“Ramón Vinyes en la memoria de Gabriel García Márquez”, Conferència Ramón Vinyes, “el sabio catalán” de Cien años de soledad, un escriptor a cavall de Catalunya y el Carib Colombia, Universitat Autònoma de Barcelona, abril 2005.

March 16, 2013 // by tania

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Ramón Vinyes y García Márquez: un contacto literario inmortalizado en el imaginario.1

 

Leer novelas o cuentos de García Márquez en una hamaca dominical a la hora de la siesta, atenazada por un calor tropical a veces atenuado por una corriente de brisa, rodeada de verdor y de versos de pájaros y pericos, no fue algo exótico para mí, sino una vivencia cotidiana de mi adolescencia.  Para entonces yo creía que Cien años de soledad era la historia de todos nosotros, los latinoamericanos, y así me gustaba pensarlo.  Sin embargo, con los años, y gracias a lecturas variadas, descubrí que debajo de esa imaginería social sustentada en mitologías y supersticiones, palpitaba fuertemente una historia personal, la de García Márquez.  Vivir para contarla, la primera entrega de sus memorias, confirma la inexpugnable fusión entre vida y obra, entre lecturas y obra, entre influencias y obra, sin que esto le quite mérito al aspecto fundacional de sus libros: la imaginación misma del autor, su mirada especial, que todavía es la de aquel niño que parpadeaba tímido, el ensimismado observador, el de la zozobra nocturna, el valiente y el miedoso de la realidad y sus matices sobrenaturales.

Una de las influencias más fuertes durante los años de formación del novelista colombiano, fue la del dramaturgo y librero Ramón Vinyes, catalán genial, originario de Berga, que a los veintidós años estrenó su primera obra teatral y que en 1924 fue incluido en la Enciclopedia Espasa como uno de los más importantes escritores españoles de su época.  Vinyes, sediento de aventuras y fastidiado del ambiente intelectual de Barcelona (como lo da a entender Alfonso Fuenmayor), llegó a Colombia en 1913 y dos años después, en Barranquilla, inauguró, junto a otro español, Javier Auqué, su célebre librería “Ramón Vinyes y Co.”.   Esta ofrecía las novedades literarias europeas y estadounidenses y, como era de esperar, pronto se convirtió en punto de peregrinación de intelectuales.  En esa ciudad costeña, situada en la desembocadura del río Magdalena, el erudito catalán también fundó, junto a Julio Enrique Blanco y Enrique Restrepo, la revista Voces, en 1917, publicación que existirá hasta 1920.  En 1925 se reinstala en su tierra natal durante cuatro años.  En 1929 regresa a América pero en 1931, con el derrocamiento de Alfonso XIII y la instauración de la República, decide regresar a Barcelona hasta que, en 1940, tras el triunfo de Franco, abandona España y se instala en Colombia durante una década más.  Es en esta segunda oportunidad, en diciembre de 1949, que Ramón Vinyes, de sesenta y ocho años, y García Márquez, de veintitrés, se conocen en una de las reuniones de los cafés de la calle San Blas.  Es poco el tiempo que se tratan personalmente (escasos meses, pues el maestro se marcha a Barcelona en abril 1950), pero fueron momentos tan intensos que el escritor colombiano lo inmortalizó en su novela más traducida y conocida.2

En el momento que se conocen, García Márquez había desertado de la facultad de derecho debido a su inquebrantable voluntad de ser escritor.  Había llegado a Barranquilla después de una lenta convalecencia en la casa de sus padres, en Sucre, por el padecimiento de una pulmonía; allí había empezado a escribir una novela, La casa, que se encontraba francamente sin rumbo. Su padre, que insistía en que obtuviera un título universitario –temeroso de que terminara como él, con una vida laboral inestable y azarosa– estaba molesto y decepcionado.  Pero el joven Gabriel estaba seguro de que lo único que quería era escribir.  Llegó a la ciudad costeña con un maletín de playa que contenía sólo una muda de ropa, algunos libros y los borradores de su novela, y se dirigió a buscar a sus amigos periodistas en la librería Mundo, los cuales le ayudaron a establecerse.  

