Xibalbá contemporáneo

March 16, 2013 // by tania

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Publicado en: Ómnibus. Revista intercultural del mundo hispanoparlante, Nº 6, Año II (Noviembre 2005).

 

La novela de Luis de Lión, El tiempo principia en Xibalbá, se refiere al doloroso conflicto histórico entre indígenas y ladinos en la Guatemala rural contemporánea.  Luis de Lión (nombre literario de José Luis de León Díaz) es el primer escritor indígena en lengua castellana de Guatemala.  Maya kakchiquel, originario de San Juan del Obispo (Sacatepéquez), heredero de la tradición del Popol Vuh y de la voz de sus abuelos, nació en 1940.  Además de escribir poesía y prosa, Luis de Lión fue maestro de escuela, profesor en la Universidad de San Carlos, dirigente magisterial y miembro del Partido Guatemalteco del Trabajo.  A los cuarenta y cuatro años, el 15 de mayo de 1984, fue desaparecido por el ejército guatemalteco.  Evidentemente, sus actividades políticas y sus escritos transgresores le resultaron demasiado incómodos a la cúpula del poder.

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El tiempo principia en Xibalbá fue escrito entre 1970 y 1972, entre las faldas del volcán Pacaya y las del volcán Hunapú.  Aunque fue galardonada con el Premio Centroamericano de Novela en los Juegos Florales de Quetzaltenango en 1972, se publicó hasta trece años después, en 1985 (un año después de la desaparición de su autor).  Xibalbá, como nos informa el Popul Vuh, era el inframundo para los antiguos mayas, es decir, donde habitaban los males de la humanidad encarnados en los señores de Xibalbá, los cuales fueron vencidos por los gemelos prodigiosos, Hunahpú e Ixbalanqué, preparando así el mundo para la llegada de los hombres de maíz.  Sin embargo, en la novela de Luis de Lión, ese infierno no ha terminado aún para los mayas contemporáneos, no se han liberado de él, asediados por un conflicto histórico que culminó en una guerra civil de casi treinta años (la paz oficialmente se firmó en 1996) durante la cual pueblos indígenas fueron masacrados o amputados anímica y psicológicamente.  Ninguna frase de la novela resume mejor el miedo y la toma de conciencia de vivir aún en el caos de ese inframundo que la siguiente: “Las mujeres metieron a los patojos (niños) debajo de sus naguas (faldas) deseando regresarlos al lugar de donde los habían sacado…” (p. 13)

Son interesantes los recursos formales que el autor utiliza para acercarnos a esta realidad.  Por ejemplo, se trata de un texto cíclico y no lineal (como el Popol Vuh).  Durante gran parte de la novela, no aparecen personajes individualizados o bien perfilados y, cuando los hay, más parecen una caricatura de contornos huidizos.  En la mayoría de las ocasiones se impone una voz que colectiviza a los habitantes del pueblo: lo que le pasa a uno le pasa a todos; en otras palabras, la voz narrativa enuncia y asume la palabra de una colectividad, por lo que resulta imposible identificar a los personajes: “La gente entonces intentó desamontonarse, de decirse algo, pero tuvieron que seguir juntos y callarse. (…)  Oyeron cómo de repente sus dientes chocaron unos contra otros para sacarse chispas y calentarse, sintieron cómo se les quebraban los huesos y el pellejo se les chupaba como si quisiera ponerse al revés buscando algún sol que hubiera dentro” (p. 13).  Pero lo anterior no sorprende: en el pensamiento maya la noción de “comunidad” tiene jerarquía sobre la “individualidad”.  (Recordemos que Popol Vuh quiere decir “El libro del pueblo”.)  Por otra parte, el lenguaje es lo que va a determinar el espacio donde habita esta colectividad, pues sobresale el castellano propio –en ocasiones arcaico– de un pueblo indígena guatemalteco: “-Ve que aire más baboso- dijo una” (de hecho, desde el título ya se intuye ese espacio particular: el tiempo principia, no comienza o inicia; su autor se llama a sí mismo Luis de Lión y no de León).  Es precisamente este lenguaje específico el que va a articular a esa identidad comunitaria.

