ser –no la clase de escritura que quería hacer–: “un hombre del pueblo, pero al mismo tiempo escribiendo arte fino”.  Me parece que es eso lo que también tumbó a Archila.

En “Whitman” el yo poético de Archila recorre las calles de la ciudad, se adentra en un barrio obrero, y en su recorrido se va encontrando a trabajadores y a marginados: el niño que vende los periódicos, el lustrador de zapatos, el carnicero, un campesino, a una mujer en harapos.  Uno de ellos le dice: “He was seen in the waters”.  Otro le contesta: “It’s all true”.  En un callejón, en letras rojas, alguien ha escrito en la pared: “He was here”.  Y es que Archila imagina que todos han visto a Whitman.  Él mismo ha sentido el eco del gran poeta en la sombra y dentro de todas esas personas y es por eso que escucha con atención el sonido de la soledad colectiva y la estela que queda cuando aquellos se marchan a casa al final de la jornada laboral: “The machinery has stopped. / The multitude goes home, but it’s a silent walk.”  Es a ese silencio compartido por el pueblo norteamericano al que Whitman le dio voz.  En ese sentido, el poema de Archila agrega una idea más: también el inmigrante tiene la voz de Whitman: “You can’t tell me the immigrant reciting lines on the bus, / standing next to the driver, doesn’t have his voice of soil, roots.”  Nuevamente el poeta tiende puentes. 

 

El regreso

En el poema “The Art of Exile”, Archila se refiere al retorno a la tierra natal pero no se trata del regreso de un Ulises; no es alguien que ha sido esperado incondicionalmente.  No.  La guerra civil ya ha terminado.  El caos social no es el mismo pero es igualmente desgarrador: lo recibe una escena de niños drogándose con pegamento en las calles.  Ya no conoce a nadie, ni nadie le conoce:

 

In the public square, there will be no friend

from school to welcome you, no drive

to Sonsonate, city of coconuts,

 

no one to order cold Pilseners, oyster

cocktails, […]

 

You’ll watch a country ten years

after the civil war: an old man sitting

on the curb, head between knees,

 

open hand stretched out.

Everything will hurt, your hair,

your toenails, even your shoes.

 

Es entonces que comienza a maldecir a ese país, el país que ama y odia, y eso lo lleva a experimentar un nuevo rito de sanación, asimilar que inevitablemente se es parte de esa tierra:

 

By nightfall, you drag yourself back to the bars,

looking for a lost country in a shot of Tíc Táck.

Against the wall, three men with their guitars.

 

When you lie on a hotel bed,

too tired to sleep, when you feel torn,

twisted like an old newspaper, blown

 

from city to city, you have reached the place.

You have begun to speak like a man

by the side of the road, barefoot.

 

Es durante ese rito del retorno que comprenderá aún mejor cuál es su lugar, dónde esta su puente entre los dos países: el abandonado y el adoptado.  En su dolor se identifica con el hombre del pueblo, común y pobre, que está en la calle descalzo.  Se convierte en el otro.  Esa identificación solo es posible cuando el yo advierte que ninguno de los dos está completo.  Así, el yo se libera de su máscara de cuervo y se encara a sí mismo: la vida de ese hombre perdido en la calle podría haber sido la suya.  Más aún, porque los dos llevan la marca de la guerra, la locura de la guerra.  En “Bury This Pig”, la memoria del poeta nos muerde ya que se detiene en lo que significó para él vivir una infancia rodeada de muerte.  Para ello, elige un episodio escalofriante.  Él y sus amigos solían escalar la ladera que estaba detrás de un campo de maíz, cada excursión tal si fuera una cruzada: niños siendo niños y sintiéndose libres y poderosos.  Una mañana tropezaron con una “cosa” muerta contraída en una zanja: un cerdo descuartizado.  El niño Archila imaginó la muerte del animal: “bones breaking down to the ground, open / to the chop and tear of human hands: / pork and lard, forefeet, fatback cut into slabs, / an organ fattened and butchered.”  Pasaron semanas y todas las tardes los niños acudían a ver los restos del cerdo: “maggots / stealing the gray of the brain, / each time, one more barefoot boy / probing the eye socket with a stick.”  Hasta que un día llegaron al lugar con picos, barras y palas, decididos a enterrarlo de una vez por todas; pero fue entonces que la tierra lanzó un gemido de guerra y el cielo cayó desde arriba para resquebrajarla:

 

How was I to know

            they would be hooked, hacked,

 

snouts smashed on the wall,

            their bodies corkscrews on the floor?

 

How was I to know

            I would bury this pig, rock after rock?    

 

Quizás por ello, ante tanta desgracia, el autor decide hablar con un interlocutor que lo comprenda.  Así, en “Roque”, Archila complementa su admiración por Whitman con la devoción que siente por el trágico poeta salvadoreño.  Primero le anuncia a Dalton que  “Nothing has changed since you left”.  Sin embargo, a pesar de que el país no ha avanzado, Roque, como símbolo de resistencia a cualquier vicisitud, se convierte en el abono de una tierra que quizás pueda volver a engendrar a un hijo como aquel: “Roque, I’m waiting for you to come home”.  Esa tierra será nueva porque recordará el nombre del poeta y será de todo menos ingrata:

 

The earth remembres your name, soiled and wet.

Rocks know your smell of leaf mold.

Let each root drain you of blood, 

 

let this crag be your tombstone, these weeds

your lilacs growing tall, these branches—dried

and weathered—your garland, and death:

this cold, naked moon you shot against the sky.

 

En síntesis, Archila nos entrega en The Art of Exile el sabor de aquella tierra que quisiéramos olvidar, la que lleva fosas de desaparecidos en sus entrañas, la que fue violada con minas, la que bebió, a la fuerza, el sudor del miedo, el vinagre del dolor.  El recuerdo de esa tierra que quisiéramos olvidar, decía, pero del que no podemos escapar: intentar el olvido no basta, el esfuerzo mismo no creará frutos amables.  Se trata de un memento que a veces sabe a ceniza pero que hay que afrontar.  Sin duda, William Archila, con una poesía magistral, no nos deja olvidar que todos los salvadoreños –los que se quedaron, los que se fueron– tenemos todavía una asignatura pendiente: la sanación.  

 

 

Comments are closed.