El futuro escritor sobrevivía en Barranquilla con lo que le pagaban por sus notas diarias en El Heraldo; había publicado seis cuentos en suplementos periódicos, leía enfebrecido a Faulkner, fumaba sesenta cigarrillos diarios, lavaba su ropa en la ducha, y con su grupo de amigos se disponía a publicar una revista literaria llamada Crónica.  Su aspecto, como él mismo lo dice, se había adelantado, por escasez, a la moda hippy: “bigote silvestre, cabellos alborotados, pantalones de vaquero, camisas de flores equívocas y sandalias de peregrino” (p. 10).  En el periódico le pagaban tres pesos por nota diaria y cuatro por un editorial cuando faltaba uno de los editorialistas; con ese sueldo apenas le alcanzaba para alquilar un lugar para dormir o comer.  Al principio dormía en la redacción, entre papales y máquinas de escribir, pero más adelante se resignó a dormir en una especie de burdel donde, por habitación, cobraban peso y medio, sólo o acompañado.  Y cuando no tenía dinero para pagar su cuarto, dejaba al portero en consigna los originales de la novela que estaba escribiendo.  En una ocasión escuchó a una amiga de entonces decirle a alguien en la oscuridad de un cine: “El pobre Gabito es un caso perdido”.  Él mismo confesó después: “No me interesaban la gloria, ni la plata, ni la vejez, porque estaba seguro de que iba a morir muy joven y en la calle” (p. 437).

Sin embargo, a pesar de estas vicisitudes materiales, el joven Gabriel se sentía integrado en esa ciudad costeña, ahí intercambiaba conocimientos y lecturas con sus amigos periodistas e intelectuales, quienes tiempo después pasaron a llamarse el Grupo de Barranquilla.  Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda, jóvenes periodistas que ejercieron cierto liderazgo en la vida cultural de Barranquilla, además de don José Félix Fuenmayor, el padre de Alfonso.  García Márquez subraya en sus memorias que “fuera de nuestro ámbito teníamos una imagen de prepotentes, narcisistas y anárquicos” (p. 131); sin embargo, fueron años fructíferos, donde el aroma de guayabas, el sabor del ron con tamarindo, el ensueño de los amaneceres en los burdeles y las discusiones literarias eran el alimento existencial.  Hablaban de Faulkner, Kafka, Virginia Woolf, Quevedo, James Joyce, Jorge Manrique, los clásicos griegos…  Uno de los lugares emblemáticos de entonces era el café Roma, una tasca de refugiados españoles que nunca cerraba porque no tenía puertas ni techo, una ironía, considerando que se trata de una ciudad en la que caen aguaceros bíblicos.  Pero como recuerda García Márquez, “nunca se oyó decir que alguien dejara de comerse una tortilla de papas o de concertar un negocio por culpa de la lluvia” (p. 135).  Fueron muchas las veces en las que el joven escritor se sentó en un rincón apartado para escribir hasta el amanecer, porque no tenía donde dormir.  Don Ramón también era un asiduo nocturno del café Roma, donde se reunía con sus amigos del exilio español.

El grupo de García Márquez se agrupaba dos veces al día en la librería Mundo, a las doce del día y a las seis de la tarde.  Con Ramón Vinyes, por el que sentían un respeto inmedible, se reunían todos los días a la hora del aperitivo del almuerzo en el café Colombia, en la calle San Blas, pero después las reuniones se trasladaron al café Japy, en la acera de enfrente, por ser “más ventilado y alegre”.  Precisamente el catalán, quien tenía por la literatura el mismo respeto que un militar por las armas, era el que los llamaba al orden: dejaba que los muchachos se aventuraran con fascinación en las novelas de Faulkner o se perdieran en los caminos de Joyce, pero de tiempo en tiempo les recordaba a Homero.  Cuenta García Márquez que: “Ninguno llegaba entonces a los treinta años.  Yo, con veintitrés años cumplidos, era el menor del grupo (…).  Pero en la mesa de don Ramón Vinyes nos comportábamos los cuatro como los promotores y postuladores de la fe, siempre juntos, hablando de lo mismo y burlándonos de todo, y tan de acuerdo en llevar la contraria que habíamos terminado por ser vistos como si sólo fuéramos uno” (p. 132).