El mérito principal de este libro reside en la simbología utilizada para parodiar un conflicto de siglos por medio de lo absurdo, lo grotesco y lo carnavalesco.  Si bien la novela comienza adueñándose de un tono mágico –en la aldea “primero fue el viento” –, este ambiente cede lugar a un espacio erótico donde convergen lo blasfemo y lo sagrado, iniciándose así un descenso a un ambiente de rasgos surrealistas, donde lo atroz y lo violento coexisten con el esperpento y lo risible.  De esta forma, el erotismo se asocia a los rasgos ideológicos del catolicismo invirtiéndose el simbolismo tradicional de este último.  La idea principal que recorre el texto está enraizada en el deseo sexual que la imagen de la Virgen de Concepción ha despertado en los hombres de una aldea indígena: se han enamorado de sus mejillas color de durazno.  Se trata, pues, de una Virgen ladina, con la que no pueden identificarse religiosamente, no sólo porque es una imagen impuesta a su imaginario espiritual indígena, sino también –y principalmente – porque no es morena ni tiene los rasgos indígenas: es una Virgen blanca que materializa y pone en evidencia la diferencia de los indígenas con los otros, es decir, los ladinos.  Todos los hombres la desean en silencio, pero como no pueden poseer sexualmente a ese ídolo de madera se conforman con acostarse con Concha, la “puta” de la aldea, una muchacha parecida físicamente a la Virgen, con “el mismo pelo, la misma cara, los mismos ojos, las mismas pestañas, las mismas cejas, la misma nariz, la misma boca y hasta el mismo tamaño, con la diferencia nada más de que era morena, que tenía chiches, que era de carne hueso y que, además, era puta” (p. 18).  La novela adquiere matices aún más absurdos y violentos cuando uno de los hombres se roba la estatua de la Virgen y, una vez en su casa, intenta poseerla físicamente, intenta penetrar la madera una y otra vez hasta que, adolorido, se resigna y la mira “como quien mira a un enemigo que lo ha derrotado”.  Así como no puede penetrar ese pedazo de madera, ese indígena, que es todos, no puede penetrar en el mundo ladino, no tiene lugar en esa cultura.  Por lo tanto, este indígena termina por despreciar a esa imagen de la Virgen: “en sus mejillas ya no había ni sombra de color y sus labios necesitaban ahora de algún colorete para aparentar frescura.  Parecía una cualquiera, parecía una puta” (p. 61).  Esta actitud lo que en realidad refleja es su desprecio por ese mundo ladino que a la vez lo rechaza.

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En este contexto, lo cristiano y lo blasfemo definen la situación histórica de cada grupo social y esta situación se materializa por medio de imágenes femeninas.  También cabe destacar la parodia que el autor hace de la represión sexual del catolicismo y de la imagen asexuada que, en general, se tiene del maya de la tierra alta.  Ahora bien, lo interesante es que se utilice la imagen de la mujer como vértice de ese universo simbólico, que la mujer sea el eje donde se precipitan y yuxtaponen las rivalidades entre indígena y ladino, las cuales se expresan en la dicotomía Virgen/puta.  Luis de Lión se aprovecha de uno de los conflictos más antiguos que tradicionalmente ha marcado a la sociedad patriarcal occidental y que ha perfilado su imaginario, es decir, el miedo y la fascinación que la mujer ha causado en el hombre, ese ser deseado pero que también encarna el pecado y la muerte, algo que se desprende de la bien conocida creencia cristiana: Eva llevó a la humanidad a la perdición cuando tentó a Adán a comer del fruto prohibido.  Obras pictóricas como La tentación de San Antonio (1878) de Félicien Rops o El pecado (1893) de Franz von Stuck, evidencian el imaginario y la iconografía que ha existido en torno a la mujer, como personificación de la lujuria y cómplice del demonio.  Mientras que en la Venus Verticordia (1864-68) de Rossetti –cuadro en que sobresale, rodeada de flores, una mujer de larga y ondulante cabellera, labios carnosos y un pecho parcialmente descubierto, pero que alrededor de su cabeza lleva una especie de aureola–  ya se perfila el ideal masculino de mujer que prevaleció a finales del siglo XIX y en gran parte del XX: la figura sincrética Virgen/Venus.

En el Popol Vuh, todos los dioses tienen una contraparte femenina: lo masculino y lo femenino son complementos ineludibles que intentan demostrar el equilibrio universal.  La creación, según los antiguos mayas, se sustenta en una concepción dualística, razón por la cual los nombres de la divinidad son ordenados en parejas creadoras, como Ixmucané e Ixpiyacoc, “dos veces abuela, dos veces abuelo (…), cuando contaban todo lo que hicieron en el principio de la vida, el principio de la historia”, dice el Popol Vuh.  Por lo tanto, si en el imaginario masculino europeo se ha enfatizado durante siglos la cualidad fatal de las mujeres, lo “peligroso” del principio femenino del mundo, es decir, la amenaza del Eterno Femenino, la cosmología maya más bien se vertebra a partir de ese principio existiendo una fuerte presencia femenina en el proceso de creación del ser humano y el universo.  En su poema “Y Dios creó a la mujer”, Luis de Lión satiriza ese imaginario construido e impuesto y muestra el contraste entre dos imágenes de mujer: la de la mujer indígena –ligada a la tierra y a la maternidad– y aquella que se le apareció cuando vio en la pantalla del cine a Brigitte Bardot.  En dicho poema, el “yo” poético le dice a la francesa que ella, tan perfecta, blanca y bella, ha provocado un fuego en su interior, se ha metido en su cabeza “con tu cuerpo de serpiente y tu piel de lirio”.  Después de hacer una descripción del cuerpo voluptuoso de la actriz, dice lo siguiente:

 

(…)
Brigitte Bardot
yo venía de un pueblo donde no había cine
y sus mujeres eran catedrales.
Mis ojos sólo conocían los troncos de los árboles
y nunca habían visto un muslo.
Los senos no tenían nada de erotismo,
eran frutas llenas de jugo para los labios de los niños.
Los brazos y los abrazos eran cunas o nidos.
Las cinturas no eran de avispa,
eran redondas.
Los vientres eran surcos para reproducir la vida,
no almohadas.
(…)

 

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El indígena, que tradicionalmente nutría su espíritu de la selva, no conocía el erotismo a la manera europea precisamente por no existir en su cotidianidad la represión sexual, consecuencia de las prohibiciones católicas.  Pero una vez “conquistado” por el imaginario del otro, se convierte en siervo de una cultura que intenta borrar su pasado precolombino y que lo lleva a fantasear con aquel ideal masculino de belleza femenina. Lo anterior inevitablemente desencadena un conflicto en su interior ya que, la verdadera injusticia que se transparenta de esta situación planteada por Luis de Lión, es que el complejo de inferioridad del indígena aumenta precisamente porque sabe que no puede aspirar a tener en sus brazos a esa mujer, a ese arquetipo impuesto, porque el indígena ocupa el último escalón en la escala social.  De ahí que en la novela el indígena exprese su deseo de forma atroz –violando la imagen de la Virgen–, una acción simbólica que llama la atención sobre su situación y sus opciones: puesto que en el entorno ladino no tiene voz ni existe, sólo puede hacerse visible mediante una acción grotesca, escandalosa, violenta.  En la novela, este conflicto psicológico también alcanza a las mujeres indígenas, quienes, al ser consideradas por sus hombres como “hambrientas, feas”, empiezan a sentir celos de la Virgen y a odiar a sus hombres, erosionándose de esta forma las relaciones entre los sexos y cayendo en el más catastróficos de los silencios: “Pero todos –padres, madres, hijos– con el amor, el rencor, el odio o los celos en silencio, subrepticiamente, clandestinamente en el corazón, sin sacarlos a los labios: ellas, eternamente bocaarriba, pasivas, odiando mientras recibían a los hombres; ellos, amando a la Virgen mientras hacían, se movían sobre sus mujeres, cesaban, se agotaban; los hijos, agarrando de la mano a sus novias, pero por no poder agarrar la de la otra” (p. 64).  Como vemos, las mujeres indígenas adquieren una resentida conciencia de su diferencia con respecto a la Virgen ladina: “…aunque siempre se habían fijado que no eran blancas, rosaditas, pelo canche y sin trenzas, cuerpo fino y que se entiende, ladinas como ella, ahora esas diferencias pesaban, les dolían.  Y empezaron a casi odiarla con respeto…” (p. 63).  Las mujeres indígenas, por lo tanto, son discriminadas no sólo por el mundo ladino sino también por sus hombres.  Son las discriminadas entre los discriminados.

En síntesis, considerando el poema y lo enfatizado en la novela, Luis de Lión nos entrega una propuesta personal contra-hegemónica que pareciera querer decir que, así como el mundo ladino ha cambiado la imagen de la mujer en la mente indígena, destiñendo dramáticamente el equilibrio natural en que vivían, así ha intentado entrar en la psicología maya para imponerle una visión de mundo que le esclaviza y le atormenta.  El Xibalbá moderno es un lugar conflictivo donde se ha perdido el sosiego ante la violencia y la discriminación cotidianas, un lugar donde habita una personalidad colectiva acomplejada, psicológicamente rota, que padece un dolor contenido pero en carne viva.  Al final de la novela, un gallo busca un nido como si de pronto se le hubiera “ocurrido poner huevos”, una imagen que indudablemente sintetiza la alteración del orden natural de la cultura maya bajo el hierro ladino.

 

 

Bibliografía

Luis de Lión, El tiempo principia en Xibalbá, Guatemala, Bancafe/Magna Terra Editores, 2003.

Popol vuh: Las antiguas historias del Quiché, Adrián Recinos (ed), México, Fondo de Cultura Económica, 1966.

 

 

 

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