En la mesa de don Ramón en el Japy, existían una serie de leyes consuetudinarias pero inviolables.  Don Ramón era el primero en llegar debido a su horario de maestro.  En la mesa no cabían más que seis y se consideraba de mal gusto acercar otras sillas.  Los jóvenes habían escogido su sitio en la mesa en relación con el de don Ramón.  El último en formar parte de la mesa fue “Gabo” y afirma que don Ramón lo recibió como un discípulo más porque había leído sus cuentos en El Espectador.  Sin embargo, la cercanía a don Ramón sería decisiva en dos hechos fundamentales en la vida de García Márquez: uno, desde un punto de vista personal; y otro, literario.  Ambos a la vez indisolubles, como veremos más adelante.

El primer hecho toma lugar en febrero de 1950.  Luisa Santiaga Márquez, la madre del escritor, llega a Barranquilla, sin previo aviso, para pedirle que la acompañe a vender la vieja casa de sus abuelos en Aracataca, donde García Márquez había nacido y vivido hasta los ocho años.  Sin embargo, la madre le plantó que no tenía suficiente dinero para ambos, y él, por orgullo, le dijo que se pagaría sus gastos.  Trató de pedirle un préstamo al gerente del periódico, pero este le recordó que tenía pendiente una deuda de cincuenta pesos.  Por lo tanto, esa tarde se atrevió a algo que aún ahora recuerda como un abuso: a la salida del café Colombia, junto a la librería, alcanzó a don Ramón Vinyes y le pidió prestados diez pesos; sólo tenía seis.

Ese viaje, como sabemos, será mítico.  Es entonces que el escritor se percata de que el camino que había elegido para el borrador de La casa (novela que pretendía ser un drama de la guerra de los Mil Días en el caribe colombiano y la epopeya de una familia), no era el correcto ni el más sincero.  En aquel viaje con su madre a la casa de la infancia, el descubrimiento de un pasado que hasta entonces no había evocado con la nostalgia idealizadora ulterior, se le desplegó de una forma imprevista y atroz: aquel pueblo “a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de pierdas pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, que una vez había sido próspero durante los años de la compañía bananera y donde todo el mundo se conocía, se había convertido en un pueblo fantasma con calles polvorientas y desiertas, calcinadas por un sol inclemente, con habitantes de mirada vencida, arrasados por el viento de la desgracia.  Esta visión de la soledad de la decadencia será la semilla de una escritura nueva que también trasparentará la carga emocional que el escritor “arrastraba sin saberlo”, ese algo que se había mantenido intacto en la casa de los abuelos.3  El autor dirá décadas después: “Fue un viaje decisivo… porque me demostró en carne propia que el libro que había tratado de escribir (La casa) era una pura invención retórica sin sustento alguno en una verdad poética.  El proyecto, por supuesto, saltó en añicos… El modelo de una epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi propia familia, que nunca fue protagonista ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo.  Desde mi primer paso en las arenas ardientes del pueblo me había dado cuenta que mi método no era el más feliz para contar aquel paraíso terrenal de la desolación y la nostalgia…” (p. 438).  Al regresar de aquel viaje, Gabriel se puso inmediatamente a escribir la que sería su primera novela, La hojarasca, antecesora del universo y de los personajes de Cien años de soledad.

El segundo hecho toma lugar a su regreso de Aracataca.  Es entonces cuando García Márquez y don Ramón tuvieron su primera y única conversación a solas.4  El primero acudió a la cita en el Japy más temprano que de costumbre para pagarle sin testigos los seis pesos que le había prestado.  Vale la pena que cite el episodio tal y como el escritor colombiano lo recuerda, pues nos da una idea más clara de la personalidad y talante del sabio catalán:

 

–Salud, genio –me saludó como siempre.  Pero algo en mi cara lo alarmó–: ¿Está enfermo?

–Creo que no, señor –le dije inquieto–. ¿Por qué?

–Lo noto demacrado –dijo él–, pero no me haga caso, por estos días todos andamos fotuts del cul.

Se guardó los seis pesos en la cartera con un gesto reticente como si fuera dinero mal habido por él.

–Se lo recibo –me explicó ruborizado– como recuerdo de un joven muy pobre que fue capaz de pagar una deuda sin     que se la cobraran.

No supe que decir, sumergido en un silencio que soporté como un pozo de plomo en la algarabía del salón.  Nunca soñé con la fortuna de aquel encuentro.  Tenía la impresión de que en las charlas de grupo cada quien ponía su granito de arena en el desorden, y las gracias y carencias de cada uno se confundían con las de los otros, pero nunca se me ocurrió que pudiera hablar a solas de las artes y la gloria con un hombre que vivía desde hacía años en una enciclopedia.  Muchas madrugadas, mientras leía en la soledad de mi cuarto, imaginaba diálogos excitantes que habría querido sostener con él sobre mis dudas literarias, pero se derretían sin dejar rescoldos a la luz del sol. […]

Por fortuna, aquel día en el Japy fue don Ramón quien tomó la iniciativa de preguntarme cómo iban mis lecturas. […]

Mientras hablaba, don Ramón dirigía miradas furtivas a la carpeta de piel que mantuve apretada con ambas manos mientras lo escuchaba. […]  Por fin me preguntó qué era la carpeta misteriosa a la cual me aferraba como a una tabla de náufrago.

Le conté la verdad: era el primer capítulo todavía en borrador de la novela que había empezado al regreso de [Ara]Cataca con mi madre.  Con un atrevimiento del que nunca volvería a ser capaz en una encrucijada de vida o muerte, puse en la mesa la carpeta abierta frente a él, como una provocación inocente.  Fijó en mí sus pupilas diáfanas de un azul peligroso, y me preguntó un poco asombrado:

–¿Usted permite?

[…] Él se puso sin prisa los lentes de leer, desplegó las tiras de papel con una maestría profesional y las acomodó en la mesa.  Leyó sin un gesto, sin un matiz de la piel, sin un cambio de la respiración, con un mechón de cacatúa movido apenas por el ritmo de sus pensamientos.  Cuando terminó dos tiras completas las volvió a plegar en silencio con un arte medieval, y cerró la carpeta.  Entonces se guardó los lentes en la funda y se los puso en el bolsillo del pecho.

–Se ve que es un material todavía crudo, como es lógico –me dijo con una gran sencillez–.  Pero va bien.

Hizo algunos comentarios marginales sobre el manejo del tiempo, que era mi problema de vida o muerte, y sin duda el más difícil, y agregó:

–Usted debe ser consciente de que el drama ya sucedió y que los personajes no están allí sino para evocarlo, de modo que tiene que lidiar con dos tiempos.

Después de una serie de precisiones técnicas que no logré valorar por mi inexperiencia, me aconsejó que la ciudad de la novela no se llamara Barranquilla, como yo lo tenía decidido en el borrador, porque era un nombre tan condicionado por la realidad que le dejaría al lector muy poco espacio para soñar. Y terminó con su tono de burla:

–O hágase el palurdo y espere a que le caiga del cielo.  Al fin y al cabo, la Atenas de Sófocles no fue nunca la misma de Antígona.

Pero lo que seguí para siempre al pie de la letra fue la frase con que se despidió de mí aquella tarde:

–Le agradezco su deferencia, y voy a corresponderle con un consejo: no muestre nunca a nadie el borrador de algo que esté escribiendo.

Fue mi única conversación a solas con él, pero valió por todas, porque viajó a Barcelona el 15 de abril de 1950, cómo estaba previsto desde hacía más de un año, enrarecido por el traje de paño negro y el sombrero de magistrado.  Fue como embarcar a un niño de escuela.  Estaba bien de salud y con la lucidez intacta a los sesenta y ocho años, pero quienes lo acompañamos al aeropuerto lo despedimos como alguien que volvía a su tierra natal para asistir a su propio entierro. [p. 139-143]

 

A lo largo de un año, el catalán les escribió largas cartas con una minuciosa caligrafía en tinta morada, que parecían escritas a viva voz.  Les contaba poco de su vida pero mucho de una España “que seguía considerando como tierra enemiga mientras viviera Franco y mantuviera el imperio español sobre Cataluña”.5  Poco a poco las cartas fueron más esporádicas.  El 7 de mayo de 1952 les llegó la noticia de que, dos días antes, había muerto en Barcelona.  El único comentario de los muchachos, durante horas, fue el mismo: “¡Qué vaina!”

Como dijimos, la figura del catalán será inmortalizada en Cien años de soledad, donde aparece ejerciendo sus oficios en vida, el de librero y escritor, y como fue percibido por el grupo de amigos de Barranquilla: el poseedor de sabiduría.  En la emblemática novela es quien le brinda a Aureliano Babilonia los libros que le hacen falta para descifrar los pergaminos de Melquíades.  Es descrito así: “En una larga mesa, también agobiada de mamotretos, el propietario escribía una prosa incansable, con una caligrafía morada, un poco delirante, y en hojas sueltas de cuaderno escolar.  Tenía una hermosa cabellera plateada que se le adelantaba en la frente como el penacho de una cacatúa, y sus ojos azules, vivos y estrechos, revelaban la mansedumbre del hombre que ha leído todos los libros”. (p. 400)  Y más adelante, cuando Aureliano era ya un asiduo de la librería, tenemos que: “Había de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad tenía origen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos” (p. 421).  Y en el último capítulo, se lee: “Era el final. […] se pudrían los escombros del pasado, los pocos que quedaban después de que el sabio catalán remató la librería y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la nostalgia de una primavera tenaz. […]  Había llegado a Macondo en el esplendor de la compañía bananera, huyendo de una de tantas guerras […].  Estuvo media vida en la calurosa trastienda, garrapateando su escritura preciosista en tinta violeta…, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que escribía.  Cuando Aureliano lo conoció tenía dos cajones llenos de aquellas páginas abigarradas que de algún modo hacían pensar en los pergaminos de Melquíades, y desde entonces hasta cuando se fue había llenado un tercero, así que era razonable pensar que no había hecho nada más durante su permanencia en Macondo”. (p. 432).  En realidad, el Macondo de las últimas páginas de la novela ya no es la Aracataca de la infancia del escritor colombiano, sino la Barranquilla de aquellos tiempos.  Y ciertamente Ramón Vinyes llegó a tener tres gavetas llenas de hojas escritas, que más tarde, sin querer, Alfonso Fuenmayor extraviará en un burdel.  Cuando Vinyes se enteró, lejos de escandalizarse, se echó a reír diciendo que ese era el destino natural de la literatura.

El contacto que García Márquez tuvo con Ramón Vinyes ya es uno memorable en la historia de la literatura.  Vinyes: hombre erudito, culto, de una sencillez y de un sentido del humor admirables.  Como vimos, las dos aportaciones más significativas del sabio catalán al joven escritor fueron el uso del tiempo en la novela y la necesidad de encontrar un nombre con soplo mítico para el pueblo que quería retratar.  Así, el futuro premio Nobel escarbaría en su memoria y se acordaría de una propiedad a la entrada de Aracataca, Macondo –inspirado en el nombre de un árbol que el escritor nunca ha podido ver hasta ahora–.  Si, Macondo, un lugar ya arraigado en el imaginario, con olores, visiones y paisajes propios, un lugar remoto donde el tiempo parece un estanque apenas agitado por corrientes imperceptibles, donde una estirpe de seres solitarios y eclécticos, regidos por el honor y los instintos, comparten los días sustentándose en una fe, en el milagro de, talvez, ser bendecidos con una segunda oportunidad sobre la tierra.  (Y, por supuesto, sin olvidar aquellos seis pesos que permitieron el viaje imprescindible a la semilla.)

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Mondadori, Barcelona, 2002.

—————————--, Cien años de soledad, Joaquín Marco (ed.), Espasa, Madrid, 1998.

—————————-, El olor de la guayaba, Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, Sudamericana, Buenos Aires, 1994.

 

Notas

—————————-

 

 

 

 

  1. Esta exposición se basa exclusivamente en los recuerdos de García Márquez contenidos en Vivir para contarla (2002) y El olor de la guayaba (1982).  Por lo tanto, resume una perspectiva puramente subjetiva, desde la forma en que García Márquez se “inventa” a sí mismo como escritor, hasta cómo construye las imágenes de los demás.  Hacemos esta aclaración ya que el profesor Jacques Gilard (Universidad de Toulouse-Le Mirail), durante la discusión posterior a la lectura de esta exposición, hizo valiosas aportaciones que permiten una visión más objetiva de los mismos recuerdos, puesto que conoció personalmente al Grupo de Barranquilla.  Señaló que el escritor colombiano, en sus memorias, exagera aspectos de su juventud así como del mundo que le rodeaba, por ejemplo, la visión de una Aracataca vencida y desierta en 1950 o el autorretrato de joven miserable durante sus años en Barranquilla.  Creo que es importante que se señale lo anterior porque, como sabemos, las memorias serán siempre una distorsión subjetiva de la realidad.  Sin embargo, creo que Vivir para contarla es una reiteración de un autorretrato, de unas circunstancias y de unas percepciones que desde hacía décadas el escritor venía construyendo, como lo evidencia la extensa entrevista que Plinio Apuleyo Mendoza le hiciera al autor y que se publicó en 1982 bajo el título de El olor de la guayaba, donde son muchas las coincidencias memorísticas.  Por lo tanto, se trata de unas memorias subrayadas en el tiempo.
  2. Según el profesor Gilard, Ramón Vinyes y García Márquez se debieron conocer en 1948.  En ese año, el escritor colombiano, que vivía en Cartagena y escribía para El Universal, viajó a Barranquilla, donde ciertamente conoció a Álvaro Cepeda, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas.  Sin embargo, “Gabo” aclara que a “Don Ramón, el sabio catalán que tanto ansiaba y tanto me aterraba conocer, no había ido aquella tarde a la tertulia de las seis” (p. 400).  Al día siguiente se marchó a Cartagena y luego cayó enfermo de pulmonía cuya convalecencia duró una larga temporada.  Así se deduce que lo conoció cuando se estableció en Barranquilla a finales de 1949.  Como dijimos anteriormente, las memorias no están basadas en la realidad pura y exacta, sino en una intencionalidad subjetiva.  Si efectivamente se conocieron en 1948, no sabemos a ciencia cierta por qué García Márquez diría lo contrario en sus memorias, si conocer a don Ramón fue, según él mismo, uno de los grandes privilegios de su juventud.
  3. Volvemos aquí a subrayar la intencionalidad del autor.  Debemos tener presente que la desazón que le provoca la visión de Aracataca al joven Gabriel, se fundamenta en el contraste entre esa mirada de 1950, y la de principios de los años treinta, es decir, la mirada de la niñez.  Volver al pueblo y a la casa de su infancia le hizo percatarse del divorcio que existía entre aquel recuerdo infantil, donde todo era visto con el asombro propio de la inocencia, y la realidad cruda que la óptica de sus veintitrés años aprehende.  Así, tenemos que en la vejez García Márquez rememora sus veintitrés años, al mismo tiempo que ese joven rememora la infancia.  La intencionalidad del autor tiene que ver con esto: los matices y los contrastes de la memoria, y cómo esto puede ser aprovechable para contar historias, adoptar un método narrativo nuevo y eficaz.  De ahí que al principio de esta exposición nos interesara subrayar que se trata de una historia subjetiva.
  4. He aquí el asunto que más nos interesa: la percepción de García Márquez del sabio catalán, es decir, cómo vive Ramón Vinyes en la memoria del escritor colombiano.  ¿Si cuestionamos las memorias de García Márquez, en general, estaríamos cuestionando también la imagen que evoca de Vinyes?  Me parece que no, pues son varias las etopeyas del catalán que encontramos en los textos de la noticia de su muerte, los cuales aparecieron en El Heraldo y en El Espectador, escritos por los miembros del Grupo de Barranquilla, como tuvo a bien señalarnos el profesor Gilard; la imagen que persiste de Vinyes adquiere, en general, contornos parecidos: una persona sencilla, con sentido del humor y poseedor de una gran sabiduría, la misma que rescata García Márquez.  En cualquier caso, es indudable que la impresión que causó en el joven Gabriel es verdadera y la prueba más contundente es que lo haya inmortalizado en el personaje literario de su novela Cien años de soledad, haciéndolo vivir en la literatura, el mejor homenaje que se le puede hacer a una persona que amaba las letras.
  5. Las cartas de Vinyes en realidad estaban dirigidas a Germán Vargas, pero “se inició una correspondencia con todos a través de Germán”, señala García Márquez.

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